jueves, 19 de diciembre de 2019

EL BOSC DE LES FADES

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Su pecho fiel escudo cumplía su función, la de sujetar aquel corazón desbocado en sus ganas de ser el primero en una alocada carrera por llegar, su aliento galopante se mezclaba con el eco de unas risas que se difuminaban cuando los escalones iban quedando atrás.
El Bosc de les Fades era un pedazo de sus vidas, era ese paraje misterioso, donde detrás de cada árbol, detrás de cada senda aguardaba entre sombras la posibilidad de ser descubierta una nueva aventura.
El otoño ofrecía un manto de hojas bajo sus pies a modo de alfombra, aquellas tonalidades marrones, amarillentas y anaranjadas parecían ser las pinceladas irregulares en el lienzo de un pintor. Tumbarse en el suelo sintiendo la propia respiración, contemplar la inmensidad del cielo, donde las nubes se desplazaban lentamente, para preguntarse que rumbo tomarían aquellas nubes. Quizás... ¿Dar sombra a otros parajes, descargar su lluvia en otras montañas, existiría alguien como él en otro lugar observándolas?. Las preguntas fluían de manera espontánea en aquella mente dispuesta a viajar detrás de cada interrogante.

Tumbarse en aquel manto de hojas, contemplando aquellos árboles tan esbeltos que parecían rozar el cielo con las punta de sus ramas, se había convertido en algo habitual cuando se trataba de tomarse un pequeño descanso.
Ese era el momento perfecto para rozar con sus dedos su delicada mano, y sentir como un pequeño cosquilleo recorría su cuerpo.
Algunas veces entrelazaban sus manos por un pequeño período de tiempo, no decían nada, ni tan siquiera se miraban, guardaban silencio, tumbados en el suelo con sus miradas fijas en aquel maravilloso cielo, tan solo una sonrisa en sus labios los delataba. Era algo perfecto, algo que le hacía más fuerte y más seguro, ambos sabían que se tenían el uno al otro, y lo más importante de todo, él la tenía a ella, era su chica, aunque nunca le hubiera dicho nada, a su lado se sentía diferente, especial, y ante todo debía de cuidarla, las aventuras acechaban silenciosas, había que estar muy atento, tener en todo momento los sentidos en alerta, el sonido de un pájaro en su vuelo raso, las hojas cayendo lentamente desde las copas más altas, como si el propio viento fuese una mano maternal acariciando sus ramas, el susurro del aire envolviendo sus oídos, todo podía ser el indicio, la pista, el desencadenante, la señal de que algo iba a suceder de un momento a otro.

Daniela se percató de que alguien les observaba desde uno de los miradores, exactamente el que se encontraba muy cerca de la pequeña iglesia. Aquella figura alta y esbelta parecía algo tenebrosa, pues a lo lejos se descubría como una sombra negra, ya empezaba a esconderse el sol, y la luz del día empezaba a apagarse, a volverse gris y algo más fría.
-¿Quién es ese tipo?- preguntó con asombro Daniela mientras le señalaba extendiendo su brazo izquierdo. Ya que Daniela además de ser una chica aventurera y valiente era zurda. -¡De qué hablas!- exclamó Alex sin saber a que se refería su amiga. -¿Es que soy la única que lo ve?, ¡acaso estáis ciegos!-. Daniela se inquietaba por la actitud despreocupada de sus compañeros.

Cuando quiso que sus amigos la prestaran algo de atención, aquella figura que había aparecido de la nada en lo alto del mirador, se disipó en medio de la niebla que empezaba a levantarse. -¡Pues yo no veo nada!-, dijo Rober clavando sus ojos al mirador. -Pues os aseguro que había alguien, y parecía estar mirando lo que hacíamos-, Daniela insistía, sabía perfectamente lo que habían visto sus ojos. -Quizás sea hora de dejar el campamento base- exclamó Abel, -se hace tarde-. -Si, será mejor que nos vayamos a casa-, asintió Alex cogiendo su chaqueta del suelo.

Mientras dejaban atrás la tarde de juegos, Rober rozaba con sus manos la maleza que se levantaba a ambos lados de los escalones de piedra, al tiempo que tarareaba una canción para hacer de rabiar a Daniela: -"La sombra negra acecha a Daniela, ella reposa en el suelo, siente las hojas crujir, corre, corre, pobre chica, que la sombra va por ti...". -¡Serás tonto!-, ¿a caso cantas porque tienes miedo?-, esa fue la reacción de la muchacha de trenzas doradas que tanto le gustaba a Abel. Sus compañeros no pudieron por menos que echarse a reír, y sin saber cómo ni por qué empezaron a subir aquellos escalones corriendo y diciendo entre risas: -”La sombra negra viene a por ti”-.
Ya de camino a casa Daniela les contaba las ganas que tenía de tener una mascota, lo tenía muy claro desde hacía ya tres años, seria un perro, pero hasta entonces no había podido convencer a sus padres, siempre la decían que un piso no era lugar para un perro. -Bueno... quizás esta vez lo consigas, este año has marcado tu propio récord en natación-, con esas palabras Abel quería dar una pequeña esperanza a Daniela. -No sé que decirte, no paro de darle vueltas a la cabeza, saber que es lo que puedo hacer para convencer a mis padres, tengo que reconocer que son algo testarudos. -Pues como todos los padres, cada uno tiene su rutina, no puedes vivir con ellos y tampoco sin ellos, he aquí el dilema- bromeó Alex, que era un chico muy extrovertido y le encantaba contar historias de terror, además había que reconocer que lo hacía muy pero que muy bien.

Daniela se sentía algo intranquila, y de vez en cuando volteaba su cabeza como esperando encontrar algo detrás de sus espaldas. -¿Que pasa Daniela?- Abel se percató de ese detalle. -No nada, es solo que.... tengo la sensación de que alguien nos sigue-, -¡Pero que dices Daniela, como no sea tu sombra!- se burló Rober, quien siempre ponía una nota de humor a sus comentarios. -¿Quieres saber quién nos sigue?-, preguntó Rober poniéndose delante de la muchacha al tiempo que caminaba de espaldas. -¡A ver bobo!, ¿quién?, sorprenderme-, le replicó Daniela poniendo su dedo índice en la frente de su amigo haciéndole retroceder en su caminar. Lo cierto es, que todos guardaron silencio esperando escuchar la respuesta de Rober, quien notó como sus compañeros clavaban la mirada en su persona. -Pues.... el hambre, ¡que otra cosa puede ser a estas horas!-, y con unas risas se fueron despidiendo según iban llegaban a sus casas.

A la hora del recreo decidieron quedar a las cinco en la Plaza de la Vila, para subir todos juntos al Bosc de les Fades, iban a merendar y a coger algunas setas para un trabajo de naturales. Acordaron llevar todo lo necesario, una cesta de mimbre y un pequeño cuchillo de untar mantequilla para arrancar de manera limpia las setas.
El primero en llegar fue Alex quien era el encargado de llevar el cuchillo de punta redonda, a los pocos minutos apareció Daniela con la cesta de mimbre que le había pedido a modo de préstamo a su abuela, y por último aparecieron Abel y Rober, en esta ocasión ellos serían los responsables de llevar un pequeño tentempié, Rober llevaría un par de tabletas de chocolate y Abel algunas magdalenas caseras que había cogido de casa. La madre de Abel era una gran repostera, su casa siempre olía a bizcocho, a dulce, así que no era de extrañar que alguna que otra tarde de sábado los chicos merendaran en su casa, cosa que parecía agradar a su madre al verlos comer con tan buen apetito.

De camino al Bosc de les Fades, Daniela les contó a sus amigos que Judith su madre parecía estar algo agitada, había recibido una llamada de alguna galería de arte con referencia a alguno de sus cuadros. -Daniela eso es algo normal, tu madre es una gran pintora, y además está muy graciosa con ese mono que se pone para pintar, salpicado de pintura de todos los colores-. Abel era el más maduro de los chicos y siempre tenía una respuesta lógica para los enigmas cotidianos. -No me lo recuerdes, lo del mono para pintar eso si que es un cuadro, a veces cuando la observo en silencio mezclando colores, me recuerda a una loca inventora creando algo futurista-, exclamó Daniela. -Tienes que reconocer que tu madre no es muy normal, quiero decir que no se parece nada a la mía, pero ya sabes.... ¡madres!-. Con una sonrisa burlona Rober terminó la frase.

Se encontraban al pie de la escalera de piedra que conducía al campamento base, y Rober exclamó: -¡El último en llegar se queda sin chocolate!-. Eso sin duda fue el motor de arranque para echar a correr alocadamente escalera abajo a toda velocidad, gritando y riendo al mismo tiempo. El campamento base se encontraba en la parte más profunda del Bosc de les Fades, donde hacía ya muchos años se había encontrado la imagen de una virgen, que había sido escondida en tiempos de guerra para ser salvada de cualquier infortunio. Aquellos escalones de piedras irregulares, de gran pendiente, bajando hasta el mismo corazón del bosque, tenían su grado de dificultad, sobre todo si se bajaban corriendo como alma que lleva el diablo.

Con sus respiraciones sofocantes, se fueron dejando caer al suelo según iban llegando al campamento base. El paraje era realmente bello, un suelo vestido de otoño, a la derecha una pequeña gruta con la imagen de la virgen, un pequeño caño de incesante agua fresca, limpia y muy fría a modo de fuente, a su lado un pequeño depósito de agua con la estructura de un verdadero torreón, le otorgaba el ambiente adecuado, el de encontrarse en territorio de caballeros. Un puente estrecho y antiguo, con sus barandillas revestidas del verde musgo, comunicaba con la otra parte de bosque, y el toque final lo daba el pequeño cementerio, con sus cruces clavadas en la negruna tierra del suelo, estas algo oxidadas por el paso del tiempo. Sin duda era el escenario perfecto y algo tenebroso para que Alex narrará sus famosas historias de terror.

-Bueno... que hacemos primero, ¿merienda o setas?-, preguntó Alex que siempre tenía hambre. -Yo creo que primero deberíamos coger unas setas y así tarea hecha. ¿Que os parece?- preguntó Abel .
Rober sugirió cruzar el puente para buscar al otro lado del campamento base, además con lo que había llovido, sería tarea fácil encontrar unas pocas setas. Daniela les recordó la importancia de coger las setas sin provocar ningún destrozo, amaba la naturaleza y en especial el Bosc de les Fades. -Chicos aquí hay bastantes setas, incluso algunas en el tronco de este árbol- Alex era sin duda un buen rastreador.
-¿Pero que tipo de setas son estas?- preguntó Abel muy extrañado. -Parecen ser las setas de la madre de Daniela- dijo Rober en su característico tono burlón. -¿De qué vas?- respondió Daniela algo molesta. -Me refiero a que tienen motitas de colores, como el mono de pintar de tu madre-. -Quizás se trate de un problema de ángulo, de perspectiva- y en un acto de impulsividad Rober arrancó de cuajo una de aquellas setas que parecían haber florecido en el grueso tronco de aquel árbol centenario. Y así de este modo sin tan siquiera pensárselo dos veces y con aquella seta de motitas de colores en su mano la acercó a escasos centímetros de los ojos de Daniela, aquellos ojos verdes y brillantes. -Ummmm que bien huele, como diría mi experta madre, seta a la esencia de caramelo, con pepitas glaseadas de canela-. Abel tenía muy buen olfato para los olores dulces, avainillado, a bizcocho recién hecho, mamá siempre tenía algo rico cocinándose en el horno.

-¡Fuera de mi bosque!- aquellas palabras frías y tenebrosas salidas de la nada del bosque, dejaron a los chicos perplejos, inmóviles, aún con aquellas setas entre sus manos. Daniela quería gritar a sus amigos que era él, si... aquel mismo hombre de aspecto alto y siniestro que había visto días atrás en el mirador de la iglesia, pero estaba aterrada, no conseguía articular palabra. Alex sintió como un escalofrío recorría todo su cuerpo, dejando que el frío se apoderaba de él. Tenía que hacer algo, salir corriendo, esa sin duda era la mejor opción, pero aquella imagen aterradora avanzando hacia ellos, a cada paso que daba parecía oscurecer el mismo cielo, aquella figura le causaba tal terror, que su cuerpo no obedecía a su mente, seguía en pie, inmóvil, con una de las setas entre sus dedos.
Cómo osáis profanar el bosque!- tenerle a escasos metros, tan cerca, a semejante ser, de hábito negro y deteriorado, cubriendo aquel cuerpo de casi dos metros de altura, paralizaba cualquier balbuceo, llegando incluso a cortar hasta la propia respiración. Todos permanecían en absoluto silencio, sintiendo como el pulso se aceleraba al tiempo que lo hacían sus respiraciones, parecía haber descendido la temperatura, pues el aliento se convertía en una fina y ligera neblina entre sus labios.

Aquel monje de las tinieblas alzó su mano izquierda a la altura de su hombro, a los pocos segundos, el suelo pareció moverse, las hojas caídas se apartaban del camino, saltando de un lado a otro, para descubrir a una serpiente que avanzaba reptando su cuerpo en unas ondas perfectas. Aquella escena superaba con creces los relatos de terror de Alex. Cuando la serpiente llegó a la altura del monje tenebroso, este inclinando su cabeza susurró unas palabras extrañas, desconocidas, como si se tratara de alguna lengua ancestral. Aquella serpiente de tonalidades verdosas se convirtió en un robusto bastón, como si se hubiera forjado con las propias raíces de aquel árbol centenario, claramente se podía distinguir en el mango la forma de una cabeza de serpiente.

La capucha que cubría su cabeza no dejaba ver con claridad los rasgos de aquella cara, era como si al hablar, sus palabras salieran de una oscura y profunda cueva. Dando uno de sus largos pasos se acercó hasta Daniela, esta permanecía con su rostro mirando al suelo, en un gesto con su bastón levantó aquella carita de piel blanca, la estuvo observando en silencio, ella permanecía con sus ojos cerrados, bien apretados, evitando en todo momento que entrara ni una pizca de luz. De repente pudo escuchar en su mente, las palabras de aquel ser, la preguntaba como había podido verle aquella tarde en el mirador. En un acto de valentía Daniela abrió sus ojos, se encontraba a muy poca distancia de aquel ser, podía sentir en todo su cuerpo su presencia, era como tener un manto grueso y ligero al mismo tiempo, como si se tratara de una capa de invisibilidad, la hacía sentir parte de la propia naturaleza, parte de todo, ser el agua limpia y fría de la cascada, la hoja caída del árbol jugueteando con el aire, era una sensación muy extraña, pero a la vez muy gratificante. Aquella voz dentro de su cabeza la decía: -"Mira la seta, no la mires tan solo con tus ojos, hazlo con la luz que se haya en tu interior, desde tu propio yo"-. Automáticamente Daniela levantó la seta a la altura de sus ojos y pudo ver la imagen de sus padres hablando en el salón de casa, ella no podía hablarles, tan solo podía escuchar y ver aquella visión. Estaban hablando de aquella llamada de teléfono, la de la galería de arte, sin duda parecía ser una oportunidad de oro, el rumbo de la conversación era animada, aunque había que solucionar un delicado detalle, como decirle a Daniela que debían mudarse a otro lugar, que debería empezar de nuevo, otra vida, otro barrio, nuevos amigos. Se trataba de una ciudad grande y moderna, mamá iba a contar con su propia exposición de pintura, e iba a formar parte de una reconocida galería de arte. Quizás era el momento de regalarle la mascota, de asumir responsabilidades, era el momento de regalarle el perro que tanto deseaba, eso es lo que papá propuso.

En un gesto de negación con su cabeza, Daniela comenzó a reaccionar, abriendo lentamente sus ojos, se encontraba tumbada en el suelo, confusa, aturdida, escuchaba a lo lejos las voces de sus amigos que la llamaban, lo percibía como si se tratara de un eco en la lejanía de aquel bosque. -¿Donde está?, ¿ya se ha ido?- Quería saber donde se encontraba aquel ser encapuchado. -¡Tranquila Daniela, estoy aquí!- Abel con sumo cuidado sujetaba su cabeza. -Tengo la vista nublada, no puedo ver con claridad, además me pica la garganta-, Daniela se encontraba desorientada, Abel le pidió a Alex que le acercara su botella de agua para que Daniela pudiera beber. -¡Vaya si que tenía sed la bella durmiente!- esas fueron las palabras de Rober al ver que Daniela se había bebido la mitad de la botella.
-¡Cállate idiota, menudo rato hemos pasado!- le replicó Alex. -¡Daniela dime que te ha sucedido!- insistía Abel que estaba realmente preocupado por su chica. -Dirás que es lo que nos ha pasado a todos?- replicó Daniela aún algo aturdida. -¿A todos, como que a todos?.- contestó Abel -Si, todos le habéis visto, era real, era él, el del mirador... todos habéis visto sus poderes-. -Está peor de lo que me pensaba, definitivamente se ha vuelto loca- bromeó Rober como era habitual en él.
-¡Cállate!- Daniela se levantó muy enfadada con la ayuda de Alex y Abel. -Rober no te pases, es normal se habrá golpeado la cabeza- Alex quería suavizar un poco el ambiente. -¿La cabeza?- Daniela cada vez parecía más confusa. -Creo que un poco de chocolate nos vendrá bien a todos, una buena dosis de azúcar todo lo cura- el apetito de Rober consiguió sacar una sonrisa a sus amigos.

Durante la merienda los chicos le contaron a Daniela con todo tipo de detalle lo sucedido. Lo último que ella podía recordar con algo de claridad era poco más que haber cruzado el viejo puente para recoger las setas. Según le contó Abel, cuando quisieron darse cuenta Daniela se había separado del grupo, pensaron que habría ido a hacer un pis, no era la primera vez que lo hacía, se alejaba un poco, buscando un sitio discreto, y al poco volvía con sus amigos. Pero en esta ocasión, el tiempo pasaba y Daniela no volvía, empezaron a llamarla pensando que de un momento a otro aparecería con un montón de setas, así era Daniela, no dejaba de sorprender a sus compañeros de tardes inolvidables.

Con algo de dificultad Daniela empezó a contar a sus amigos como había sido aquel encuentro, como lo había vivido en su propia persona, era tan real, en la forma en que aquel monje siniestro la había dejado totalmente paralizada, sin habla, sin voluntad, como se había apoderado de su mente. En algunos momentos de su relato se la erizaba el bello, podía sentir el miedo en cada poro de su piel.
Abel la abrazó con fuerza, y le prestó su chaqueta, pues su Daniela tenía el cuerpo destemplado. -Tengo que admitir que ha sido espeluznante, supera con creces cualquiera de mis historias de terror- comentó Alex que se sentía fascinado por las palabras de su amiga. -Si, pero recordad cómo nos encontramos a Daniela, en el suelo, al lado de aquel árbol gigantesco, seguramente se tropezó con alguna de sus raíces-. Esas fueron las palabras de Rober, que haciendo una excepción no hizo gala de su habitual sentido del humor. -Así creemos que es como te golpeaste la cabeza y perdiste el conocimiento-.

De vuelta del Bosc de les Fades, los chicos propusieron a Daniela acompañarla hasta su propia puerta, no querían que se sintiera sola, y aunque Daniela insistió en no contar nada a sus padres, Abel aprovechó bien el tiempo para hacerla cambiar de opinión, sin duda esa cabecita necesitaba ser revisada por un médico.

-¡Bueno chicos siento el susto que os habéis llevado por mi culpa!-, con esas palabras Daniela se detuvo frente a la puerta de su edilicio. Abel estiró el brazo y tocó el timbre del portero automático. En pocos segundos se pudo escuchar la voz del padre de Daniela, aunque no se le escuchaba con claridad, parecía haber algo de bullicio en el piso.
Una vez abierta la puerta la chica les invitó a subir hasta su casa, por si tenían que quitar algo de hierro al asunto, y así no preocupar de más a sus padres. El ascensor se detuvo en la tercera planta, desde el pasillo que conducía a la puerta del piso de Daniela se podía escuchar algún que otro ladrido, no muy fuerte, pero si con claridad. -¿Es que alguno de tus vecinos tiene perro?- preguntó Abel. -Pues.... que yo sepa hasta hoy ninguno de mis vecinos tiene perro, aunque antes de salir esta tarde escuché a unos vecinos en el portal hablar sobre alguien que se iba a mudar a nuestro edificio, quizás se trate del nuevo inquilino-. Les aclaró Daniela.

Ya delante de la puerta, esperando a entrar, los chicos comentaban quien sería el encargado de llevar las setas a la clase de ciencias. La madre de Daniela abrió la puerta con una sonrisa, y de manera inesperada, apareció en medio del pasillo lo que parecía ser un cachorro de perro. ¡Podía ser verdad!, aquel cachorro no paraba de ladrar y acercándose de manera muy graciosa hasta los chicos, empezó a juguetear con los cordones a medio desatar de las zapatillas de Rober. Daniela no daba crédito a sus ojos, tan solo soltó un grito de alegría para terminar cogiendo en brazos a ese precioso cachorro, era perfecto. ¿Qué había pasado, como era posible que tuviera en sus brazos lo que tanto había deseado?., ¿por qué ahora?. Al contemplar aquella imagen el tiempo pareció detenerse lo suficiente como para inundar aquel pasillo de un mudo silencio, como si se tratara de una sombra fantasmal. Daniela podía percibir aquella presencia, la conocía, era la misma presencia que la había paralizado en el Bosc de les Fades, aterrada por escuchar el sonido de aquellas palabras frías y huecas dentro de su mente, era la misma voz, la voz de aquel monje siniestro.

-¡Chicos!- Daniela se volvió hacia sus amigos, su rostro lo decía todo.

Ángeles Calvo Sánchez-Cid
(16 de diciembre de 2019)