Terminaba de
llegar a la cafetería La vieja Colombia, una vez dentro se detuvo a
pocos metros de la puerta giratoria, aquellos tonos rojizos de la
madera hacían resaltar los dibujos tallados en sus cristales, se
trataba de algunos de los lugares más populares de Colombia. La
Candelaria de Bogotá, la Plaza central de Villa de Leyva, el
Cafetero... Eran algunos de los lugares que decoraban los cristales
de la puerta, marcando así la propia identidad de la cafetería.
Echó un
vistazo observando con atención cada rincón del local, buscaba el
lugar adecuado donde sentarse. Normalmente tomaba su café en la
barra, pero para esta ocasión se requería algo más de tranquilidad
e intimidad.
En poco rato
la cafetería no tardaría mucho en llenarse, así que se decidió
por una de las mesas que se encontraba en la parte acristalada de la
cafetería que daba a la calle. El contemplar las luces callejeras y
el ir y venir de los viandantes le otorgaban un toque romántico, o
más bien nostálgico.
Si
querías quedar con alguien, la calle Bohemia era el lugar indicado,
donde encontrar todo tipo de locales variopintos, era un buen punto
de encuentro. Su suelo empedrado con pequeños adoquines era lugar de
paseo, de reencuentros
y también de despedidas.
Allí sentado
frente al ventanal sus ojos parecían acompañar el ir y venir de los
transeúntes, sus pupilas se movían al ritmo de aquellos pasos
insonoros por la música de ambiente que sonaba en interior del local
.
Empezó a
recordar las letras de aquella carta que había escrito tiempo atrás,
letras que ahora se podrían leer en voz alta sin ningún tipo de
temor, aquella carta tenía una misión importante, pues sus letras
estaban vestidas de sentimientos que volaban a la espera de llegar a
buen puerto, que no era otro que el de su pecho.
Todo había
comenzado con una pequeña fotografía que aguardaba escondida entre
las páginas de aquella novela que había pedido en préstamo en la
biblioteca del centro de la ciudad.
Entre sus
dedos sostenía aquella fotografía en tonos sepia. Que caprichoso el
destino al hacer que esa fotografía aguardase silenciosa, escondida
entre las páginas, esperando a ser descubierta por algún entusiasta
de la lectura. Recordó como había elegido la novela, la ilustración
de su portada le llamó gratamente la atención y sosteniéndola
entre sus manos, se dijo para sus adentros: -¡porqué no!-, haciendo
caso omiso a la lista de recomendaciones que siempre se encontraba en
el luminoso, justo detrás de la mesa de la bibliotecaria. Las
posibilidades eran tan remotas, ese pensamiento hacia crecer en él
una extraña curiosidad por saber quien se escondería detrás de
aquel rostro.
Lo primero
que vino a su mente fue preguntar a la bibliotecaria por el hallazgo,
pero su mente ágil y perspicaz le avisó de que se le exigiría
devolver aquella fotografía, y así de este modo perdería toda
oportunidad de poder devolverla en persona.
En las
siguientes semanas como su empeño no cesaba, empleó algunas tardes
para pasarse por la biblioteca y de manera muy discreta poder
preguntar a las personas que allí sentadas se encontraban leyendo en
un absoluto silencio. saber si conocían a la chica de la
fotografía, si por casualidad reconocían aquel rostro. No perdía
la esperanza de poder averiguar alguna información que le ayudara a
cerrar la búsqueda.
Pero hasta el
momento no había tenido mucha suerte, se preguntaba si quizás
aquella fotografía no la habría olvidado su propietaria entre las
páginas de aquella novela, quizás esa fotografía había sido un
presente para alguien especial.
Aquella tarde
se paró frente a la máquina de refrescos para tomarse un café
calentito antes de salir a la calle, el aire de otoño empezaba a
refrescar a última hora del día.
Dudó unos
segundos si seleccionar un capuchino o un café descafeinado, pues
ya era algo tarde para una dosis de cafeína.
Al final su
dedo presionó el botón de café capuchino y mientras contemplaba
el proceso de aquella máquina expendedora, como aquel fino hilo de
café cumplía la misión de ir llenando poco a poco aquel vaso de
plástico, envuelto por un dulce aroma de cacao, al tiempo que la
espuma se hacía visible, una voz masculina le sacó de su pequeño
ensimismamiento.
-¿Es usted
quien pregunta por Daniela?-
-Perdón... ¿Cómo dice?- Samuel pareció no entender muy bien la pregunta.
-¡Que si es
usted la persona que busca a la chica de la fotografía!-
-¡La
conoce!- sus palabras sonaron en voz alta, y eso hizo que el silencio
de aquel pequeño hall se rompiera.
-Podría
mostrarme la fotografía-, preguntó aquel joven.
Sacando del
bolsillo de su chaqueta la fotografía, alargó su brazo ofreciendo
el retrato a aquel desconocido.
-Si, se trata
de Daniela-
-¡Daniela...
así se llama!, ¿la conoce usted?- Samuel parecía empezar a ver un
poco de luz.
-Si, la
conozco!-
-¿Quiere un
café?- Samuel le ofreció tomarse un café, con el fin de poder
conversar y averiguar que es lo que podía contarle sobre Daniela,
desde ese momento aquel rostro ya tenía nombre, ¡Daniela!... que
bonito nombre, ese pensamiento cruzó fugaz por su mente mientras
sacaba unas monedas del bolsillo de su pantalón.
-Para mi
doble de cafeína, esta noche me toca trabajar-.
El extraño
observaba con atención los movimientos de Samuel, seguramente por su
mente se pasarían ciertas preguntas de porqué un extraño iba
mostrando la fotografía de su amiga.
Con el vaso
en su mano de cafeína extra tomó el turno de preguntas.
-¡Que quiere
saber de Daniela!, ¿Porqué la busca?-, desde luego que no se andaba
por las ramas, fue muy directo.
Samuel
entorno los ojos hacia arriba, queriendo ordenar sus ideas y poder
expresarse de la mejor de las maneras.
-Lo primero
es presentarme, soy Samuel- y en un gesto de saludo acercó su mano
para estrecharla con la mano de aquel desconocido.
-Vera, hace
unas semanas saqué una novela en esta misma biblioteca, al llegar a
casa quedó abandonada durante unos días en uno de los estantes del
salón, pero llegado el fin de semana empecé con la tarea de su
lectura, cual fue mi sorpresa que en el noveno capítulo encontré
una fotografía, que según Ud. se trata de Daniela, al estar en mi
poder, sentí la obligación de devolverla personalmente a su
dueña... Y he aquí este encuentro y sobre todo mi curiosidad-.
El
desconocido era un joven algo corpulento, de unos treinta y pocos
años, su pelo era negro brillante y andaba vestido con ropa
informal, aunque su porte le hacía aparentar ser una persona pulcra
y con cierto atractivo.
-Espero con
toda seguridad que no se trate de un loco a la busca de la fotografía
perdida- esa fue la primera reacción que se le pasó por la cabeza
al escuchar la versión de Samuel.
Esas palabras
le causaron a Samuel una mala sensación, se clavaron en su rostro
como una bofetada inesperada, nunca se había visto de ese modo, ¡que
había de malo en querer devolver la fotografía!.
Después de
un incomodo silencio, y ambos mirándose mutuamente a la cara, el
desconocido acercó su mano para presentarse.
-¡Soy Luis!-
amigo de la familia de Daniela.
Samuel algo
perplejo ante la teoría de poder ser un pobre loco, sin mediar
palabra sacó del bolsillo interno de su chaqueta una cartera de piel
marrón, la abrió con un gesto sereno, y sacó una pequeña tarjeta
de presentación, de la cual se podía leer: Samuel Fernández Soto,
así como el cargo que ostentaba en la empresa de marketing para la
que trabajaba, dirección teléfono, etc.
-Aquí tiene
mi tarjeta de presentación, en ella encontrará los datos
suficientes como para asegurarse de que no soy ningún loco chiflado.
Puede llamar a partir de las 8:30 de la mañana y preguntar lo que
desee de mi-
Sosteniendo
aquella tarjeta entre sus dedos Luis leyó de reojo aquellos datos.
-Está bien, en un acto de fe le tomaré por una buena persona que
tan solo se encuentra fascinado por saber quien es Daniela-
-¡Dígame
exactamente que quiere que le cuente!- parecía que Luis estaba
dispuesto a ayudarle.
Dando un
largo sorbo a su capuchino, Samuel le preguntó la posibilidad de
hablar en persona con Daniela y poder zanjar el asunto de una vez por
todas.
-Creo que lo
más racional sería que yo personalmente le entregase la fotografía
a Daniela, pero conociéndola también se que querrá darle las
gracias personalmente. Así que como ando algo mal de tiempo con los
turnos en la clínica, y no les puedo presentar esta semana, me
quedaré con su tarjeta para que Daniela pueda ponerse en contacto
con Ud.- y tirando su vaso de plástico al centro justo de la
papelera, Luis se despidió y salió del hall en busca de la calle.
Samuel se
quedó en el pequeño hall durante unos minutos pensando en la
conversación, estaba contento por saber que al menos había
encontrado a una persona que si conocía a la desconocida de la
fotografía, pero por otro lado le albergaba una sensación de
incertidumbre, pensaba que quizás la chica no querría contactar con
él por una fotografía olvidada en una novela, eran posibilidades
que se barajaban en su cabeza, como prever cuánto tiempo tardaría
Daniela en ponerse en contacto con él.
Samuel se encontraba trabajando en
un proyecto para impulsar las ventas de un nuevo cliente, se trataba
de una empresa que había pasado por tres generaciones, había
llegado el momento de mostrar una imagen más fresca e innovadora con
el propósito de introducirse en nuevos mercados. Se encontraba
totalmente sumergido en el proyecto, cuando el sonido del timbre del
teléfono hicieron que levantara su cabeza del teclado del ordenador.
-Si, diga- contestó con el auricular apoyado entre su hombro y su
cabeza, eso le permitía contestar a la llamada y continuar
trabajado.
-Samuel, hay una chica que quiere
saber si puede verte un momento- La voz era de Sandra la
recepcionista.
-¿Como que hay una chica que
quiere verme?, hoy no tengo programada ninguna visita, ¡de quién se
trata!-
-Dice que se llama Daniela, que
sólo será un momento- Al oír aquellas palabras, el corazón de
Samuel se aceleró de manera precipitada. Se quedó mudo por unos
instantes, mientras Sandra le preguntaba que hacer.
-Sandra, por favor no dejes que se
vaya, dila que espere unos segundos que salgo a recibirla- Samuel
estaba intentando calmar su agitación, estaba tan concentrado en el
nuevo proyecto que no se le había pasado por la cabeza la
posibilidad de recibir aquella inesperada visita.
Se levantó algo nervioso, y
realmente no llegaba a entender ese estado de ánimo, se colocó bien
el cuello de la camisa, ajustando su corbata y aprovechó el reflejo
del ventanal de su despacho para acicalarse un poco el pelo.
Daniela permanecía de pie en la
sala de espera, miraba con atención los títulos que decoraban las
paredes, algunos eran muy llamativos y se podían identificar
empresas bastantes reconocidas en el momento actual.
-Vaya... incluso tienen algunos
premios ganados- se decía para si mientras leía con atención
aquellas distinciones.
Samuel la encontró de espaldas, de
pie frente a una de las paredes de la recepción, su pelo era
diferente al de la fotografía o al menos desde esa perspectiva lo
veía diferente, quizás se debía a que la fotografía estaba tomada
en colores sepia, y ahora su pelo con la luz del día se mostraba con
más cuerpo, más vida.
-¡Hola!.. ¿Daniela?- Samuel la
hizo saber de su llegada.
Daniela volteó la cabeza al
escuchar su nombre y al encontrarse con Samuel se puso frente a él,
al quedar frente a frente por unos segundos se hizo un silencio, los
justos y necesarios para contemplarse el uno al otro. Un primer
vistazo, la primera vez en verse, para Samuel ya no era solo el
rostro en una fotografía y supongo que para Daniela era conocer a un
desconocido.
-Hola, soy Samuel- estirando su
brazo al tiempo que daba un par de zancadas Samuel le acercó su mano
para romper aquel silencio y entrar en las presentaciones.
-Hola, soy Daniela, mucho gusto-
Daniela estrechó la mano de Samuel que notó como éste sostenía su
mano con algo de fuerza.
Los dos sin saber muy bien porque
soltaron una pequeña sonrisa, que se asemejó más a un suspiro, esa
fue una buena manera de romper la incertidumbre del momento.
-¡No me puedo creer que estés
aquí en persona!, ¿puedo tutearte?- preguntó Samuel a Daniela al
tiempo que sentía como su pecho se hacía grande por una agradable
sensación que le inundaba.
-¡Claro que si!- respondió al
momento Daniela observando que Sandra la recepcionista no les quitaba
el ojo de encima.
-¿Te apetece un café y así
hablamos con algo de tranquilidad?- propuso Samuel cogiendo con
delicadeza el brazo de Daniela para sacarla de la recepción.
-¡Claro, aunque no dispongo de
mucho tiempo, en poco más de media hora tengo una entrevista
importante- aclaró Daniela.
-Tiempo suficiente para tomarnos un
café en el Magnific- y de este modo ambos se dispusieron a dejar la
recepción, pero no sin antes Samuel hacerle saber a Sandra que
estaría fuera de la oficina durante media hora.
Samuel en todo momento se mostró
muy amable con Daniela, quería causarle una buena impresión y
mostrar su lado más “caballero”, se adelantó a presionar el
botón del ascensor y una vez que las puertas se abrieron ante ellos,
la hizo entrar en un gesto con su brazo. La oficina de Samuel se
encontraba en la séptima planta y mientras el ascensor descendencia
a la planta baja Samuel inspiraba de manera discreta el perfume de
Daniela que inundaba el pequeño espacio.
-¿Magnific?, ¡has dicho que vamos
ahí!- quiso saber Daniela por entablar una conversación.
-¡SI!, se trata de un café
italiano, bueno no es que sea un café italiano, el italiano es el
dueño, pero su café es muy bueno- le explicó Samuel a Daniela
mientras observaba cada rasgo de su cara.
Fuera del edificio Samuel le mostró
el camino hasta llegar a las puertas del Magnific, era un bar de
barra larga y algo estrecho en su interior, tenia poca luz, pero los
farolillos que colgaban del tejadillo de madera le otorgaban un toque
acogedor, claramente era un lugar de barra.
Samuel echó un vistazo al interior
del bar y decidió que sentarse al final de la barra sería un buen
sitio, tranquilo y alejado de la puerta principal. Después de que
Samuel le retirase el taburete a Daniela, ambos se sentaron y en un
cruce de miradas se regalaron de nuevo una sonrisa.
Según se
acercaba el camarero por el interior de la barra, Samuel le aconsejó
a Daniela tomar un tipo de café en concreto. Le documentó todas y
cada una de las razones por las que debía pedirse ese café, Daniela
le escuchaba con atención al tiempo que encontraba algo gracioso en
el rostro de Samuel, en cada una de sus explicaciones y no pudo por
menos que hacer aquel comentario.
-¡Desde
luego que tienes que ser muy bueno en tu trabajo!- esas palabras
hicieron que Samuel se callara al momento.
Clavando sus
ojos en aquella sonrisa observaba esos labios también perfilados y
pintados en un rosa malva.-¿Que quieres decir?- preguntó Samuel
algo intrigado por el comentario de Daniela.
-Pues es muy
sencillo, que si pones el mismo empeño en tus campañas de
marketing, seguro que te metes a los clientes en el bolsillo- Daniela
no podía dejar de sonreír, había algo en Samuel que la producía
ese efecto.
Samuel en una
carcajada echó su cuerpo para atrás, y al tiempo que el camarero se
paró delante de ellos, con su dedo índice hizo un gesto para pedir 2
Bravos.
-Un café
Bravo para la sonrisa más bonita del local- de manera inconsciente
Samuel soltó aquellas palabras.
-Vaya, además
de ingenioso, tenemos a un hombre romántico- y mirando fijamente a
los ojos de Samuel dijo: -¡Me gusta!-.
La media hora
se convirtió en cincuenta minutos, la conversación era amena, de
vez en cuando el sonido de sus carcajadas rompiendo el murmullo de
las voces del local, les hacia saber que no eran los únicos que se
encontraban en el Magnific, pero por alguna razón misteriosa del
destino, dos extraños en la barra de un bar habían conectado de una
manera casi mágica. Es ese tipo de situaciones en la que dos
personas que terminan de conocerse tienen la sensación de saber
mucho más el uno del otro, es como si aquellos cincuenta minutos
tuvieran la misma fuerza e integridad que otorga una amistad
consolidada por el paso del tiempo.
Samuel
acompañó a Daniela y la ayudó a parar un taxi, ya iba algo justa
de tiempo para llegar a su entrevista, por el tono de voz y la
seriedad de sus palabras, se trataba de algo importante, pues el
desenlace de aquella reunión daría esperanza de vida a muchas
personas, eso es lo que Daniela le dijo a Samuel al tiempo que
cerraba la puerta del taxi.
Samuel con un
gesto se despidió levantando la palma de su mano, viendo como aquel
taxi se alejaba por uno de los carriles de la Gran Avenida, ya no
podía distinguir la silueta de Daniela sentada en el asiento de
atrás.
Se quedó de
pie inmóvil al pie de la acera pensando, queriendo guardar muy
dentro de su ser aquel tiempo que había pasado con Daniela, para no
dejarlo escapar y así poder recrear a su antojo y necesidad cada
momento vivido con la protagonista de aquella fotografía que
aguardaba a ser rescatada del interior de una novela.
Con paso
lento se dirigió hacia el edificio donde se encontraban las oficinas
de la empresa para la que trabajaba, como queriendo frenar la
realidad de volver y centrarse de nuevo en el trabajo. Sentía en el
pecho una sensación de plenitud y de cosquilleo, era una sensación
agradable, pero sobre todo de satisfacción por haber conocido
personalmente a Daniela.
Habían
pasado cinco semanas desde aquella inesperada visita a la oficina de
Samuel, el café Bravo que tomaron en la cafetería Magnific había
sido el pistoletazo de salida para unas ganas enormes de querer
conocerse mejor, de pasar tiempo juntos, ello les conduciría a los
largos paseos por uno de los parques de la ciudad conocido
coloquialmente por sus asiduos como el Parque de los Álamos Caídos.
A media tarde era la hora perfecta para quedar, aprovechando los
últimos rayos de luz, antes de que la belleza del paraje se fuera
apagando con la llegada de la noche.
De aquellos
paseos a Samuel especialmente le gustaba que Daniela en algunas
ocasiones se acercase a él para agarrarse a su brazo y como una niña
pequeña verla juguetear con su pie, cuando a su paso se encontraban
con pequeños remolinos de hojas que el aire caprichoso empujaba a su
antojo de un lado a otro del camino. Discutían sobre aquel reto que
ambos habían aceptado y que había empezado como una especie de
broma, y en esas pequeñas discusiones era cuando Daniela ponía al
descubierto su carácter competitivo y muy a menudo impulsivo, era
una mujer decidida y quería ganar, quería que Samuel aceptara que
gracias a ella se había tomado el mejor café que podía servirse en
la ciudad. Eso no implicaba que Samuel se diera por vencido y en cada
nueva cafetería, en cada pequeño bar que la llevaba intentaba
sorprenderla con un buen café, con un ambiente especial, o al menos
diferente a lo común, a lo conocido.
Desde luego
que era un reto maravilloso, estar al lado de una mujer
extraordinaria. Los días caían al mismo compás que los árboles se
despojaban de sus hojas secas y marrones, ya cansadas de vida y de
verdor.
A finales de
noviembre, en una de sus tardes de paseo, sentados en uno de los
bancos del parque, Daniela le contó a Samuel sus planes de viaje,
estaba emocionada las palabras fluían una tras otra, como si se
tratara de una gran cascada de agua incesante. Sabía que aquel viaje
la llenaría de una gran satisfacción personal, llevaba más de año
y medio detrás del proyecto, habían sido muchos días de llamar a
muchas puertas, de largas exposiciones, de números, de estadísticas,
en definitiva de esperanza de vida para muchos niños.
Daniela
colaboraba estrechamente con una ONG, su trabajo en el laboratorio
farmacéutico la quedaba formalmente correcto, pero ella quería más,
además de supervisar el proyecto, quería viajar al país, conocer
las necesidades de esos niños desfavorecidos, quería colgar la bata
en el vestuario y poner esas vacunas personalmente.
Ese torrente
de información soltada a bocajarro bloqueaba la mente de Samuel que
solo podía pensar en su partida, en una semanas Daniela estaría muy
lejos de aquel parque, las emociones se acumulaban en su pecho y su
mente quería parar el tiempo, parar aquel momento.
-¿Como que
te vas?, ¡pero por cuánto tiempo!- Samuel quería saber, necesitaba
saber, el cómo, el por qué, el cuando, como podía ser que esa
cascada de palabras pudiera alegar a esa persona tan maravillosa de
su vida.
-Pues
seguramente que se cierre el vuelo para unos días antes de las
fiestas de navidad, a finales de semana nos llegará la confirmación
de la agencia de viajes- Daniela le daba detalles a Samuel quien
recibía aquella noticia con gran sorpresa.
-¡Que te
pasa Samuel!, ¿es que no te alegras por mi?- Daniela se percató en
seguida que aquella emoción, no era una emoción compartida.
-¡Si,
claro!, es una noticia muy buena y es algo increíble tu trabajo en
la ONG, pero...
-¡Pero qué!-
Daniela interrumpió a Samuel, su tono había pasado de emoción a
enfado.
-¡Nada!...
es que sinceramente me ha sorprendido, no esperaba tener esta tarde
una conversación de este tipo, pero sin duda es algo muy bueno para
ti y sobre todo admirable-. Samuel intentó mostrar una actitud más
amigable.
-¿Sabes una
cosa Daniela?- levantándose del banco Samuel le lanzó aquella
pregunta.
-¡Dime!-
respondió al momento Daniela que le contemplaba aún sentada en el
banco.
-Me había
imaginado una navidad diferente, una navidad compartiendo momentos
contigo, pero está claro que la navidad va a ser muy diferente a la
que yo me había imaginado.-
-¡Sabes
qué!- le replicó Daniela al tiempo que se levantaba del banco y
agarrándose a su brazo continuó: -Este año tendremos que adelantar
la navidad-.
Y caminando
hacía la puerta principal del parque sus siluetas se desdibujaron
con la luz amarillenta de las farolas que quedaban detrás de ellos.
Samuel le
había entregado en el aeropuerto un pequeño paquete envuelto en
papel de regalo, le hizo saber que era su regalo de navidad.
-No abras el
paquete hasta que no estés dentro del avión, hasta que no estés
sentada y el avión haya despegado del suelo-. Y dando un fuerte
abrazo a Daniela se alejó de la sala de embarque, no quiso voltear
su cabeza para contemplarla una ultima vez, era demasiado doloroso
aquel peso que crecía y sentía en su pecho.
Una vez
acomodada en su asiento, Daniela observó por la ventanilla, todo a
su vista quedaba pequeño y diminuto. En un suspiro largo y profundo
tomó el paquete que reposaba encima de sus piernas, con cuidado
quitó el lazo de seda de color rojo y leyó la inscripción que
ponía en la etiqueta: “Deseo que te guste” y recordando en ese
momento el rostro de Samuel en su rostro se dibujó una sonrisa.
Al
desenvolver el paquete descubrió que se trataba de la misma novela
en la que Samuel encontró su fotografía, pero en esta ocasión al
levantar la tapa dura de aquella novela lo que aguardaba entre sus
página era una carta, en el sobre se podía leer: “Cafetería La
Vieja Colombia”.
Ángeles
Calvo Sánchez-Cid
(13 de
noviembre de 2020)
Me encanta la trama, el ambiente, los personajes. Por favor que sea solo el principio.
ResponderEliminar¡Muchas gracias por tus palabras!.
EliminarMe gusta felicidades!!!
ResponderEliminar¡Gracias por leerme!
EliminarLa verdad es que había hecho un comentario largo largo y luego no se que ha pasado que se ha ido todo al garete, creo que haya sido mejor así, pues era un poco crítico en él. Espero que este amor en esta cafetería llege a buen término
ResponderEliminar¡Querido lector... ¿acaso existe algo mejor que tomar un café en buena compañía?.
EliminarEs un relato de nostalgia de un café de un reencuentro con los amigos que tanta falta nos hace. Es la esencia de una buena escritora que nos hace cerrar los ojos y llevarnos a ese lugar.
ResponderEliminar¡Muchas gracia por leerme y por tus palabras!
ResponderEliminarMe encanta ,como escribes es precioso
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