Cerré
la puerta tras de mi, aunque me quedé unos segundos inmóvil, sin
avanzar, como si el dar un paso más significara aceptar que todo
había acabado y eso en esos momentos era algo difícil de digerir. Sentía
la tristeza dentro de mi ser, las paredes parecían esperarme
inmóviles, silenciosas, todo parecía permanecer mudo, incluso el
propio silencio. De repente empecé a avanzar por la habitación, me
detuve en el mismo centro de la sala y me dije para mis adentros: ¿Y
ahora qué?
Podía
sentir dentro de mi mente ese sentimiento que arañaba mi cabeza, y
al mismo tiempo sentir en mi estómago el aleteo incesante de unas
mariposas que hacían todo lo posible por escapar de un pozo oscuro y
profundo. Quizás en ese momento yo era una de esas mariposas que no
lograba encontrar la luz, que no alcanzaba ver la salida.
De
camino a la habitación dejé caer las llaves que rodaron por la
palma de mi mano para golpear la mesa de cristal. Aquel sonido
devolvió a mi mente el ruido que producen los reproches, esos que
golpean incesantes una y otra vez para cerciorarse de que estás ahí,
que no te has ido y puedes dejarlos entrar, son como ese eco que
siempre vuelve al punto de partida. Tan solo me detuve un segundo, el
tiempo que me llevó girarme para contemplar aquella imagen, unas
llaves encima de la mesa, las llaves de alguien, unas llaves dejadas,
tan solo unas llaves de alguien que ahora se encontraba roto.
Respiré
profundamente y dejé caer mi cuerpo encima de la cama, como si al
hacerlo me despojara de toda fuerza, de toda voluntad. Y allí
inmóvil sin ganas de tener ganas, me abandoné a la nada,
despojándome de todo tiempo. Los recuerdos insistían en acompañarme
una y otra vez, y cerrar los ojos parecía ser la única manera de
tener algo de paz, de sosiego.
Dejaba
pasar las horas, encima de mi pecho reposaba mi mano, y eso hacía
que sintiera el latido de mi corazón, ese "bum, bum" que
acompañaba a mi respiración. Empecé a escuchar el sonido de ese
latido, el mío, el de mi corazón y en la manera en que mi mano
subía y bajaba como si se tratara de unas notas de música.
Sin
saber cómo, en que momento, empecé a sentirme bien, relajado, ajeno
a todo lo que acontecía fuera de aquellas cuatro paredes, todo
parecía perder importancia, desdibujarse.
Como
una pincelada quedó el recuerdo, ése, el de decirme para mis
adentros: "mañana será otro día". Dejar de sentir,
desechar los miedos, querer ser, seguir... Ese último pensamiento
debía de ser algo bueno, algo nuevo. Y así de ese modo decidí
abandonar las tristezas, abandonar el día, abandonar la noche, abandonar mi cuerpo y entregarme al sueño.
Sin
duda el mañana seria otro día.
Ángeles
Calvo Sánchez-Cid
(24
de junio de 2019)
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