sábado, 14 de noviembre de 2020

CAFETERÍA LA VIEJA COLOMBIA

 Imagen bajada de la red


Terminaba de llegar a la cafetería La vieja Colombia, una vez dentro se detuvo a pocos metros de la puerta giratoria, aquellos tonos rojizos de la madera hacían resaltar los dibujos tallados en sus cristales, se trataba de algunos de los lugares más populares de Colombia. La Candelaria de Bogotá, la Plaza central de Villa de Leyva, el Cafetero... Eran algunos de los lugares que decoraban los cristales de la puerta, marcando así la propia identidad de la cafetería.

Echó un vistazo observando con atención cada rincón del local, buscaba el lugar adecuado donde sentarse. Normalmente tomaba su café en la barra, pero para esta ocasión se requería algo más de tranquilidad e intimidad.
En poco rato la cafetería no tardaría mucho en llenarse, así que se decidió por una de las mesas que se encontraba en la parte acristalada de la cafetería que daba a la calle. El contemplar las luces callejeras y el ir y venir de los viandantes le otorgaban un toque romántico, o más bien nostálgico.
Si querías quedar con alguien, la calle Bohemia era el lugar indicado, donde encontrar todo tipo de locales variopintos, era un buen punto de encuentro. Su suelo empedrado con pequeños adoquines era lugar de paseo, de reencuentros y también de despedidas.

Allí sentado frente al ventanal sus ojos parecían acompañar el ir y venir de los transeúntes, sus pupilas se movían al ritmo de aquellos pasos insonoros por la música de ambiente que sonaba en interior del local .
Empezó a recordar las letras de aquella carta que había escrito tiempo atrás, letras que ahora se podrían leer en voz alta sin ningún tipo de temor, aquella carta tenía una misión importante, pues sus letras estaban vestidas de sentimientos que volaban a la espera de llegar a buen puerto, que no era otro que el de su pecho.

Todo había comenzado con una pequeña fotografía que aguardaba escondida entre las páginas de aquella novela que había pedido en préstamo en la biblioteca del centro de la ciudad.
Entre sus dedos sostenía aquella fotografía en tonos sepia. Que caprichoso el destino al hacer que esa fotografía aguardase silenciosa, escondida entre las páginas, esperando a ser descubierta por algún entusiasta de la lectura. Recordó como había elegido la novela, la ilustración de su portada le llamó gratamente la atención y sosteniéndola entre sus manos, se dijo para sus adentros: -¡porqué no!-, haciendo caso omiso a la lista de recomendaciones que siempre se encontraba en el luminoso, justo detrás de la mesa de la bibliotecaria. Las posibilidades eran tan remotas, ese pensamiento hacia crecer en él una extraña curiosidad por saber quien se escondería detrás de aquel rostro.

Lo primero que vino a su mente fue preguntar a la bibliotecaria por el hallazgo, pero su mente ágil y perspicaz le avisó de que se le exigiría devolver aquella fotografía, y así de este modo perdería toda oportunidad de poder devolverla en persona.
En las siguientes semanas como su empeño no cesaba, empleó algunas tardes para pasarse por la biblioteca y de manera muy discreta poder preguntar a las personas que allí sentadas se encontraban leyendo en un absoluto silencio. saber si conocían a la chica de la fotografía, si por casualidad reconocían aquel rostro. No perdía la esperanza de poder averiguar alguna información que le ayudara a cerrar la búsqueda.
Pero hasta el momento no había tenido mucha suerte, se preguntaba si quizás aquella fotografía no la habría olvidado su propietaria entre las páginas de aquella novela, quizás esa fotografía había sido un presente para alguien especial.

Aquella tarde se paró frente a la máquina de refrescos para tomarse un café calentito antes de salir a la calle, el aire de otoño empezaba a refrescar a última hora del día.
Dudó unos segundos si seleccionar un capuchino o un café descafeinado, pues ya era algo tarde para una dosis de cafeína.
Al final su dedo presionó el botón de café capuchino y mientras contemplaba el proceso de aquella máquina expendedora, como aquel fino hilo de café cumplía la misión de ir llenando poco a poco aquel vaso de plástico, envuelto por un dulce aroma de cacao, al tiempo que la espuma se hacía visible, una voz masculina le sacó de su pequeño ensimismamiento.
-¿Es usted quien pregunta por Daniela?-
-Perdón... ¿Cómo dice?- Samuel pareció no entender muy bien la pregunta.
-¡Que si es usted la persona que busca a la chica de la fotografía!-
-¡La conoce!- sus palabras sonaron en voz alta, y eso hizo que el silencio de aquel pequeño hall se rompiera.
-Podría mostrarme la fotografía-, preguntó aquel joven.
Sacando del bolsillo de su chaqueta la fotografía, alargó su brazo ofreciendo el retrato a aquel desconocido.
-Si, se trata de Daniela-
-¡Daniela... así se llama!, ¿la conoce usted?- Samuel parecía empezar a ver un poco de luz.
-Si, la conozco!-
-¿Quiere un café?- Samuel le ofreció tomarse un café, con el fin de poder conversar y averiguar que es lo que podía contarle sobre Daniela, desde ese momento aquel rostro ya tenía nombre, ¡Daniela!... que bonito nombre, ese pensamiento cruzó fugaz por su mente mientras sacaba unas monedas del bolsillo de su pantalón.
-Para mi doble de cafeína, esta noche me toca trabajar-.

El extraño observaba con atención los movimientos de Samuel, seguramente por su mente se pasarían ciertas preguntas de porqué un extraño iba mostrando la fotografía de su amiga.
Con el vaso en su mano de cafeína extra tomó el turno de preguntas.
-¡Que quiere saber de Daniela!, ¿Porqué la busca?-, desde luego que no se andaba por las ramas, fue muy directo.
Samuel entorno los ojos hacia arriba, queriendo ordenar sus ideas y poder expresarse de la mejor de las maneras.
-Lo primero es presentarme, soy Samuel- y en un gesto de saludo acercó su mano para estrecharla con la mano de aquel desconocido.
-Vera, hace unas semanas saqué una novela en esta misma biblioteca, al llegar a casa quedó abandonada durante unos días en uno de los estantes del salón, pero llegado el fin de semana empecé con la tarea de su lectura, cual fue mi sorpresa que en el noveno capítulo encontré una fotografía, que según Ud. se trata de Daniela, al estar en mi poder, sentí la obligación de devolverla personalmente a su dueña... Y he aquí este encuentro y sobre todo mi curiosidad-.

El desconocido era un joven algo corpulento, de unos treinta y pocos años, su pelo era negro brillante y andaba vestido con ropa informal, aunque su porte le hacía aparentar ser una persona pulcra y con cierto atractivo.
-Espero con toda seguridad que no se trate de un loco a la busca de la fotografía perdida- esa fue la primera reacción que se le pasó por la cabeza al escuchar la versión de Samuel.
Esas palabras le causaron a Samuel una mala sensación, se clavaron en su rostro como una bofetada inesperada, nunca se había visto de ese modo, ¡que había de malo en querer devolver la fotografía!.
Después de un incomodo silencio, y ambos mirándose mutuamente a la cara, el desconocido acercó su mano para presentarse.
-¡Soy Luis!- amigo de la familia de Daniela.
Samuel algo perplejo ante la teoría de poder ser un pobre loco, sin mediar palabra sacó del bolsillo interno de su chaqueta una cartera de piel marrón, la abrió con un gesto sereno, y sacó una pequeña tarjeta de presentación, de la cual se podía leer: Samuel Fernández Soto, así como el cargo que ostentaba en la empresa de marketing para la que trabajaba, dirección teléfono, etc.
-Aquí tiene mi tarjeta de presentación, en ella encontrará los datos suficientes como para asegurarse de que no soy ningún loco chiflado. Puede llamar a partir de las 8:30 de la mañana y preguntar lo que desee de mi-
Sosteniendo aquella tarjeta entre sus dedos Luis leyó de reojo aquellos datos. -Está bien, en un acto de fe le tomaré por una buena persona que tan solo se encuentra fascinado por saber quien es Daniela-
-¡Dígame exactamente que quiere que le cuente!- parecía que Luis estaba dispuesto a ayudarle.
Dando un largo sorbo a su capuchino, Samuel le preguntó la posibilidad de hablar en persona con Daniela y poder zanjar el asunto de una vez por todas.
-Creo que lo más racional sería que yo personalmente le entregase la fotografía a Daniela, pero conociéndola también se que querrá darle las gracias personalmente. Así que como ando algo mal de tiempo con los turnos en la clínica, y no les puedo presentar esta semana, me quedaré con su tarjeta para que Daniela pueda ponerse en contacto con Ud.- y tirando su vaso de plástico al centro justo de la papelera, Luis se despidió y salió del hall en busca de la calle.
Samuel se quedó en el pequeño hall durante unos minutos pensando en la conversación, estaba contento por saber que al menos había encontrado a una persona que si conocía a la desconocida de la fotografía, pero por otro lado le albergaba una sensación de incertidumbre, pensaba que quizás la chica no querría contactar con él por una fotografía olvidada en una novela, eran posibilidades que se barajaban en su cabeza, como prever cuánto tiempo tardaría Daniela en ponerse en contacto con él.

Samuel se encontraba trabajando en un proyecto para impulsar las ventas de un nuevo cliente, se trataba de una empresa que había pasado por tres generaciones, había llegado el momento de mostrar una imagen más fresca e innovadora con el propósito de introducirse en nuevos mercados. Se encontraba totalmente sumergido en el proyecto, cuando el sonido del timbre del teléfono hicieron que levantara su cabeza del teclado del ordenador. -Si, diga- contestó con el auricular apoyado entre su hombro y su cabeza, eso le permitía contestar a la llamada y continuar trabajado.
-Samuel, hay una chica que quiere saber si puede verte un momento- La voz era de Sandra la recepcionista.
-¿Como que hay una chica que quiere verme?, hoy no tengo programada ninguna visita, ¡de quién se trata!-
-Dice que se llama Daniela, que sólo será un momento- Al oír aquellas palabras, el corazón de Samuel se aceleró de manera precipitada. Se quedó mudo por unos instantes, mientras Sandra le preguntaba que hacer.
-Sandra, por favor no dejes que se vaya, dila que espere unos segundos que salgo a recibirla- Samuel estaba intentando calmar su agitación, estaba tan concentrado en el nuevo proyecto que no se le había pasado por la cabeza la posibilidad de recibir aquella inesperada visita.
Se levantó algo nervioso, y realmente no llegaba a entender ese estado de ánimo, se colocó bien el cuello de la camisa, ajustando su corbata y aprovechó el reflejo del ventanal de su despacho para acicalarse un poco el pelo.
Daniela permanecía de pie en la sala de espera, miraba con atención los títulos que decoraban las paredes, algunos eran muy llamativos y se podían identificar empresas bastantes reconocidas en el momento actual.
-Vaya... incluso tienen algunos premios ganados- se decía para si mientras leía con atención aquellas distinciones.

Samuel la encontró de espaldas, de pie frente a una de las paredes de la recepción, su pelo era diferente al de la fotografía o al menos desde esa perspectiva lo veía diferente, quizás se debía a que la fotografía estaba tomada en colores sepia, y ahora su pelo con la luz del día se mostraba con más cuerpo, más vida.
-¡Hola!.. ¿Daniela?- Samuel la hizo saber de su llegada.
Daniela volteó la cabeza al escuchar su nombre y al encontrarse con Samuel se puso frente a él, al quedar frente a frente por unos segundos se hizo un silencio, los justos y necesarios para contemplarse el uno al otro. Un primer vistazo, la primera vez en verse, para Samuel ya no era solo el rostro en una fotografía y supongo que para Daniela era conocer a un desconocido.
-Hola, soy Samuel- estirando su brazo al tiempo que daba un par de zancadas Samuel le acercó su mano para romper aquel silencio y entrar en las presentaciones.
-Hola, soy Daniela, mucho gusto- Daniela estrechó la mano de Samuel que notó como éste sostenía su mano con algo de fuerza.
Los dos sin saber muy bien porque soltaron una pequeña sonrisa, que se asemejó más a un suspiro, esa fue una buena manera de romper la incertidumbre del momento.
-¡No me puedo creer que estés aquí en persona!, ¿puedo tutearte?- preguntó Samuel a Daniela al tiempo que sentía como su pecho se hacía grande por una agradable sensación que le inundaba.
-¡Claro que si!- respondió al momento Daniela observando que Sandra la recepcionista no les quitaba el ojo de encima.
-¿Te apetece un café y así hablamos con algo de tranquilidad?- propuso Samuel cogiendo con delicadeza el brazo de Daniela para sacarla de la recepción.
-¡Claro, aunque no dispongo de mucho tiempo, en poco más de media hora tengo una entrevista importante- aclaró Daniela.
-Tiempo suficiente para tomarnos un café en el Magnific- y de este modo ambos se dispusieron a dejar la recepción, pero no sin antes Samuel hacerle saber a Sandra que estaría fuera de la oficina durante media hora.
Samuel en todo momento se mostró muy amable con Daniela, quería causarle una buena impresión y mostrar su lado más “caballero”, se adelantó a presionar el botón del ascensor y una vez que las puertas se abrieron ante ellos, la hizo entrar en un gesto con su brazo. La oficina de Samuel se encontraba en la séptima planta y mientras el ascensor descendencia a la planta baja Samuel inspiraba de manera discreta el perfume de Daniela que inundaba el pequeño espacio.
-¿Magnific?, ¡has dicho que vamos ahí!- quiso saber Daniela por entablar una conversación.
-¡SI!, se trata de un café italiano, bueno no es que sea un café italiano, el italiano es el dueño, pero su café es muy bueno- le explicó Samuel a Daniela mientras observaba cada rasgo de su cara.

Fuera del edificio Samuel le mostró el camino hasta llegar a las puertas del Magnific, era un bar de barra larga y algo estrecho en su interior, tenia poca luz, pero los farolillos que colgaban del tejadillo de madera le otorgaban un toque acogedor, claramente era un lugar de barra.
Samuel echó un vistazo al interior del bar y decidió que sentarse al final de la barra sería un buen sitio, tranquilo y alejado de la puerta principal. Después de que Samuel le retirase el taburete a Daniela, ambos se sentaron y en un cruce de miradas se regalaron de nuevo una sonrisa.

Según se acercaba el camarero por el interior de la barra, Samuel le aconsejó a Daniela tomar un tipo de café en concreto. Le documentó todas y cada una de las razones por las que debía pedirse ese café, Daniela le escuchaba con atención al tiempo que encontraba algo gracioso en el rostro de Samuel, en cada una de sus explicaciones y no pudo por menos que hacer aquel comentario.
-¡Desde luego que tienes que ser muy bueno en tu trabajo!- esas palabras hicieron que Samuel se callara al momento.
Clavando sus ojos en aquella sonrisa observaba esos labios también perfilados y pintados en un rosa malva.-¿Que quieres decir?- preguntó Samuel algo intrigado por el comentario de Daniela.
-Pues es muy sencillo, que si pones el mismo empeño en tus campañas de marketing, seguro que te metes a los clientes en el bolsillo- Daniela no podía dejar de sonreír, había algo en Samuel que la producía ese efecto.
Samuel en una carcajada echó su cuerpo para atrás, y al tiempo que el camarero se paró delante de ellos, con su dedo índice hizo un gesto para pedir 2 Bravos.
-Un café Bravo para la sonrisa más bonita del local- de manera inconsciente Samuel soltó aquellas palabras.
-Vaya, además de ingenioso, tenemos a un hombre romántico- y mirando fijamente a los ojos de Samuel dijo: -¡Me gusta!-.

La media hora se convirtió en cincuenta minutos, la conversación era amena, de vez en cuando el sonido de sus carcajadas rompiendo el murmullo de las voces del local, les hacia saber que no eran los únicos que se encontraban en el Magnific, pero por alguna razón misteriosa del destino, dos extraños en la barra de un bar habían conectado de una manera casi mágica. Es ese tipo de situaciones en la que dos personas que terminan de conocerse tienen la sensación de saber mucho más el uno del otro, es como si aquellos cincuenta minutos tuvieran la misma fuerza e integridad que otorga una amistad consolidada por el paso del tiempo.
Samuel acompañó a Daniela y la ayudó a parar un taxi, ya iba algo justa de tiempo para llegar a su entrevista, por el tono de voz y la seriedad de sus palabras, se trataba de algo importante, pues el desenlace de aquella reunión daría esperanza de vida a muchas personas, eso es lo que Daniela le dijo a Samuel al tiempo que cerraba la puerta del taxi.

Samuel con un gesto se despidió levantando la palma de su mano, viendo como aquel taxi se alejaba por uno de los carriles de la Gran Avenida, ya no podía distinguir la silueta de Daniela sentada en el asiento de atrás.
Se quedó de pie inmóvil al pie de la acera pensando, queriendo guardar muy dentro de su ser aquel tiempo que había pasado con Daniela, para no dejarlo escapar y así poder recrear a su antojo y necesidad cada momento vivido con la protagonista de aquella fotografía que aguardaba a ser rescatada del interior de una novela.
Con paso lento se dirigió hacia el edificio donde se encontraban las oficinas de la empresa para la que trabajaba, como queriendo frenar la realidad de volver y centrarse de nuevo en el trabajo. Sentía en el pecho una sensación de plenitud y de cosquilleo, era una sensación agradable, pero sobre todo de satisfacción por haber conocido personalmente a Daniela.

Habían pasado cinco semanas desde aquella inesperada visita a la oficina de Samuel, el café Bravo que tomaron en la cafetería Magnific había sido el pistoletazo de salida para unas ganas enormes de querer conocerse mejor, de pasar tiempo juntos, ello les conduciría a los largos paseos por uno de los parques de la ciudad conocido coloquialmente por sus asiduos como el Parque de los Álamos Caídos. A media tarde era la hora perfecta para quedar, aprovechando los últimos rayos de luz, antes de que la belleza del paraje se fuera apagando con la llegada de la noche.

De aquellos paseos a Samuel especialmente le gustaba que Daniela en algunas ocasiones se acercase a él para agarrarse a su brazo y como una niña pequeña verla juguetear con su pie, cuando a su paso se encontraban con pequeños remolinos de hojas que el aire caprichoso empujaba a su antojo de un lado a otro del camino. Discutían sobre aquel reto que ambos habían aceptado y que había empezado como una especie de broma, y en esas pequeñas discusiones era cuando Daniela ponía al descubierto su carácter competitivo y muy a menudo impulsivo, era una mujer decidida y quería ganar, quería que Samuel aceptara que gracias a ella se había tomado el mejor café que podía servirse en la ciudad. Eso no implicaba que Samuel se diera por vencido y en cada nueva cafetería, en cada pequeño bar que la llevaba intentaba sorprenderla con un buen café, con un ambiente especial, o al menos diferente a lo común, a lo conocido.
Desde luego que era un reto maravilloso, estar al lado de una mujer extraordinaria. Los días caían al mismo compás que los árboles se despojaban de sus hojas secas y marrones, ya cansadas de vida y de verdor.

A finales de noviembre, en una de sus tardes de paseo, sentados en uno de los bancos del parque, Daniela le contó a Samuel sus planes de viaje, estaba emocionada las palabras fluían una tras otra, como si se tratara de una gran cascada de agua incesante. Sabía que aquel viaje la llenaría de una gran satisfacción personal, llevaba más de año y medio detrás del proyecto, habían sido muchos días de llamar a muchas puertas, de largas exposiciones, de números, de estadísticas, en definitiva de esperanza de vida para muchos niños.
Daniela colaboraba estrechamente con una ONG, su trabajo en el laboratorio farmacéutico la quedaba formalmente correcto, pero ella quería más, además de supervisar el proyecto, quería viajar al país, conocer las necesidades de esos niños desfavorecidos, quería colgar la bata en el vestuario y poner esas vacunas personalmente.
Ese torrente de información soltada a bocajarro bloqueaba la mente de Samuel que solo podía pensar en su partida, en una semanas Daniela estaría muy lejos de aquel parque, las emociones se acumulaban en su pecho y su mente quería parar el tiempo, parar aquel momento.
-¿Como que te vas?, ¡pero por cuánto tiempo!- Samuel quería saber, necesitaba saber, el cómo, el por qué, el cuando, como podía ser que esa cascada de palabras pudiera alegar a esa persona tan maravillosa de su vida.
-Pues seguramente que se cierre el vuelo para unos días antes de las fiestas de navidad, a finales de semana nos llegará la confirmación de la agencia de viajes- Daniela le daba detalles a Samuel quien recibía aquella noticia con gran sorpresa.
-¡Que te pasa Samuel!, ¿es que no te alegras por mi?- Daniela se percató en seguida que aquella emoción, no era una emoción compartida.
-¡Si, claro!, es una noticia muy buena y es algo increíble tu trabajo en la ONG, pero...  
-¡Pero qué!- Daniela interrumpió a Samuel, su tono había pasado de emoción a enfado.
-¡Nada!... es que sinceramente me ha sorprendido, no esperaba tener esta tarde una conversación de este tipo, pero sin duda es algo muy bueno para ti y sobre todo admirable-. Samuel intentó mostrar una actitud más amigable.
-¿Sabes una cosa Daniela?- levantándose del banco Samuel le lanzó aquella pregunta.
-¡Dime!- respondió al momento Daniela que le contemplaba aún sentada en el banco.
-Me había imaginado una navidad diferente, una navidad compartiendo momentos contigo, pero está claro que la navidad va a ser muy diferente a la que yo me había imaginado.-
-¡Sabes qué!- le replicó Daniela al tiempo que se levantaba del banco y agarrándose a su brazo continuó: -Este año tendremos que adelantar la navidad-.
Y caminando hacía la puerta principal del parque sus siluetas se desdibujaron con la luz amarillenta de las farolas que quedaban detrás de ellos.

Samuel le había entregado en el aeropuerto un pequeño paquete envuelto en papel de regalo, le hizo saber que era su regalo de navidad.
-No abras el paquete hasta que no estés dentro del avión, hasta que no estés sentada y el avión haya despegado del suelo-. Y dando un fuerte abrazo a Daniela se alejó de la sala de embarque, no quiso voltear su cabeza para contemplarla una ultima vez, era demasiado doloroso aquel peso que crecía y sentía en su pecho.
Una vez acomodada en su asiento, Daniela observó por la ventanilla, todo a su vista quedaba pequeño y diminuto. En un suspiro largo y profundo tomó el paquete que reposaba encima de sus piernas, con cuidado quitó el lazo de seda de color rojo y leyó la inscripción que ponía en la etiqueta: “Deseo que te guste” y recordando en ese momento el rostro de Samuel en su rostro se dibujó una sonrisa.
Al desenvolver el paquete descubrió que se trataba de la misma novela en la que Samuel encontró su fotografía, pero en esta ocasión al levantar la tapa dura de aquella novela lo que aguardaba entre sus página era una carta, en el sobre se podía leer: “Cafetería La Vieja Colombia”.


Ángeles Calvo Sánchez-Cid
(13 de noviembre de 2020)

lunes, 21 de septiembre de 2020

EN BLANCO Y NEGRO

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A veces mi mente se distrae en cuestiones existenciales que se escapan al entendimiento, que huyen de ser enmarcadas y expuestas en alguna galería, aguardando a oscuras a que pase la noche para renacer en la admiración de los ojos que la vestirán con la apertura de sus puertas.

Mi mente imagina el color de las cosas no materiales, la belleza y la sensibilidad de lo incorpóreo, se dice que el alma pesa 21 gramos, ¿en cada beso que damos van esos 21 gramos?, ¡a caso la pasión puede cuantificarse!. Cómo se mide el calor de unos brazos que rodean tu cuerpo, la cantidad de aire que se escapa tras un suspiro. 

Me enamora lo sencillo, lo bello, lo natural, lo que sale de dentro, sentir en el pecho la grandeza de un amanecer, el lenguaje mudo de unas manos entrelazadas, unos ojos que me buscan, me encuentran y me atrapan.

Un sentimiento en blanco y negro, el rojo de la sangre que recorre por tus venas, escuchar el latido de tu propio corazón acelerándose cuando el sentimiento se vuelve color.

¡Qué somos, porqué somos, para quién somos!, porque muero si no respiro, si inspiró y expiro en cada soplo de vida. Mis sentidos se vuelven expertos matemáticos en cada ecuación, en cada posibilidad de poder ser.

Mi mente piensa, mi corazón siente y mi alma respira...

¡Reflexiones en blanco y negro!.

Ángeles Calvo Sánchez-Cid 
(20 de septiembre de 2020) 



viernes, 11 de septiembre de 2020

EL ULTIMO RAYO DE LUZ

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Un rayo de luz se coló de manera inadvertida, quería acomodarse en aquel mechón de su flequillo, aprovechó la caricia de la brisa en una última tarde de verano, para entrelazarse y juguetear en aquellas espesas y negras pestañas. Ella seguía pensativa, entre papeles y libros se perdían sus ojos, parecían navegar, sumergirse y al mismo tiempo flotar entre notas de tinta seca. 

El rayo de luz tímidamente se dejó caer por su mejilla, maquillando su rostro con una suave y sutil estela de luz, haciendo que ella se viera aun más bella y delicada.
Sin levantar el ancla de sus ojos, seguía absorta, entre teorías, fórmulas y posibles resultados, con uno de sus dedos acarició su mejilla de manera espontánea, como si hubiera advertido la presencia de aquel furtivo rayo de luz.

La yema de su dedo en contacto con su rostro hizo que aquel rayo de luz se fuera apagando según caía por el laberinto de su huella dactilar, podía sentir miedo, exaltación, dicha y gozo... ¡Que otra cosa podía ser que amor!

Así que decidió vestirse de fino hilo dorado, quería cumplir su deseo antes de que se escondiera el sol, verse reflejado en las pupilas de aquellos ojos verdes, verde esperanza. Su luz se hacía más tenue, se iba apagando en la última tarde de verano, verde eran sus ojos, verde la esperanza de saber que volvería con el primer rayo de sol a enredarse en sus pestañas.

Ángeles Calvo Sánchez-Cid
(10 de septiembre de 2020) 

P.D. Dedicado a mi Alma Gemela


miércoles, 2 de septiembre de 2020

GOTAS DE MAR

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Dejé que mi cuerpo flotara libre, liviano, en el agua del mar, sus olas hacían de remo en la embarcación de mi cuerpo, elevé las anclas de mi mirar, y contemplar aquel azul infinito del cielo hacía que mi alma rozara furtivamente el paraiso...


Ángeles Calvo Sánchez-Cid
(1 de septiembre de 2020)


jueves, 30 de julio de 2020

AL FINAL DEL MUELLE - Capitulo 2 - EL CONCURSO-

    

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Angi había dormido profundamente y además lo había hecho de un solo tirón. Ahora ya no debía de correr para vestirse y dejar su habitación recogida antes de bajar al comedor a desayunar, del mismo modo que lo hacían el resto de sus compañeras y alumnas del colegio femenino. Era curioso, ya que Angi había dado vacaciones al despertador, quedando mudo de vida, de horas, de minutos, dentro de aquellas paredes que durante algo más de nueve meses al año formaban parte de su día a día, de su educación, de su pequeña vida. Pero sin duda alguna, ahora se encontraba en el mejor lugar del mundo.


No tenía ni idea de la hora que podía ser, a cada peldaño que bajaba de la escalera con sus pies descalzos, podía oír con mayor claridad las voces de su hermano y de tía Moli en lo que parecía ser una conversación animada e interesante. Su pequeño corazón se aceleró al pensar que quizás tía Moli le estuviera preguntando al bobo de su hermano por el hombre misterioso, es decir el Mago, ahora tía Moli conocía la verdad.

-¡Buenos días mundo!, ¿Qué se cuece en la cocina?.... ¿Puede que huela a disculpas?- de este modo tan perspicaz hizo Angi su entrada para dirigirse hacia su hermano Joan, quien se encontraba ayudando a su tía Moli en la tarea de pelar unas patatas.

-¡Se acabó la paz!- exclamó Joan dirigiendo la mirada a su hermana al tiempo que con su cabeza hacia un gesto de negación.

-¿Se puede saber de que estabais hablando,?, ¡supongo que no sería de mi!- por su tono de voz, Angi parecía haber despertado esa mañana muy segura de si misma.

-¿Sabes que hora es?- preguntó tía Moli llenando una taza con leche. -Son mas de las once, hora de desayunar, no de hacer preguntas- y así es como hizo que la pequeña investigadora se dispusiera a desayunar.

Sentada en el centro de la mesa, mientras mojaba una magdalena en su taza de leche, Angi observaba en silencio a su tía, con que rapidez pelaba aquellas patatas que a modo de montaña se iban amontonando en un colador de acero inoxidable, al tiempo que le explicaba a Joan las bases del concurso.

-Creo que es una buena oportunidad para dar rienda suelta a ese talento que llevas dentro de ti, aprovecha las circunstancias, estás de vacaciones, en un entorno adecuado, y la temática del concurso va mucho con tus letras-. Angi prestaba mucha atención a cada palabra, ya que por dormilona se había perdido el principio de la conversación.

-Tía Moli, el problema es que no todos me ven de la misma manera que lo haces tú, tu crees en mi, y sinceramente creo que valoras mis letras mucho más de lo que son- Joan parecía tener sus dudas.

-¡Por supuesto que valoro todas y cada una de tus letras!, no puedes renunciar a lo que vive dentro de ti, un don no se niega, ni se rechaza, un don te hace especial, diferente, y ese don, esa manera que tienes de transmitir, de dar vida a la palabra escrita, eso mi querido niño es una manera de vivir, hazla tuya, te pertenece-.

Angi observaba en silencio cada gesto de su hermano, como asentía con la cabeza, escuchando con atención todo lo que tía Moli sabía tan bien decirle, siempre habían tenido una conexión muy especial, quizás fuera porque mamá pasó todos los veranos de su infancia en el campo, con tía Moli, y todos parecían coincidir en que Joan se parecía mucho a mamá, aunque sinceramente creo que eso sólo es un beneficio mas de ser el hermano mayor. Los pensamientos revoloteaban como mariposillas dentro de aquella cabecita, sacando sus propias conclusiones, entre magdalena y magdalena.

-¡Yo quiero participar!- las palabras de Angi sonaron fuertes y contundentes dentro de la cocina, haciendo que la conversación entre Joan y tía Moli cesara al instante.

No te metas!- contestó con gran rapidez Joan. -Esto no es un concurso para niños pequeños-.

-Tengo 8 años, y cuando pase el verano cumpliré 9- Angi no tenia intención alguna de quedarse fuera de aquel concurso.

-Angi, cariño, se trata de un concurso literario, para mayores de 12 años, y todos sabemos que lo tuyo es pintar, si te parece bien, la próxima vez que me acerque al pueblo, puedo preguntar a la bibliotecaria si este verano se va a celebrar el concurso de dibujo-. Tía Moli intentaba serenar a la pequeña, desconociendo el motivo por el cual se había despertado con tanta energía aquella calurosa mañana del mes de agosto, era temprano para mediar en una pelea entre hermanos.

-¡Vale, pero si me apunto al concurso de dibujo... pienso ganar!- De este modo, Angi dio por finiquitado el concurso literario-.

-Piénsatelo Joan, el viernes finaliza el plazo de inscripción- Tía Moli no quería que su sobrino dejara pasar aquella oportunidad.


Pasadas las ocho de la tarde, Angi y Joan decidieron acercarse al lago para darse un chapuzón y de este modo llegar a la cena algo mas frescos, por supuesto bajo la supervisión de tío Thomas, quien aprovecharía el baño de los chicos para lanzar su sedal y probar suerte.

Joan y Angi se lo estaban pasando en grande, no paraban de tirarse a modo bomba, y eso parecía molestar a tío Thomas, pues decía que ningún pez en su sano juicio se acercaría a picar un jugoso gusano con semejante alboroto. Así que decidió soltar la caña de pescar y hacer caso a sus sobrinos, que no paraban en su empeño de que tío Thomas les acompañara en sus juegos de agua.

-¡Tronco al agua!- esas fueron las palabras de aviso antes de que tío Thomas saltara al lago.

-¡Me estoy meando!- Angi parecía tener una emergencia.

-¡No se te ocurra mearte dentro del lago- Una sola advertencia de Joan ante semejante guarrearía.

-¡No quiero ir hasta casa para hacer pis- exclamó Angi, que no le parecía tan mal hacerse un poco de pis dentro del agua, además el lago tenía vida propia y bajo aquellas aguas tan fresquitas los peces también se meaban.

-¡Haz una cosa, sal del lago, cualquiera de los árboles del bosque te servirán para hacer pis, eso si, no te alejes, recuerda que el primero que veas te vale- Tío Thomas resolvió el pequeño conflicto.


Angi salió del lago, se puso las zapatillas para no llenarse de tierra los pies, los árboles se encontraban a poca distancia del muelle, empezó a buscar un buen árbol para hacer la tarea que la había sacado del agua. Los árboles eran bastante robustos y anchos, para poder ver donde llegaban sus ultimas ramas había que levantar la mirada al cielo, pues estos parecía poder rozar algunas nubes a su paso, con precaución separaba algunos arbustos secos que arañaban sus piernas.

-Creo que este es un buen árbol, aquí podré hacer pis sin que nadie me vea, ni me moleste- Angi ya había tomado su decisión, mientras se encontraba en cuclillas y mirando de no mojar sus zapatillas, pues lo cierto era que tenía muchas ganas de hacer pis, y el “chorro” parecía no llegar a su fin.

Cuando se disponía a volver al lago, algo pareció llamar su atención, a pocos metros de donde se encontraba destacaba un grupo de árboles que se habrían paso sutilmente, meciendo sus ramas de un lado a otro, sus hojas eran de una tonalidad más suave que el resto de los árboles, parecía como si aquellas ramas se convirtieran en unos brazos maternales acariciando el aire, como si estuvieran en armonía con algún tipo de danza. Aquella imagen hizo que la pequeña quedara totalmente abstraída de su entorno, es como si todo a su alrededor hubiera desaparecido, sin saber muy bien cómo había conectado con la sintonía de aquellos árboles, era algo tan bello el contemplarlo que sus ojos podían llenarse de paz, sintiéndose liviana, tranquila, era una sensación muy agradable.


La pequeña empezó a caminar sorteando algunos matorrales y arbustos pequeños que crecían libremente en el bosque, escuchaba el canto de los pájaros que revoloteaban y saltaban a su antojo de una rama a otra. Tenía cuidado de no pisar algunas setas que se iba encontrando según se abría camino, como si se tratara de pequeñas alfombras, y en su mente una voz recorría su cabeza diciendo: el camino de las setas, seguro que me conduce a los árboles bailarines.

Después de andar unos pocos metros se encontró delante de aquel grupo de árboles majestuosos, parecían formar algún tipo de círculo, como si se hubieran hermanado por alguna extraña y desconocida razón.

-¡Que curiosa es la naturaleza!- sin darse cuenta Angi empezó a hablar sola, como si aquellos árboles pudieran escucharla.

-Este sitio es mágico, puede que las chicas del colegio presuman de sus vacaciones, pero yo por nada del mundo cambiaría este lugar-.

Se acercó a uno de aquellos árboles y con sus pequeños brazos lo rodeó fuertemente, por un instante aquellos inquietos y brillantes ojos se cerraron, tras una respiración profunda, en un intento de formar parte de aquel paraje tan bello y especial.

-¡Girasol, girasol!- el aire hizo que algunos mechones de su cabello mojado despejaran su cara, para poder escuchar aquella voz.

Aquellas palabras hicieron que la pequeña abriera sus ojos y contemplara el movimiento de aquellas ramas, de aquellas hojas que parecían estar pintadas por sus propias acuarelas.

-¡Girasol, girasol!- de nuevo el susurro de aquellas palabras hicieron que Angi retrocediera unos pasos para mover su cabeza de un lado a otro, en un intento de averiguar quien se encontraba cerca de ella.

Una ligera neblina hizo que todo quedará cubierto por una inmensa quietud, parecía salir de las mismas entrañas del suelo, se elevaba sigilosa cubriendo el bosque con un manto de silencio, los propios árboles que hasta entonces no cesaban en su danza, habían quedado quietos, mudos de toda música, ni siquiera se podía distinguir a ninguno de aquellos pajarillos que con su canto daban vida y color al bosque.

-¡Girasol, que haces aquí!- Una voz serena y profunda quedaba a sus espaldas. Dudó en girarse, no sabía muy bien como reaccionar, y fue en ese preciso momento cuando se acordó de tío Thomas y de su hermano que la esperaban en el lago.

Permanecía inmóvil, de pie, intentando pensar que hacer, echaba a correr, gritaba fuertemente, o simplemente esperaba a que la presencia de aquella persona despareciera..

Se armó de valor, y apretando fuertemente sus puños se giró poco a poco, despacito, moviendo sus pies con cuidado, intentando no hacer mucho ruido.

-¡Ahhhh, no me lo puedo creer, eres tú!- la voz de Angi sonó agitada, su corazón empezó a galopar dentro de su pequeño pecho.

-¡Eres el Mago, en carne y hueso!- la niña no podía dar crédito, a escasos tres metros se encontraba con la única persona que más deseaba ver en este mundo, si, era él... El Mago.

-¡Porque me buscas!- el Mago permanecía de pie, con sus largos cabellos y barba de color plata, en esta ocasión su cabeza iba vestida por un sombrero algo desgastado por el uso, parecía haber sido en otro tiempo de un verde botella. Su mano sujetaba un bastón fuerte, parecía estar hecho con las propias raíces de los árboles de aquel bosque, ramas entrelazadas entre sí, dando un aspecto de robustez y sencillez al mismo tiempo, era bello, bonito, sin duda era diferente a cualquier bastón, pues este tenía a modo de agarradero una preciosa piedra, Angi no entendía mucho de piedras, pero si sabia distinguir, y esa no era una piedra corriente.

-¡Quién!... ¿Yo?- Angi no entendió muy bien la pregunta del Mago.

-¡Si, tú!, has estado preguntando por mi- el Mago se reafirmaba con la intención de conocer la causa.

-Sólo he hablado de ti con tía Moli, es muy buena persona, y además ella siempre me cree, sabe que tu existes de verdad, que no es una de mis fantasías- Angi no quería disgustar al Mago e intentaba explicarle bien las cosas.

-¿Que es lo que quieres de mi?- Volvió a preguntar el Mago

-Quiero saber si conociste a mi madre, ¡dime, la conociste!- por alguna extraña razón aquella pregunta salió despedida de lo mas profundo de su ser, ni siquiera su boca había pedido permiso para ser pronunciada, pero una vez fuera, suspendida en el aire, aquella duda quedaba en las manos del Mago, él era quien debía de dar respuesta.


El Mago sin mediar palabra se acercó lentamente a la pequeña, sus pasos eran sigilosos de gran zancada, pues era un hombre de alta estatura, sus pies parecían acariciar el suelo, como si en vez de pisarlo, lo rozara levemente. Su atuendo era propio de un Mago, pues sus ropas estaban bien cuidadas y eso le diferenciaba de una persona ermitaña. A cada paso que daba, Angi esperaba con mayor inquietud su reacción, las mariposillas comenzaban de nuevo a revolotear por esa cabecita, cuestionando la situación con cada paso que acercaba a el Mago. ¿Realmente saciaría su sed de verdad? o ¿quizás no le estaba permitido cuestionar al Mago?, tal vez el Mago era la única persona con autoridad y sabiduría para realizar las preguntas.


El Mago se agachó quedando a la altura del rostro de la pequeña, con uno de sus largos dedos, retiró con cuidado un par de mechones rizados que descansaban en la cara de la niña, para poder acercarse y susurrarle al oído unas palabras que sinceramente no tenían mucho sentido para Angi, no reconocía el habla de aquellas palabras, desconocía su procedencia, Sólo podía intuir que tenían un efecto sedante, como un paño de agua fría en la frente cuando sube la temperatura.

Alzando su brazo derecho quedo al descubierto un tatuaje de lo que parecía una constelación de estrellas en una de sus manos, señalando con su dedo índice, hizo que la pequeña dirigiera su mirada hacia lo mas alto de la copa de aquel grupo de árboles. Los árboles lentamente comenzaron a mecer sus ramas, iniciando de nuevo su pequeña danza, las hojas caían como una fina lluvia de colores verdosos.

Angí estiró sus brazos en forma de cruz para recibir aquellas hojas que planeaban y hacían piruetas hasta tocar el suelo.

Sin saber cómo, Angi se encontraba cerrando el circulo de aquel grupo de árboles hermanados, con los dedos de una de sus manos rozaba la corteza del árbol que quedaba a su izquierda, mientras que a su derecha se cerraba el circulo con su mano entrelazada con la de aquel Mago, y el Mago apoyando la palma de su mano derecha en el árbol que se encontraba más cercano a él.

En el centro de aquel circulo comenzaron a alzarse en pequeños remolinos, aquellas hojas que apenas habían tocado el suelo, empezando a dar unas pinceladas con unas siluetas que iban a tomar forma.

Angi no salía de su asombro, permanencia en silencio, sintiéndose parte de todo. Las hojas dejaron de ser unas siluetas sin cuerpo, para convertirse en unas imágenes nítidas y muy bellas, aparecieron unos cervatillos dando pequeños saltos, jugueteando entre ellos, Angi no soltaba la mano del Mago. Los cervatillos se iban difuminado, y sus pequeñas siluetas se desdibujaban despojándose de aquellas hojas que les habían dado forma y vida. Angi reconoció en aquella niña la silueta de su madre, aparecía sonriente y feliz, y a cada paso que daba crecían girasoles que parecían mirar a Angi.

De repente unos gritos hicieron que la silueta de aquella niña se desvaneciera, formando un remolino de hojas que se elevó hasta lo más alto de las copas de aquellos árboles.

-¡Angi, Angi, donde estás!- las voces, por segundos se hacían mas fuertes y cercanas. Eran las voces de tío Thomas y de Joan, que parecían abrirse paso por el bosque.

En ese preciso instante Angi sintió como el Mago soltaba su mano, no dijo nada, se quedó mirando el tatuaje de su mano. Este cogió su bastón que había dejado apoyado en el tronco del árbol, y dando un golpe seco en el suelo, todo volvió a recobrar vida, la vida cotidiana del bosque, el canto de los pajarillos volvía a escucharse, el aire cesó por completo haciendo que los árboles quedarán inmóviles, adormecidos de todo movimiento.

-¡Ve al encuentro de las voces, tu familia te está buscando!- Con esas palabras el Mago apremiaba a Angi para que se reuniera con tío Thom y su hermano.


Angi empezó a caminar y al voltearse para poder despedirse del Mago, comprobó que se encontraba completamente sola, ¿cómo podía ser?, ¿pero por donde se había ido el Mago?, ¡ni si quiera un hasta pronto!. Era injusto, ¡otra vez no!, de manera inconsciente Angi gritó al cielo: -¡volveremos a vernos!-.

La muchacha aceleró el paso para llegar lo antes posible al lago y sobre todo para explicarle a tía Moli la visita inesperada de aquel ser misterioso, enigmático y que decir después de lo ocurrido... ¡Mágico!. No tardó mucho en encontrase con Joan y tío Thomas.



Continuará...




Ángeles Calvo Sánchez-Cid

(30 de Julio de 2020)




jueves, 23 de julio de 2020

SOÑARTE



Imagen bajada de la red


Sueño porque quiero soñarte, pues ese es mi deseo,
en la calurosa noche despojarte de mi mente,
dejando la ventana abierta de mi pecho.

Acariciar tu rostro en este sueño mío, 
ser aliento suave que envuelve tus brazos en un susurro,
dejando a tu paso las palabras vencidas en el suelo.

Vacía mi alma de todo anhelo, 
duerme a la sombra con la luz del alba,
pues soñarte quiero y ese es mi deseo. 




Ángeles Calvo Sánchez-Cid
(22 de Julio de 2020)

viernes, 3 de abril de 2020

AL FINAL DEL MUELLE


            imagen bajada de la red







Todo comenzó en una noche de verano, recién llegados de la ciudad. Se trataba de una noche más del mes de agosto, calurosa como era lo habitual en la pequeña localidad de Girnalcam.

Fuera todo permanecía en una inmensa quietud, la noche caía como un manto grande, oscuro y absoluto. El sonido de sus pasos corriendo a toda velocidad por alcanzar el final del muelle, se abría como una brecha de risas y vida fresca entre toda aquella calma, al tiempo que el aire calentón acariciaba sus rostros. Con sus cuerpos tumbados en aquel suelo de madera, sus pechos parecían sosegar poco a poco, calmando de este modo sus respiraciones, la carrera por alcanzar el lago había sido alocada, y aunque Joan era unos años mayor que su hermana, Angi era una verdadera atleta cuando se trataba de correr, sus piernas parecían convertirse en las aspas de un molino gigante cortando el aire a su paso.


Habían llegado a casa de tía Moli a media tarde, justo para soltar sus maletas y sentarse a merendar. El tío Thomas era el mejor cocinero de tortitas de la gran charca, de este modo era como el tío Thomas se refería al gran lago. Desde que Joan tuviera uso de razón, es decir más o menos a partir de los 4 años, recordaba como se había ganado tío Thomas ese título. Quedaba sobradamente reconocido que aquellas tortillas bañadas con la miel de los panales de tía Moli, le daban el toque dulce, perfecto e incomparable. No existían mejores tortitas en toda la "charca".
Tío Thomas tenía un pequeño ritual, sin duda divertido, pero que debía de llevarse a cabo con toda seriedad, cumpliendo el protocolo.
Joan y Angi aguardaban sentados en la gran mesa de madera de la cocina, en cuanto tío Thomas se acercaba con la bandeja de tortitas los pequeños debían de ponerse en pie y a continuación en un tono de voz alto y claro Joan comenzaba el ritual que se le había asignado a corta edad al recitar la famosa frase: "Si el cielo quieres tocar, las tortitas de tío Thom has de probar", para acto seguido saborear aquel manjar tan exquisito.

Bajo sus cuerpos reposaba la vieja madera del muelle, el cielo se presentaba ante ellos raso, dejando al descubierto aquella estrella, la misma que les acompañaría en aquellas semanas que iban a estar de vacaciones. La estrella del Alba era más luminosa que el resto de estrellas, en sus ojos parecía poder reflejarse aquel brillo tan especial, mientras sus mentes se abandonaban a la quietud de la noche, sus pensamientos iban y venían con el canto de aquellos grillos que resultaban ser incansables en su tarea. Sus miradas se perdían en aquel infinito cielo, desde luego que en la ciudad no se veían tan bien las estrellas, parecían tan enigmáticas y a la vez tan bonitas, que el estirar el brazo intentando alcanzar una de ellas, era algo habitual y sobre todo un gesto involuntario.
-Joan... ¿Las estrellas se mueren?- , la pregunta de Angi rompió el silencio entre los hermanos.
-Si las consideramos un ente vivo, ¡claro que si!- esa fue la respuesta de Joan que era un chico muy inteligente a los ojos de su hermana pequeña de 8 años.
-¿Un ente?... Angi se incorporó quedándose sentada y así de este modo poder replicar una respuesta algo más entendible.
-Me refiero que si consideramos a una estrella como un ser vivo, entonces podría decirte que nada más nacer lo hace con su primer resplandor, y después de muchos años, mucho tiempo viajando en el universo, su luz se va atenuando poco a poco hasta apagarse por completo- de ese modo Joan contestaba a su hermana.
-¡Te refieres a que las estrellas si se mueren!-, insistía Angi -Es ley de vida- añadió Joan en un tono condescendiente.
-¡Pero yo no me quiero morir!- exclamó Angi algo agitada.
Joan incorporándose del suelo del viejo muelle le tendió a su hermana la mano para añadir: -Si de algo estoy seguro es de que las chicas que hacen muchas preguntas viven muchos años, anda vamos a casa antes de que salga tía Moli a por nosotros-.

Que bien se descansaba rodeado de naturaleza, que gran idea la de los tíos de elegir un lugar tan especial donde construir su hogar, todo resultaba mejor, más sencillo, y era imposible no levantarse con una sonrisa en los labios, y desde luego con mucha energía. Y aunque sólo se tratase de la primera noche, el cuerpo y la mente lo sabían, empezaban a notar los cambios. Los pequeños huéspedes se sentían más tranquilos, más relajados y sobre todo se sentían libres, muy libres, libres de horarios, libres del uniforme, libres para hacer ruido, libres de entrar y salir, les esperaban dos semanas fantásticas, se encontraban en el mejor hogar del mundo, hasta la casa tenía un olor especial.

Las últimas semanas habían resultado algo complicadas, por no decir difíciles.
Angi bajó corriendo las escaleras con sus pies descalzos y su pelo rubio alborotado, en el Colegio donde cursaba sus estudios, debía de llevar su pelo bien peinado y debidamente recogido, se trataba de un colegio interno sólo para chicas. Con su voz alegre hizo saber a todos que ya se había despertado con un: -¡Buenos días Mundo!-.
-¡Buenos días mi pequeño sol,! ¿has dormido bien?-. Tío Thomas se encontraba de pie frente a la ventana tomando una taza de café, el café era la gasolina que hacia funcionar su corazón, bueno... eso era lo que siempre le decía a tía Moli cuando ésta le regañaba por tomar demasiado café. Apartando la vista de aquella ventana, se dirigió al centro de la cocina para pedirle a Angi un beso de buenos días. -¡No te habrás olvidado de endulzarme el café!- y de este modo Angi le daba un besito muy dulce de buenos días.
Joan entró acompañado de tía Moli, habían salido a coger unas flores para adornar la mesa de la cocina. -Anda mi chico, llena el jarrón con un poco de agua, que vamos a poner un poco de color a este nuevo día-. El sonido de la voz de tía Moli, era muy dulce, incluso en algunas ocasiones, sus palabras parecían curar los raspones de las rodillas.
-Tengo que acercarme al pueblo a comprar unas piezas para el pozo, ¿algún voluntario que quiera acompañarme?.- Esas palabras hicieron que Angi empezara a dar saltos y a gritar toda entusiasmada: -yo, yo, yo, yo me apunto- Angi era especialista en asesinar cualquier rato de silencio.
-Con una condición, que os encargáis de coger las cosas de la lista de vuestra tía- Era una buena manera de cerrar el trato.
Joan se encargó de coger la lista, y como era un chico muy previsor y sobre todo el hermano mayor le dijo a su hermana que cogiera su sombrero, ya que el sol era fuerte.

Angi empezó a dar vueltas por los pasillos del supermercado, intentando encontrar alguna de las cosas de tía Moli, se detuvo frente a una estantería y repasando con su vista cada uno de los estantes, descubrió que la botella de agua oxigenada se encontraba en uno de las estantes más altos, en un intento por alcanzar la botella, se puso de puntillas, tan sólo unos pocos centímetros separaban sus dedos de aquella pequeña botella, estaba muy concentrada, quería esa botella, las puntas de sus pies empezaban a dolerle, pues sus sandalias plateadas dejaban al aire libre sus dedos, se detuvo unos segundos en su empeño, soplando los mechones de su pelo dorado que caían sobre sus ojos y se acercaban a sus labios.
-Toma pequeña, si esto es lo que quieres- Angi se quedó fascinada ante la imagen que tenía a su lado, parecía haber salido de alguna de las historias que tía Moli les contaba en las tardes de tormenta. -Si, si, es lo que quiero- esas fueron las palabras que en un tono de voz bajo, casi mudo salieron de la garganta de la pequeña.
-¿Que haces ahí parada?, venga Angi que tío Thom nos espera en la caja- las palabras de Joan que se encontraba al otro extremo del pasillo, sonaron altas y contundentes, e hicieron de este modo que Angi empezara a correr para llegar justo a tiempo de dar a la cajera la botella de agua oxigenada.
-Venga chicos, despediros que nos vamos-, tío Thomas cargó con un par de bolsas y haciendo un gesto con su cabeza, indicó a los chicos que salieran del supermercado.
-Pero tío Thom necesito un segundo, debo de darle las gracias al mago- La voz de la pequeña parecía suplicar unos segundos más de tiempo.
-¿Mago, pero de que mago hablas?- Joan parecía no entender nada. -Si, el mago del pasillo, el del estante del agua oxigenada, el que estaba a mi lado, ¿es que tu no le has visto?- insistió Angi, haciendo que su hermano recordara a esa persona tan... si, tan diferente que la había ayudado.
-¡Pero de qué hablas, es una de tus bromas, porque este no es el lugar ni el momento- Joan tuvo que llamar la atención a su hermana, su tío esperaba con las bolsas.
Angi echó a correr hasta alcanzar el pasillo, se detuvo mirando a un lado y a otro, no podía encontrar al mago, y empezaba a ponerse nerviosa no quería irse sin despedirse de él.
-¡Venga hombre, ya te vale, pero a ti que te pasa!, nos vamos a casa contigo o sin ti, tu decides-. Cogiendo el brazo de Angi, su hermano hizo que ésta saliera del supermercado, tío Thom esperaba dentro de la furgoneta.

Durante el trayecto de vuelta a casa Angi no dejaba de pensar en aquel hombre que había aparecido justo cuando más lo necesitaba, era muy misterioso, pero como diría tía Moli “persona de buena energía”. Allí sentado a su lado se encontraba el incrédulo de su hermano, mientras sus pensamientos le recordaban lo injusto que resultaba a veces ser la hermana pequeña. Siempre se pregunta al hermano mayor cuando se trata de cuestionar algo, o de aclarar los acontecimientos. Pero allí estaba ella con su melena suelta, y su cabeza recostada en la ventanilla de la furgoneta, viendo pasar el paisaje como si se tratase de una película de cine mudo, pensó que su tía si que la escucharía, tenía una pequeña posibilidad de averiguar la identidad del mago, por que en Girnalcam todos se conocían.

Después de cenar Angi se ofreció voluntaria para sacar la basura, y con una de sus pícaras sonrisas le lanzó “el guante” a su tía. -Tía Moli me acompañas a deshacerme de este pesado tesoro, debo encontrar una buena cueva donde poder ocultarlo- sabía que a tía Moli le encantaban las personas con un buen sentido del humor y sobre todo no escasas en imaginación.
En un tono de voz semejante al de un pirata tía Moli respondió: -Tratándose de semejante tesoro, no me queda otra que ayudarte en tarea tan crucial-.
Ambas sonrieron al mismo tiempo y tomando el camino se alejaron, dejando a sus espaldas el porche de la casa.

Mientras caminaban por el camino Angi empezó la conversación. -Tía Moli, ¿no crees que este lugar es misterioso?-.
-¿Misterioso?, bueno si te refieres a que la naturaleza es bella y a veces se presenta ante nuestros ojos misteriosa en su creación, en el ciclo de vida, en saber cómo y porqué cada rama, cada flor, cada arbusto sabe donde crecer, donde florecer, donde dar sombra, ¡Pues sí mi pequeño sol, es un gran misterio!-.
-Entonces se podría decir... que en un lugar así, no sería de extrañar que también habitará algún mago... ¿no crees tía Moli?-Angi llevaba su plan con mucha astucia, no podía terminar la noche sin averiguar la identidad de aquel hombre mágico.
-Ja,ja,ja- la carcajada de tía Moli fue instantánea, y acariciando aquella pequeña cabeza se detuvo mirando fijamente aquellos ojos brillantes y llenos de curiosidad.
-¿Que es lo que te preocupa?, ¡que ronda por esa cabecita!- pregunto tía Moli en un intento de averiguar lo que pasaba.
-Me refiero, que si una persona ve con sus propios ojos, claro con unos ojos... que estén bien, que sean normales, vamos que vean las cosas como son en la realidad, pues eso significa que lo que ve esa persona es verdad, sin importar la edad que tenga, y sobre todo si sus ojos son los únicos que lo han visto-. Así es como Angi exponía los echos ante la atenta mirada de su tía.
-¿Qué has visto Angi?-. Tía Moli preguntó sin andarse con rodeos.
-Esta mañana en el supermercado he visto a una persona algo diferente, me refiero que no iba vestido como los demás-
-¿A que te refieres con eso de que no vestía como los demás?- preguntó tía Moli que empezaba a sentir cierta curiosidad.
-Pues, que su aspecto era diferente, llevaba como un camisón de ropa gruesa con capucha, y tenía el pelo más largo que yo, y la verdad tía Moli estamos hablando de un hombre mayor, no es muy normal que digamos, tío Thom no se viste así, aunque este hombre era más mayor que el tío, como si fuera un abuelo de larga melena y espesa barba de color canoso-.
-Angi, ¿sabes una cosa? Me están entrando ganas de conocer a esa persona tan misteriosa. ¿En que momento te has cruzado con él?-. Tía Moli quería descubrir donde conduciría aquella conversación, en la noche, por el camino que las llevaría a la carretera, siendo las estrellas confidentes de cada palabra.
-Ha sido esta mañana, en el pueblo cuando hemos ido a comprar las cosas de tu lista, yo estaba intentando alcanzar la botella blanca, la del agua oxigenada, cuando apareció a mi lado y extendiendo su largo brazo me la dio-.
-Es muy curioso todo lo que me estás contando, ¡cómo es que nadie me ha dicho nada!-. Replicó tía Moli.
-Es muy sencillo, por que yo he sido la única persona que lo ha visto en el supermercado, y cuando he querido ir a darle las gracias ya no estaba, había desaparecido-.
-¿Porqué no le has pedido a tu tío que te ayudara a buscarle?, sabes que puedes acudir, bueno mejor dicho debes acudir a nosotros siempre que nos necesites-. Esas fueron las palabras de tía Moli que empezaba a sentir cierta intriga.
-Pues por lo de siempre, mi hermano me ha regañado por hacer esperar a la cajera, además no se ha creído nada de lo que le he contado, incluso se querían ir sin mi-. Las palabras de la pequeña sonaban a desánimo.
-Pero lo más curioso tía Moli, es que yo sentía dentro de mi pecho que era una persona cercana, buena, es como si él me conociera, cuando se acercó a mí olía al bosque, el de los arboles altos, el que está más allá de las moreras, además... quieres que te confiese una cosa, pero en plan secreto, ¿vale?- Angi se sentía tranquila, sabía que podía confiar en su tía, en cierto modo tía Moli siempre entendía las cosas y sabía las injusticias que se hacían con los hermanos pequeños, ya que ella había sido la hermana menor de cinco hermanos, además todos chicos.

Angi le hizo un gesto con la mano a su tía para que se agachara y poder decirle al oído su secreto, tía Moli se inclinó para escuchar aquellas palabras que tan bien guardaba Angi.
-Girasol, el hombre mago al darme la botella me miró a los ojos y me dijo girasol, así es como me llamaba mamá, era nuestra palabra mágica, cuando algo nos gustaba mucho o nos daba mucha alegría... siempre decíamos girasol, porque el amarillo era nuestro color preferido, y mamá siempre decía que el girasol era amarillo y siempre se orientaba al sol, y el sol también es amarillo, yo era su pequeño girasol y ella era el sol-.
-Vaya eso sí que es muy sorprendente mi quería Angi, quizás el mago lo que quería decirte es que mamá sabe lo mucho que te acuerdas de ella, y que no quiere que estés triste, es normal que la eches de menos. Todos los que tuvimos la suerte de conocer a tu madre sabíamos que era una persona muy especial y lo más importante en su vida erais Joan y tú, tu madre se hacía querer, yo también la echo mucho de menos-. En esos momentos Angi se abrazó muy fuerte a su tía Moli, ya habían pasado dos años de la muerte de su madre y dentro de su corazón seguía doliendo su ausencia.
-Anda sujétame la bolsa de basura mientras yo levanto la tapa del contenedor, no creo que nadie se atreva a buscar nuestro tesoro aquí dentro-. Y con una acertada voz de pirata tía Moli le dijo a su pequeña corsario: “volvamos al barco antes que la tripulación leve las anclas”-.

Aquella noche le costó quedarse dormida a Angi, estaba en la cama con la ventana abierta contemplando aquel cielo, aquella estrella, el lucero del Alba parecía estar mirándola fijamente, no podía dejar de pensar en el mago y en las palabras de tía Moli Se planteaba con cierta lógica todo lo sucedido, hablar con tía Moli sin duda había sido una buena idea, liberarse de su secreto. Pero tras la confidencia se habían abierto muchos interrogantes, uno tras de otro, como si se tratase de una fila ordenada de hormigas al lado del sendero, ¿habría conocido el mago a su madre?, ¿Volvería a verlo?, ¿Estarían destinados a conocerse?, ¿Ocultaría algún secreto aquel hombre misterioso?.
Al final el sueño pesaba en aquellas pestañas rubias haciendo que sus parpados se cerraran lentamente hasta conciliar el sueño, pero antes de entregarse a los brazos de Morfeo, un murmullo entre sus labios: “mañana será otro día” mientras en su mente la idea de buscar respuestas a todos aquellos interrogantes parecían alejarse como el eco de su voz en la montaña.

Continuará...


Relato escrito por:
Ángeles Calvo Sánchez-Cid
http://arquerazen.blogspot.com
Tomás Cortijo Pérez
http://tomascortijo.blogspot.com
(1 de abril de 2020)