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Su
pecho fiel escudo cumplía su función, la de sujetar aquel corazón
desbocado en sus ganas de ser el primero en una alocada carrera por
llegar, su aliento galopante se mezclaba con el eco de unas risas que se difuminaban cuando los escalones iban quedando atrás.
El
Bosc de les Fades era un
pedazo de sus vidas, era ese paraje misterioso, donde detrás de cada
árbol, detrás de cada senda aguardaba entre sombras la posibilidad
de ser descubierta una nueva aventura.
El
otoño ofrecía un manto de hojas bajo sus pies a modo de alfombra,
aquellas tonalidades marrones, amarillentas y anaranjadas parecían
ser las pinceladas irregulares en el lienzo de un pintor. Tumbarse
en el suelo sintiendo la propia respiración, contemplar la
inmensidad del cielo, donde las nubes se desplazaban lentamente, para
preguntarse que rumbo tomarían aquellas nubes. Quizás... ¿Dar
sombra a otros parajes, descargar su lluvia en otras montañas,
existiría alguien como él en otro lugar observándolas?. Las
preguntas fluían de manera espontánea en aquella mente dispuesta a
viajar detrás de cada interrogante.
Tumbarse
en aquel manto de hojas, contemplando aquellos árboles tan esbeltos
que parecían rozar el cielo con las punta de sus ramas, se había
convertido en algo habitual cuando se trataba de tomarse un pequeño
descanso.
Ese
era el momento perfecto para rozar con sus dedos su delicada mano, y
sentir como un pequeño cosquilleo recorría su cuerpo.
Algunas
veces entrelazaban sus manos por un pequeño período de tiempo, no
decían nada, ni tan siquiera se miraban, guardaban silencio,
tumbados en el suelo con sus miradas fijas en aquel maravilloso
cielo, tan solo una sonrisa en sus labios los delataba. Era algo
perfecto, algo que le hacía más fuerte y más seguro, ambos sabían
que se tenían el uno al otro, y lo más importante de todo, él la
tenía a ella, era su chica, aunque nunca le hubiera dicho nada, a su
lado se sentía diferente, especial, y ante todo debía de cuidarla,
las aventuras acechaban silenciosas, había que estar muy atento,
tener en todo momento los sentidos en alerta, el sonido de un pájaro
en su vuelo raso, las hojas cayendo lentamente desde las copas más
altas, como si el propio viento fuese una mano maternal acariciando
sus ramas, el susurro del aire envolviendo sus oídos, todo podía
ser el indicio, la pista, el desencadenante, la señal de que algo
iba a suceder de un momento a otro.
Daniela
se percató de que alguien les observaba desde uno de los miradores,
exactamente el que se encontraba muy cerca de la pequeña iglesia.
Aquella figura alta y esbelta parecía algo tenebrosa, pues a lo
lejos se descubría como una sombra negra, ya empezaba a esconderse
el sol, y la luz del día empezaba a apagarse, a volverse gris y algo
más fría.
-¿Quién
es ese tipo?- preguntó con asombro Daniela mientras le señalaba
extendiendo su brazo izquierdo. Ya que Daniela además de ser una
chica aventurera y valiente era zurda. -¡De qué hablas!- exclamó
Alex sin saber a que se refería su amiga. -¿Es que soy la única
que lo ve?, ¡acaso estáis ciegos!-. Daniela se inquietaba por la
actitud despreocupada de sus compañeros.
Cuando
quiso que sus amigos la prestaran algo de atención, aquella figura
que había aparecido de la nada en lo alto del mirador, se disipó en
medio de la niebla que empezaba a levantarse. -¡Pues yo no veo
nada!-, dijo Rober clavando sus ojos al mirador. -Pues os aseguro que
había alguien, y parecía estar mirando lo que hacíamos-, Daniela
insistía, sabía perfectamente lo que habían visto sus ojos.
-Quizás sea hora de dejar el campamento base- exclamó Abel, -se
hace tarde-. -Si, será mejor que nos vayamos a casa-, asintió Alex
cogiendo su chaqueta del suelo.
Mientras
dejaban atrás la tarde de juegos, Rober rozaba con sus manos la
maleza que se levantaba a ambos lados de los escalones de piedra, al
tiempo que tarareaba una canción para hacer de rabiar a Daniela:
-"La sombra negra acecha a Daniela, ella reposa en el suelo,
siente las hojas crujir, corre, corre, pobre chica, que la sombra va
por ti...". -¡Serás tonto!-, ¿a caso cantas porque tienes
miedo?-, esa fue la reacción de la muchacha de trenzas doradas que
tanto le gustaba a Abel. Sus compañeros no pudieron por menos que
echarse a reír, y sin saber cómo ni por qué empezaron a subir
aquellos escalones corriendo y diciendo entre risas: -”La sombra
negra viene a por ti”-.
Ya
de camino a casa Daniela les contaba las ganas que tenía de tener
una mascota, lo tenía muy claro desde hacía ya tres años, seria un
perro, pero hasta entonces no había podido convencer a sus padres,
siempre la decían que un piso no era lugar para un perro. -Bueno...
quizás esta vez lo consigas, este año has marcado tu propio récord
en natación-, con esas palabras Abel quería dar una pequeña
esperanza a Daniela. -No sé que decirte, no paro de darle vueltas a
la cabeza, saber que es lo que puedo hacer para convencer a mis
padres, tengo que reconocer que son algo testarudos. -Pues como todos
los padres, cada uno tiene su rutina, no puedes vivir con ellos y
tampoco sin ellos, he aquí el dilema- bromeó Alex, que era un chico
muy extrovertido y le encantaba contar historias de terror, además
había que reconocer que lo hacía muy pero que muy bien.
Daniela
se sentía algo intranquila, y de vez en cuando volteaba su cabeza
como esperando encontrar algo detrás de sus espaldas. -¿Que pasa
Daniela?- Abel se percató de ese detalle. -No nada, es solo que....
tengo la sensación de que alguien nos sigue-, -¡Pero que dices
Daniela, como no sea tu sombra!- se burló Rober, quien siempre ponía
una nota de humor a sus comentarios. -¿Quieres saber quién nos
sigue?-, preguntó Rober poniéndose delante de la muchacha al tiempo
que caminaba de espaldas. -¡A ver bobo!, ¿quién?, sorprenderme-,
le replicó Daniela poniendo su dedo índice en la frente de su amigo
haciéndole retroceder en su caminar. Lo cierto es, que todos
guardaron silencio esperando escuchar la respuesta de Rober, quien
notó como sus compañeros clavaban la mirada en su persona.
-Pues.... el hambre, ¡que otra cosa puede ser a estas horas!-, y con
unas risas se fueron despidiendo según iban llegaban a sus casas.
A la
hora del recreo decidieron quedar a las cinco en la Plaza de la Vila,
para subir todos juntos al
Bosc de les Fades, iban a
merendar y a coger algunas setas para un trabajo de naturales.
Acordaron llevar todo lo necesario, una cesta de mimbre y un pequeño
cuchillo de untar mantequilla para arrancar de manera limpia las
setas.
El
primero en llegar fue Alex quien era el encargado de llevar el
cuchillo de punta redonda, a los pocos minutos apareció Daniela con
la cesta de mimbre que le había pedido a modo de préstamo a su
abuela, y por último aparecieron Abel y Rober, en esta ocasión
ellos serían los responsables de llevar un pequeño tentempié,
Rober llevaría un par de tabletas de chocolate y Abel algunas
magdalenas caseras que había cogido de casa. La madre de Abel era
una gran repostera, su casa siempre olía a bizcocho, a dulce, así
que no era de extrañar que alguna que otra tarde de sábado los
chicos merendaran en su casa, cosa que parecía agradar a su madre al
verlos comer con tan buen apetito.
De
camino al Bosc
de les Fades, Daniela les
contó a sus amigos que Judith su madre parecía estar algo agitada,
había recibido una llamada de alguna galería de arte con referencia
a alguno de sus cuadros. -Daniela eso es algo normal, tu madre es una
gran pintora, y además está muy graciosa con ese mono que se pone
para pintar, salpicado de pintura de todos los colores-. Abel era el
más maduro de los chicos y siempre tenía una respuesta lógica para
los enigmas cotidianos. -No me lo recuerdes, lo del mono para
pintar eso si que es un cuadro, a veces cuando la observo en silencio
mezclando colores, me recuerda a una loca inventora creando algo
futurista-, exclamó Daniela. -Tienes que reconocer que tu madre no
es muy normal, quiero decir que no se parece nada a la mía, pero ya
sabes.... ¡madres!-. Con una sonrisa burlona Rober terminó la
frase.
Se
encontraban al pie de la escalera de piedra que conducía al
campamento base, y Rober exclamó: -¡El último en llegar se queda
sin chocolate!-. Eso sin duda fue el motor de arranque para echar a
correr alocadamente escalera abajo a toda velocidad, gritando y
riendo al mismo tiempo. El campamento base se encontraba en la parte
más profunda del Bosc
de les Fades, donde hacía ya
muchos años se había encontrado la imagen de una virgen, que había
sido escondida en tiempos de guerra para ser salvada de cualquier
infortunio. Aquellos escalones de piedras irregulares, de gran
pendiente, bajando hasta el mismo corazón del bosque, tenían su
grado de dificultad, sobre todo si se bajaban corriendo como alma que
lleva el diablo.
Con
sus respiraciones sofocantes, se fueron dejando caer al suelo según
iban llegando al campamento base. El paraje era realmente bello, un
suelo vestido de otoño, a la derecha una pequeña gruta con la
imagen de la virgen, un pequeño caño de incesante agua fresca,
limpia y muy fría a modo de fuente, a su lado un pequeño depósito
de agua con la estructura de un verdadero torreón, le otorgaba el
ambiente adecuado, el de encontrarse en territorio de caballeros. Un
puente estrecho y antiguo, con sus barandillas revestidas del verde
musgo, comunicaba con la otra parte de bosque, y el toque final lo
daba el pequeño cementerio, con sus cruces clavadas en la negruna
tierra del suelo, estas algo oxidadas por el paso del tiempo. Sin
duda era el escenario perfecto y algo tenebroso para que Alex narrará
sus famosas historias de terror.
-Bueno...
que hacemos primero, ¿merienda o setas?-, preguntó Alex que siempre
tenía hambre. -Yo creo que primero deberíamos coger unas setas y
así tarea hecha. ¿Que os parece?- preguntó Abel .
Rober
sugirió cruzar el puente para buscar al otro lado del campamento
base, además con lo que había llovido, sería tarea fácil
encontrar unas pocas setas. Daniela les recordó la importancia de
coger las setas sin provocar ningún destrozo, amaba la naturaleza y
en especial el Bosc
de les Fades. -Chicos aquí
hay bastantes setas, incluso algunas en el tronco de este árbol-
Alex era sin duda un buen rastreador.
-¿Pero
que tipo de setas son estas?- preguntó Abel muy extrañado. -Parecen
ser las setas de la madre de Daniela- dijo Rober en su característico
tono burlón. -¿De qué vas?- respondió Daniela algo molesta. -Me
refiero a que tienen motitas de colores, como el mono de pintar de tu
madre-. -Quizás se trate de un problema de ángulo, de perspectiva-
y en un acto de impulsividad Rober arrancó de cuajo una de aquellas
setas que parecían haber florecido en el grueso tronco de aquel
árbol centenario. Y así de este modo sin tan siquiera pensárselo
dos veces y con aquella seta de motitas de colores en su mano la
acercó a escasos centímetros de los ojos de Daniela, aquellos ojos verdes y brillantes.
-Ummmm que bien huele, como diría mi experta madre, seta a la
esencia de caramelo, con pepitas glaseadas de canela-. Abel tenía
muy buen olfato para los olores dulces, avainillado, a bizcocho
recién hecho, mamá siempre tenía algo rico cocinándose en el
horno.
-¡Fuera
de mi bosque!- aquellas palabras frías y tenebrosas salidas de
la nada del bosque, dejaron a los chicos perplejos, inmóviles, aún
con aquellas setas entre sus manos. Daniela quería gritar a sus
amigos que era él, si... aquel mismo hombre de aspecto alto y
siniestro que había visto días atrás en el mirador de la iglesia,
pero estaba aterrada, no conseguía articular palabra. Alex sintió
como un escalofrío recorría todo su cuerpo, dejando que el frío se
apoderaba de él. Tenía que hacer algo, salir corriendo, esa sin
duda era la mejor opción, pero aquella imagen aterradora avanzando
hacia ellos, a cada paso que daba parecía oscurecer el mismo cielo,
aquella figura le causaba tal terror, que su cuerpo no obedecía a su
mente, seguía en pie, inmóvil, con una de las setas entre sus
dedos.
-¡Cómo
osáis profanar el bosque!- tenerle a escasos metros, tan cerca,
a semejante ser, de hábito negro y deteriorado, cubriendo aquel
cuerpo de casi dos metros de altura, paralizaba cualquier balbuceo,
llegando incluso a cortar hasta la propia respiración. Todos
permanecían en absoluto silencio, sintiendo como el pulso se
aceleraba al tiempo que lo hacían sus respiraciones, parecía haber
descendido la temperatura, pues el aliento se convertía en una fina
y ligera neblina entre sus labios.
Aquel
monje de las tinieblas alzó su mano izquierda a la altura de su
hombro, a los pocos segundos, el suelo pareció moverse, las hojas
caídas se apartaban del camino, saltando de un lado a otro, para
descubrir a una serpiente que avanzaba reptando su cuerpo en unas
ondas perfectas. Aquella escena superaba con creces los relatos de
terror de Alex. Cuando la serpiente llegó a la altura del monje
tenebroso, este inclinando su cabeza susurró unas palabras extrañas,
desconocidas, como si se tratara de alguna lengua ancestral. Aquella
serpiente de tonalidades verdosas se convirtió en un robusto
bastón, como si se hubiera forjado con las propias raíces de aquel
árbol centenario, claramente se podía distinguir en el mango la
forma de una cabeza de serpiente.
La
capucha que cubría su cabeza no dejaba ver con claridad los rasgos
de aquella cara, era como si al hablar, sus palabras salieran de una
oscura y profunda cueva. Dando uno de sus largos pasos se acercó
hasta Daniela, esta permanecía con su rostro mirando al suelo, en un
gesto con su bastón levantó aquella carita de piel blanca, la
estuvo observando en silencio, ella permanecía con sus ojos
cerrados, bien apretados, evitando en todo momento que entrara ni una
pizca de luz. De repente pudo escuchar en su mente, las palabras de
aquel ser, la preguntaba como había podido verle aquella tarde en el
mirador. En un acto de valentía Daniela abrió sus ojos, se
encontraba a muy poca distancia de aquel ser, podía sentir en todo
su cuerpo su presencia, era como tener un manto grueso y ligero al
mismo tiempo, como si se tratara de una capa de invisibilidad, la
hacía sentir parte de la propia naturaleza, parte de todo, ser el
agua limpia y fría de la cascada, la hoja caída del árbol
jugueteando con el aire, era una sensación muy extraña, pero a la
vez muy gratificante. Aquella voz dentro de su cabeza la decía:
-"Mira la seta, no la mires tan solo con tus ojos,
hazlo con la luz que se haya en tu interior, desde tu propio
yo"-. Automáticamente Daniela levantó la seta a la
altura de sus ojos y pudo ver la imagen de sus padres hablando en el
salón de casa, ella no podía hablarles, tan solo podía escuchar y
ver aquella visión. Estaban hablando de aquella llamada de teléfono,
la de la galería de arte, sin duda parecía ser una oportunidad de
oro, el rumbo de la conversación era animada, aunque había que
solucionar un delicado detalle, como decirle a Daniela que debían
mudarse a otro lugar, que debería empezar de nuevo, otra vida, otro
barrio, nuevos amigos. Se trataba de una ciudad grande y moderna,
mamá iba a contar con su propia exposición de pintura, e iba a
formar parte de una reconocida galería de arte. Quizás era el
momento de regalarle la mascota, de asumir responsabilidades, era el
momento de regalarle el perro que tanto deseaba, eso es lo que papá
propuso.
En
un gesto de negación con su cabeza, Daniela comenzó a reaccionar,
abriendo lentamente sus ojos, se encontraba tumbada en el suelo,
confusa, aturdida, escuchaba a lo lejos las voces de sus amigos que
la llamaban, lo percibía como si se tratara de un eco en la lejanía
de aquel bosque. -¿Donde está?, ¿ya se ha ido?- Quería saber
donde se encontraba aquel ser encapuchado. -¡Tranquila Daniela,
estoy aquí!- Abel con sumo cuidado sujetaba su cabeza. -Tengo la
vista nublada, no puedo ver con claridad, además me pica la
garganta-, Daniela se encontraba desorientada, Abel le pidió a Alex
que le acercara su botella de agua para que Daniela pudiera beber.
-¡Vaya si que tenía sed la bella durmiente!- esas fueron las
palabras de Rober al ver que Daniela se había bebido la mitad de la
botella.
-¡Cállate
idiota, menudo rato hemos pasado!- le replicó Alex. -¡Daniela dime
que te ha sucedido!- insistía Abel que estaba realmente preocupado por
su chica. -Dirás que es lo que nos ha pasado a todos?- replicó
Daniela aún algo aturdida. -¿A todos, como que a todos?.- contestó
Abel -Si, todos le habéis visto, era real, era él, el del
mirador... todos habéis visto sus poderes-. -Está peor de lo que me
pensaba, definitivamente se ha vuelto loca- bromeó Rober como era
habitual en él.
-¡Cállate!-
Daniela se levantó muy enfadada con la ayuda de Alex y Abel. -Rober
no te pases, es normal se habrá golpeado la cabeza- Alex quería
suavizar un poco el ambiente. -¿La cabeza?- Daniela cada vez parecía
más confusa. -Creo que un poco de chocolate nos vendrá bien a
todos, una buena dosis de azúcar todo lo cura- el apetito de Rober
consiguió sacar una sonrisa a sus amigos.
Durante
la merienda los chicos le contaron a Daniela con todo tipo de detalle
lo sucedido. Lo último que ella podía recordar con algo de claridad
era poco más que haber cruzado el viejo puente para recoger las
setas. Según le contó Abel, cuando quisieron darse cuenta Daniela
se había separado del grupo, pensaron que habría ido a hacer un
pis, no era la primera vez que lo hacía, se alejaba un poco,
buscando un sitio discreto, y al poco volvía con sus amigos. Pero en
esta ocasión, el tiempo pasaba y Daniela no volvía, empezaron a
llamarla pensando que de un momento a otro aparecería con un montón
de setas, así era Daniela, no dejaba de sorprender a sus compañeros
de tardes inolvidables.
Con
algo de dificultad Daniela empezó a contar a sus amigos como había
sido aquel encuentro, como lo había vivido en su propia persona, era
tan real, en la forma en que aquel monje siniestro la había dejado
totalmente paralizada, sin habla, sin voluntad, como se había
apoderado de su mente. En algunos momentos de su relato se la erizaba
el bello, podía sentir el miedo en cada poro de su piel.
Abel
la abrazó con fuerza, y le prestó su chaqueta, pues su Daniela
tenía el cuerpo destemplado. -Tengo que admitir que ha sido
espeluznante, supera con creces cualquiera de mis historias de
terror- comentó Alex que se sentía fascinado por las palabras de su
amiga. -Si, pero recordad cómo nos encontramos a Daniela, en el
suelo, al lado de aquel árbol gigantesco, seguramente se tropezó
con alguna de sus raíces-. Esas fueron las palabras de Rober, que
haciendo una excepción no hizo gala de su habitual sentido del
humor. -Así creemos que es como te golpeaste la cabeza y perdiste el
conocimiento-.
De
vuelta del Bosc
de les Fades, los chicos
propusieron a Daniela acompañarla hasta su propia puerta, no querían
que se sintiera sola, y aunque Daniela insistió en no contar nada a
sus padres, Abel aprovechó bien el tiempo para hacerla cambiar de
opinión, sin duda esa cabecita necesitaba ser revisada por un
médico.
-¡Bueno
chicos siento el susto que os habéis llevado por mi culpa!-, con esas
palabras Daniela se detuvo frente a la puerta de su edilicio. Abel
estiró el brazo y tocó el timbre del portero automático. En pocos
segundos se pudo escuchar la voz del padre de Daniela, aunque no se
le escuchaba con claridad, parecía haber algo de bullicio en el
piso.
Una
vez abierta la puerta la chica les invitó a subir hasta su casa, por
si tenían que quitar algo de hierro al asunto, y así no preocupar
de más a sus padres. El ascensor se detuvo en la tercera planta,
desde el pasillo que conducía a la puerta del piso de Daniela se
podía escuchar algún que otro ladrido, no muy fuerte, pero si con
claridad. -¿Es que alguno de tus vecinos tiene perro?- preguntó
Abel. -Pues.... que yo sepa hasta hoy ninguno de mis vecinos tiene
perro, aunque antes de salir esta tarde escuché a unos vecinos en el
portal hablar sobre alguien que se iba a mudar a nuestro edificio,
quizás se trate del nuevo inquilino-. Les aclaró Daniela.
Ya
delante de la puerta, esperando a entrar, los chicos comentaban quien
sería el encargado de llevar las setas a la clase de ciencias. La
madre de Daniela abrió la puerta con una sonrisa, y de manera
inesperada, apareció en medio del pasillo lo que parecía ser un
cachorro de perro. ¡Podía ser verdad!, aquel cachorro no paraba de
ladrar y acercándose de manera muy graciosa hasta los chicos, empezó
a juguetear con los cordones a medio desatar de las zapatillas de
Rober. Daniela no daba crédito a sus ojos, tan solo soltó un grito
de alegría para terminar cogiendo en brazos a ese precioso cachorro,
era perfecto. ¿Qué había pasado, como era posible que tuviera en
sus brazos lo que tanto había deseado?., ¿por qué ahora?. Al
contemplar aquella imagen el tiempo pareció detenerse lo suficiente
como para inundar aquel pasillo de un mudo silencio, como si se
tratara de una sombra fantasmal. Daniela podía percibir aquella
presencia, la conocía, era la misma presencia que la había
paralizado en el Bosc
de les Fades, aterrada por
escuchar el sonido de aquellas palabras frías y huecas dentro de su
mente, era la misma voz, la voz de aquel monje siniestro.
-¡Chicos!-
Daniela se volvió hacia sus amigos, su rostro lo decía todo.
Ángeles
Calvo Sánchez-Cid
(16
de diciembre de 2019)





