sábado, 14 de noviembre de 2020

CAFETERÍA LA VIEJA COLOMBIA

 Imagen bajada de la red


Terminaba de llegar a la cafetería La vieja Colombia, una vez dentro se detuvo a pocos metros de la puerta giratoria, aquellos tonos rojizos de la madera hacían resaltar los dibujos tallados en sus cristales, se trataba de algunos de los lugares más populares de Colombia. La Candelaria de Bogotá, la Plaza central de Villa de Leyva, el Cafetero... Eran algunos de los lugares que decoraban los cristales de la puerta, marcando así la propia identidad de la cafetería.

Echó un vistazo observando con atención cada rincón del local, buscaba el lugar adecuado donde sentarse. Normalmente tomaba su café en la barra, pero para esta ocasión se requería algo más de tranquilidad e intimidad.
En poco rato la cafetería no tardaría mucho en llenarse, así que se decidió por una de las mesas que se encontraba en la parte acristalada de la cafetería que daba a la calle. El contemplar las luces callejeras y el ir y venir de los viandantes le otorgaban un toque romántico, o más bien nostálgico.
Si querías quedar con alguien, la calle Bohemia era el lugar indicado, donde encontrar todo tipo de locales variopintos, era un buen punto de encuentro. Su suelo empedrado con pequeños adoquines era lugar de paseo, de reencuentros y también de despedidas.

Allí sentado frente al ventanal sus ojos parecían acompañar el ir y venir de los transeúntes, sus pupilas se movían al ritmo de aquellos pasos insonoros por la música de ambiente que sonaba en interior del local .
Empezó a recordar las letras de aquella carta que había escrito tiempo atrás, letras que ahora se podrían leer en voz alta sin ningún tipo de temor, aquella carta tenía una misión importante, pues sus letras estaban vestidas de sentimientos que volaban a la espera de llegar a buen puerto, que no era otro que el de su pecho.

Todo había comenzado con una pequeña fotografía que aguardaba escondida entre las páginas de aquella novela que había pedido en préstamo en la biblioteca del centro de la ciudad.
Entre sus dedos sostenía aquella fotografía en tonos sepia. Que caprichoso el destino al hacer que esa fotografía aguardase silenciosa, escondida entre las páginas, esperando a ser descubierta por algún entusiasta de la lectura. Recordó como había elegido la novela, la ilustración de su portada le llamó gratamente la atención y sosteniéndola entre sus manos, se dijo para sus adentros: -¡porqué no!-, haciendo caso omiso a la lista de recomendaciones que siempre se encontraba en el luminoso, justo detrás de la mesa de la bibliotecaria. Las posibilidades eran tan remotas, ese pensamiento hacia crecer en él una extraña curiosidad por saber quien se escondería detrás de aquel rostro.

Lo primero que vino a su mente fue preguntar a la bibliotecaria por el hallazgo, pero su mente ágil y perspicaz le avisó de que se le exigiría devolver aquella fotografía, y así de este modo perdería toda oportunidad de poder devolverla en persona.
En las siguientes semanas como su empeño no cesaba, empleó algunas tardes para pasarse por la biblioteca y de manera muy discreta poder preguntar a las personas que allí sentadas se encontraban leyendo en un absoluto silencio. saber si conocían a la chica de la fotografía, si por casualidad reconocían aquel rostro. No perdía la esperanza de poder averiguar alguna información que le ayudara a cerrar la búsqueda.
Pero hasta el momento no había tenido mucha suerte, se preguntaba si quizás aquella fotografía no la habría olvidado su propietaria entre las páginas de aquella novela, quizás esa fotografía había sido un presente para alguien especial.

Aquella tarde se paró frente a la máquina de refrescos para tomarse un café calentito antes de salir a la calle, el aire de otoño empezaba a refrescar a última hora del día.
Dudó unos segundos si seleccionar un capuchino o un café descafeinado, pues ya era algo tarde para una dosis de cafeína.
Al final su dedo presionó el botón de café capuchino y mientras contemplaba el proceso de aquella máquina expendedora, como aquel fino hilo de café cumplía la misión de ir llenando poco a poco aquel vaso de plástico, envuelto por un dulce aroma de cacao, al tiempo que la espuma se hacía visible, una voz masculina le sacó de su pequeño ensimismamiento.
-¿Es usted quien pregunta por Daniela?-
-Perdón... ¿Cómo dice?- Samuel pareció no entender muy bien la pregunta.
-¡Que si es usted la persona que busca a la chica de la fotografía!-
-¡La conoce!- sus palabras sonaron en voz alta, y eso hizo que el silencio de aquel pequeño hall se rompiera.
-Podría mostrarme la fotografía-, preguntó aquel joven.
Sacando del bolsillo de su chaqueta la fotografía, alargó su brazo ofreciendo el retrato a aquel desconocido.
-Si, se trata de Daniela-
-¡Daniela... así se llama!, ¿la conoce usted?- Samuel parecía empezar a ver un poco de luz.
-Si, la conozco!-
-¿Quiere un café?- Samuel le ofreció tomarse un café, con el fin de poder conversar y averiguar que es lo que podía contarle sobre Daniela, desde ese momento aquel rostro ya tenía nombre, ¡Daniela!... que bonito nombre, ese pensamiento cruzó fugaz por su mente mientras sacaba unas monedas del bolsillo de su pantalón.
-Para mi doble de cafeína, esta noche me toca trabajar-.

El extraño observaba con atención los movimientos de Samuel, seguramente por su mente se pasarían ciertas preguntas de porqué un extraño iba mostrando la fotografía de su amiga.
Con el vaso en su mano de cafeína extra tomó el turno de preguntas.
-¡Que quiere saber de Daniela!, ¿Porqué la busca?-, desde luego que no se andaba por las ramas, fue muy directo.
Samuel entorno los ojos hacia arriba, queriendo ordenar sus ideas y poder expresarse de la mejor de las maneras.
-Lo primero es presentarme, soy Samuel- y en un gesto de saludo acercó su mano para estrecharla con la mano de aquel desconocido.
-Vera, hace unas semanas saqué una novela en esta misma biblioteca, al llegar a casa quedó abandonada durante unos días en uno de los estantes del salón, pero llegado el fin de semana empecé con la tarea de su lectura, cual fue mi sorpresa que en el noveno capítulo encontré una fotografía, que según Ud. se trata de Daniela, al estar en mi poder, sentí la obligación de devolverla personalmente a su dueña... Y he aquí este encuentro y sobre todo mi curiosidad-.

El desconocido era un joven algo corpulento, de unos treinta y pocos años, su pelo era negro brillante y andaba vestido con ropa informal, aunque su porte le hacía aparentar ser una persona pulcra y con cierto atractivo.
-Espero con toda seguridad que no se trate de un loco a la busca de la fotografía perdida- esa fue la primera reacción que se le pasó por la cabeza al escuchar la versión de Samuel.
Esas palabras le causaron a Samuel una mala sensación, se clavaron en su rostro como una bofetada inesperada, nunca se había visto de ese modo, ¡que había de malo en querer devolver la fotografía!.
Después de un incomodo silencio, y ambos mirándose mutuamente a la cara, el desconocido acercó su mano para presentarse.
-¡Soy Luis!- amigo de la familia de Daniela.
Samuel algo perplejo ante la teoría de poder ser un pobre loco, sin mediar palabra sacó del bolsillo interno de su chaqueta una cartera de piel marrón, la abrió con un gesto sereno, y sacó una pequeña tarjeta de presentación, de la cual se podía leer: Samuel Fernández Soto, así como el cargo que ostentaba en la empresa de marketing para la que trabajaba, dirección teléfono, etc.
-Aquí tiene mi tarjeta de presentación, en ella encontrará los datos suficientes como para asegurarse de que no soy ningún loco chiflado. Puede llamar a partir de las 8:30 de la mañana y preguntar lo que desee de mi-
Sosteniendo aquella tarjeta entre sus dedos Luis leyó de reojo aquellos datos. -Está bien, en un acto de fe le tomaré por una buena persona que tan solo se encuentra fascinado por saber quien es Daniela-
-¡Dígame exactamente que quiere que le cuente!- parecía que Luis estaba dispuesto a ayudarle.
Dando un largo sorbo a su capuchino, Samuel le preguntó la posibilidad de hablar en persona con Daniela y poder zanjar el asunto de una vez por todas.
-Creo que lo más racional sería que yo personalmente le entregase la fotografía a Daniela, pero conociéndola también se que querrá darle las gracias personalmente. Así que como ando algo mal de tiempo con los turnos en la clínica, y no les puedo presentar esta semana, me quedaré con su tarjeta para que Daniela pueda ponerse en contacto con Ud.- y tirando su vaso de plástico al centro justo de la papelera, Luis se despidió y salió del hall en busca de la calle.
Samuel se quedó en el pequeño hall durante unos minutos pensando en la conversación, estaba contento por saber que al menos había encontrado a una persona que si conocía a la desconocida de la fotografía, pero por otro lado le albergaba una sensación de incertidumbre, pensaba que quizás la chica no querría contactar con él por una fotografía olvidada en una novela, eran posibilidades que se barajaban en su cabeza, como prever cuánto tiempo tardaría Daniela en ponerse en contacto con él.

Samuel se encontraba trabajando en un proyecto para impulsar las ventas de un nuevo cliente, se trataba de una empresa que había pasado por tres generaciones, había llegado el momento de mostrar una imagen más fresca e innovadora con el propósito de introducirse en nuevos mercados. Se encontraba totalmente sumergido en el proyecto, cuando el sonido del timbre del teléfono hicieron que levantara su cabeza del teclado del ordenador. -Si, diga- contestó con el auricular apoyado entre su hombro y su cabeza, eso le permitía contestar a la llamada y continuar trabajado.
-Samuel, hay una chica que quiere saber si puede verte un momento- La voz era de Sandra la recepcionista.
-¿Como que hay una chica que quiere verme?, hoy no tengo programada ninguna visita, ¡de quién se trata!-
-Dice que se llama Daniela, que sólo será un momento- Al oír aquellas palabras, el corazón de Samuel se aceleró de manera precipitada. Se quedó mudo por unos instantes, mientras Sandra le preguntaba que hacer.
-Sandra, por favor no dejes que se vaya, dila que espere unos segundos que salgo a recibirla- Samuel estaba intentando calmar su agitación, estaba tan concentrado en el nuevo proyecto que no se le había pasado por la cabeza la posibilidad de recibir aquella inesperada visita.
Se levantó algo nervioso, y realmente no llegaba a entender ese estado de ánimo, se colocó bien el cuello de la camisa, ajustando su corbata y aprovechó el reflejo del ventanal de su despacho para acicalarse un poco el pelo.
Daniela permanecía de pie en la sala de espera, miraba con atención los títulos que decoraban las paredes, algunos eran muy llamativos y se podían identificar empresas bastantes reconocidas en el momento actual.
-Vaya... incluso tienen algunos premios ganados- se decía para si mientras leía con atención aquellas distinciones.

Samuel la encontró de espaldas, de pie frente a una de las paredes de la recepción, su pelo era diferente al de la fotografía o al menos desde esa perspectiva lo veía diferente, quizás se debía a que la fotografía estaba tomada en colores sepia, y ahora su pelo con la luz del día se mostraba con más cuerpo, más vida.
-¡Hola!.. ¿Daniela?- Samuel la hizo saber de su llegada.
Daniela volteó la cabeza al escuchar su nombre y al encontrarse con Samuel se puso frente a él, al quedar frente a frente por unos segundos se hizo un silencio, los justos y necesarios para contemplarse el uno al otro. Un primer vistazo, la primera vez en verse, para Samuel ya no era solo el rostro en una fotografía y supongo que para Daniela era conocer a un desconocido.
-Hola, soy Samuel- estirando su brazo al tiempo que daba un par de zancadas Samuel le acercó su mano para romper aquel silencio y entrar en las presentaciones.
-Hola, soy Daniela, mucho gusto- Daniela estrechó la mano de Samuel que notó como éste sostenía su mano con algo de fuerza.
Los dos sin saber muy bien porque soltaron una pequeña sonrisa, que se asemejó más a un suspiro, esa fue una buena manera de romper la incertidumbre del momento.
-¡No me puedo creer que estés aquí en persona!, ¿puedo tutearte?- preguntó Samuel a Daniela al tiempo que sentía como su pecho se hacía grande por una agradable sensación que le inundaba.
-¡Claro que si!- respondió al momento Daniela observando que Sandra la recepcionista no les quitaba el ojo de encima.
-¿Te apetece un café y así hablamos con algo de tranquilidad?- propuso Samuel cogiendo con delicadeza el brazo de Daniela para sacarla de la recepción.
-¡Claro, aunque no dispongo de mucho tiempo, en poco más de media hora tengo una entrevista importante- aclaró Daniela.
-Tiempo suficiente para tomarnos un café en el Magnific- y de este modo ambos se dispusieron a dejar la recepción, pero no sin antes Samuel hacerle saber a Sandra que estaría fuera de la oficina durante media hora.
Samuel en todo momento se mostró muy amable con Daniela, quería causarle una buena impresión y mostrar su lado más “caballero”, se adelantó a presionar el botón del ascensor y una vez que las puertas se abrieron ante ellos, la hizo entrar en un gesto con su brazo. La oficina de Samuel se encontraba en la séptima planta y mientras el ascensor descendencia a la planta baja Samuel inspiraba de manera discreta el perfume de Daniela que inundaba el pequeño espacio.
-¿Magnific?, ¡has dicho que vamos ahí!- quiso saber Daniela por entablar una conversación.
-¡SI!, se trata de un café italiano, bueno no es que sea un café italiano, el italiano es el dueño, pero su café es muy bueno- le explicó Samuel a Daniela mientras observaba cada rasgo de su cara.

Fuera del edificio Samuel le mostró el camino hasta llegar a las puertas del Magnific, era un bar de barra larga y algo estrecho en su interior, tenia poca luz, pero los farolillos que colgaban del tejadillo de madera le otorgaban un toque acogedor, claramente era un lugar de barra.
Samuel echó un vistazo al interior del bar y decidió que sentarse al final de la barra sería un buen sitio, tranquilo y alejado de la puerta principal. Después de que Samuel le retirase el taburete a Daniela, ambos se sentaron y en un cruce de miradas se regalaron de nuevo una sonrisa.

Según se acercaba el camarero por el interior de la barra, Samuel le aconsejó a Daniela tomar un tipo de café en concreto. Le documentó todas y cada una de las razones por las que debía pedirse ese café, Daniela le escuchaba con atención al tiempo que encontraba algo gracioso en el rostro de Samuel, en cada una de sus explicaciones y no pudo por menos que hacer aquel comentario.
-¡Desde luego que tienes que ser muy bueno en tu trabajo!- esas palabras hicieron que Samuel se callara al momento.
Clavando sus ojos en aquella sonrisa observaba esos labios también perfilados y pintados en un rosa malva.-¿Que quieres decir?- preguntó Samuel algo intrigado por el comentario de Daniela.
-Pues es muy sencillo, que si pones el mismo empeño en tus campañas de marketing, seguro que te metes a los clientes en el bolsillo- Daniela no podía dejar de sonreír, había algo en Samuel que la producía ese efecto.
Samuel en una carcajada echó su cuerpo para atrás, y al tiempo que el camarero se paró delante de ellos, con su dedo índice hizo un gesto para pedir 2 Bravos.
-Un café Bravo para la sonrisa más bonita del local- de manera inconsciente Samuel soltó aquellas palabras.
-Vaya, además de ingenioso, tenemos a un hombre romántico- y mirando fijamente a los ojos de Samuel dijo: -¡Me gusta!-.

La media hora se convirtió en cincuenta minutos, la conversación era amena, de vez en cuando el sonido de sus carcajadas rompiendo el murmullo de las voces del local, les hacia saber que no eran los únicos que se encontraban en el Magnific, pero por alguna razón misteriosa del destino, dos extraños en la barra de un bar habían conectado de una manera casi mágica. Es ese tipo de situaciones en la que dos personas que terminan de conocerse tienen la sensación de saber mucho más el uno del otro, es como si aquellos cincuenta minutos tuvieran la misma fuerza e integridad que otorga una amistad consolidada por el paso del tiempo.
Samuel acompañó a Daniela y la ayudó a parar un taxi, ya iba algo justa de tiempo para llegar a su entrevista, por el tono de voz y la seriedad de sus palabras, se trataba de algo importante, pues el desenlace de aquella reunión daría esperanza de vida a muchas personas, eso es lo que Daniela le dijo a Samuel al tiempo que cerraba la puerta del taxi.

Samuel con un gesto se despidió levantando la palma de su mano, viendo como aquel taxi se alejaba por uno de los carriles de la Gran Avenida, ya no podía distinguir la silueta de Daniela sentada en el asiento de atrás.
Se quedó de pie inmóvil al pie de la acera pensando, queriendo guardar muy dentro de su ser aquel tiempo que había pasado con Daniela, para no dejarlo escapar y así poder recrear a su antojo y necesidad cada momento vivido con la protagonista de aquella fotografía que aguardaba a ser rescatada del interior de una novela.
Con paso lento se dirigió hacia el edificio donde se encontraban las oficinas de la empresa para la que trabajaba, como queriendo frenar la realidad de volver y centrarse de nuevo en el trabajo. Sentía en el pecho una sensación de plenitud y de cosquilleo, era una sensación agradable, pero sobre todo de satisfacción por haber conocido personalmente a Daniela.

Habían pasado cinco semanas desde aquella inesperada visita a la oficina de Samuel, el café Bravo que tomaron en la cafetería Magnific había sido el pistoletazo de salida para unas ganas enormes de querer conocerse mejor, de pasar tiempo juntos, ello les conduciría a los largos paseos por uno de los parques de la ciudad conocido coloquialmente por sus asiduos como el Parque de los Álamos Caídos. A media tarde era la hora perfecta para quedar, aprovechando los últimos rayos de luz, antes de que la belleza del paraje se fuera apagando con la llegada de la noche.

De aquellos paseos a Samuel especialmente le gustaba que Daniela en algunas ocasiones se acercase a él para agarrarse a su brazo y como una niña pequeña verla juguetear con su pie, cuando a su paso se encontraban con pequeños remolinos de hojas que el aire caprichoso empujaba a su antojo de un lado a otro del camino. Discutían sobre aquel reto que ambos habían aceptado y que había empezado como una especie de broma, y en esas pequeñas discusiones era cuando Daniela ponía al descubierto su carácter competitivo y muy a menudo impulsivo, era una mujer decidida y quería ganar, quería que Samuel aceptara que gracias a ella se había tomado el mejor café que podía servirse en la ciudad. Eso no implicaba que Samuel se diera por vencido y en cada nueva cafetería, en cada pequeño bar que la llevaba intentaba sorprenderla con un buen café, con un ambiente especial, o al menos diferente a lo común, a lo conocido.
Desde luego que era un reto maravilloso, estar al lado de una mujer extraordinaria. Los días caían al mismo compás que los árboles se despojaban de sus hojas secas y marrones, ya cansadas de vida y de verdor.

A finales de noviembre, en una de sus tardes de paseo, sentados en uno de los bancos del parque, Daniela le contó a Samuel sus planes de viaje, estaba emocionada las palabras fluían una tras otra, como si se tratara de una gran cascada de agua incesante. Sabía que aquel viaje la llenaría de una gran satisfacción personal, llevaba más de año y medio detrás del proyecto, habían sido muchos días de llamar a muchas puertas, de largas exposiciones, de números, de estadísticas, en definitiva de esperanza de vida para muchos niños.
Daniela colaboraba estrechamente con una ONG, su trabajo en el laboratorio farmacéutico la quedaba formalmente correcto, pero ella quería más, además de supervisar el proyecto, quería viajar al país, conocer las necesidades de esos niños desfavorecidos, quería colgar la bata en el vestuario y poner esas vacunas personalmente.
Ese torrente de información soltada a bocajarro bloqueaba la mente de Samuel que solo podía pensar en su partida, en una semanas Daniela estaría muy lejos de aquel parque, las emociones se acumulaban en su pecho y su mente quería parar el tiempo, parar aquel momento.
-¿Como que te vas?, ¡pero por cuánto tiempo!- Samuel quería saber, necesitaba saber, el cómo, el por qué, el cuando, como podía ser que esa cascada de palabras pudiera alegar a esa persona tan maravillosa de su vida.
-Pues seguramente que se cierre el vuelo para unos días antes de las fiestas de navidad, a finales de semana nos llegará la confirmación de la agencia de viajes- Daniela le daba detalles a Samuel quien recibía aquella noticia con gran sorpresa.
-¡Que te pasa Samuel!, ¿es que no te alegras por mi?- Daniela se percató en seguida que aquella emoción, no era una emoción compartida.
-¡Si, claro!, es una noticia muy buena y es algo increíble tu trabajo en la ONG, pero...  
-¡Pero qué!- Daniela interrumpió a Samuel, su tono había pasado de emoción a enfado.
-¡Nada!... es que sinceramente me ha sorprendido, no esperaba tener esta tarde una conversación de este tipo, pero sin duda es algo muy bueno para ti y sobre todo admirable-. Samuel intentó mostrar una actitud más amigable.
-¿Sabes una cosa Daniela?- levantándose del banco Samuel le lanzó aquella pregunta.
-¡Dime!- respondió al momento Daniela que le contemplaba aún sentada en el banco.
-Me había imaginado una navidad diferente, una navidad compartiendo momentos contigo, pero está claro que la navidad va a ser muy diferente a la que yo me había imaginado.-
-¡Sabes qué!- le replicó Daniela al tiempo que se levantaba del banco y agarrándose a su brazo continuó: -Este año tendremos que adelantar la navidad-.
Y caminando hacía la puerta principal del parque sus siluetas se desdibujaron con la luz amarillenta de las farolas que quedaban detrás de ellos.

Samuel le había entregado en el aeropuerto un pequeño paquete envuelto en papel de regalo, le hizo saber que era su regalo de navidad.
-No abras el paquete hasta que no estés dentro del avión, hasta que no estés sentada y el avión haya despegado del suelo-. Y dando un fuerte abrazo a Daniela se alejó de la sala de embarque, no quiso voltear su cabeza para contemplarla una ultima vez, era demasiado doloroso aquel peso que crecía y sentía en su pecho.
Una vez acomodada en su asiento, Daniela observó por la ventanilla, todo a su vista quedaba pequeño y diminuto. En un suspiro largo y profundo tomó el paquete que reposaba encima de sus piernas, con cuidado quitó el lazo de seda de color rojo y leyó la inscripción que ponía en la etiqueta: “Deseo que te guste” y recordando en ese momento el rostro de Samuel en su rostro se dibujó una sonrisa.
Al desenvolver el paquete descubrió que se trataba de la misma novela en la que Samuel encontró su fotografía, pero en esta ocasión al levantar la tapa dura de aquella novela lo que aguardaba entre sus página era una carta, en el sobre se podía leer: “Cafetería La Vieja Colombia”.


Ángeles Calvo Sánchez-Cid
(13 de noviembre de 2020)

9 comentarios:

  1. Me encanta la trama, el ambiente, los personajes. Por favor que sea solo el principio.

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  2. La verdad es que había hecho un comentario largo largo y luego no se que ha pasado que se ha ido todo al garete, creo que haya sido mejor así, pues era un poco crítico en él. Espero que este amor en esta cafetería llege a buen término

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    1. ¡Querido lector... ¿acaso existe algo mejor que tomar un café en buena compañía?.

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  3. Es un relato de nostalgia de un café de un reencuentro con los amigos que tanta falta nos hace. Es la esencia de una buena escritora que nos hace cerrar los ojos y llevarnos a ese lugar.

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  4. ¡Muchas gracia por leerme y por tus palabras!

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  5. Me encanta ,como escribes es precioso

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