jueves, 19 de diciembre de 2019

EL BOSC DE LES FADES

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Su pecho fiel escudo cumplía su función, la de sujetar aquel corazón desbocado en sus ganas de ser el primero en una alocada carrera por llegar, su aliento galopante se mezclaba con el eco de unas risas que se difuminaban cuando los escalones iban quedando atrás.
El Bosc de les Fades era un pedazo de sus vidas, era ese paraje misterioso, donde detrás de cada árbol, detrás de cada senda aguardaba entre sombras la posibilidad de ser descubierta una nueva aventura.
El otoño ofrecía un manto de hojas bajo sus pies a modo de alfombra, aquellas tonalidades marrones, amarillentas y anaranjadas parecían ser las pinceladas irregulares en el lienzo de un pintor. Tumbarse en el suelo sintiendo la propia respiración, contemplar la inmensidad del cielo, donde las nubes se desplazaban lentamente, para preguntarse que rumbo tomarían aquellas nubes. Quizás... ¿Dar sombra a otros parajes, descargar su lluvia en otras montañas, existiría alguien como él en otro lugar observándolas?. Las preguntas fluían de manera espontánea en aquella mente dispuesta a viajar detrás de cada interrogante.

Tumbarse en aquel manto de hojas, contemplando aquellos árboles tan esbeltos que parecían rozar el cielo con las punta de sus ramas, se había convertido en algo habitual cuando se trataba de tomarse un pequeño descanso.
Ese era el momento perfecto para rozar con sus dedos su delicada mano, y sentir como un pequeño cosquilleo recorría su cuerpo.
Algunas veces entrelazaban sus manos por un pequeño período de tiempo, no decían nada, ni tan siquiera se miraban, guardaban silencio, tumbados en el suelo con sus miradas fijas en aquel maravilloso cielo, tan solo una sonrisa en sus labios los delataba. Era algo perfecto, algo que le hacía más fuerte y más seguro, ambos sabían que se tenían el uno al otro, y lo más importante de todo, él la tenía a ella, era su chica, aunque nunca le hubiera dicho nada, a su lado se sentía diferente, especial, y ante todo debía de cuidarla, las aventuras acechaban silenciosas, había que estar muy atento, tener en todo momento los sentidos en alerta, el sonido de un pájaro en su vuelo raso, las hojas cayendo lentamente desde las copas más altas, como si el propio viento fuese una mano maternal acariciando sus ramas, el susurro del aire envolviendo sus oídos, todo podía ser el indicio, la pista, el desencadenante, la señal de que algo iba a suceder de un momento a otro.

Daniela se percató de que alguien les observaba desde uno de los miradores, exactamente el que se encontraba muy cerca de la pequeña iglesia. Aquella figura alta y esbelta parecía algo tenebrosa, pues a lo lejos se descubría como una sombra negra, ya empezaba a esconderse el sol, y la luz del día empezaba a apagarse, a volverse gris y algo más fría.
-¿Quién es ese tipo?- preguntó con asombro Daniela mientras le señalaba extendiendo su brazo izquierdo. Ya que Daniela además de ser una chica aventurera y valiente era zurda. -¡De qué hablas!- exclamó Alex sin saber a que se refería su amiga. -¿Es que soy la única que lo ve?, ¡acaso estáis ciegos!-. Daniela se inquietaba por la actitud despreocupada de sus compañeros.

Cuando quiso que sus amigos la prestaran algo de atención, aquella figura que había aparecido de la nada en lo alto del mirador, se disipó en medio de la niebla que empezaba a levantarse. -¡Pues yo no veo nada!-, dijo Rober clavando sus ojos al mirador. -Pues os aseguro que había alguien, y parecía estar mirando lo que hacíamos-, Daniela insistía, sabía perfectamente lo que habían visto sus ojos. -Quizás sea hora de dejar el campamento base- exclamó Abel, -se hace tarde-. -Si, será mejor que nos vayamos a casa-, asintió Alex cogiendo su chaqueta del suelo.

Mientras dejaban atrás la tarde de juegos, Rober rozaba con sus manos la maleza que se levantaba a ambos lados de los escalones de piedra, al tiempo que tarareaba una canción para hacer de rabiar a Daniela: -"La sombra negra acecha a Daniela, ella reposa en el suelo, siente las hojas crujir, corre, corre, pobre chica, que la sombra va por ti...". -¡Serás tonto!-, ¿a caso cantas porque tienes miedo?-, esa fue la reacción de la muchacha de trenzas doradas que tanto le gustaba a Abel. Sus compañeros no pudieron por menos que echarse a reír, y sin saber cómo ni por qué empezaron a subir aquellos escalones corriendo y diciendo entre risas: -”La sombra negra viene a por ti”-.
Ya de camino a casa Daniela les contaba las ganas que tenía de tener una mascota, lo tenía muy claro desde hacía ya tres años, seria un perro, pero hasta entonces no había podido convencer a sus padres, siempre la decían que un piso no era lugar para un perro. -Bueno... quizás esta vez lo consigas, este año has marcado tu propio récord en natación-, con esas palabras Abel quería dar una pequeña esperanza a Daniela. -No sé que decirte, no paro de darle vueltas a la cabeza, saber que es lo que puedo hacer para convencer a mis padres, tengo que reconocer que son algo testarudos. -Pues como todos los padres, cada uno tiene su rutina, no puedes vivir con ellos y tampoco sin ellos, he aquí el dilema- bromeó Alex, que era un chico muy extrovertido y le encantaba contar historias de terror, además había que reconocer que lo hacía muy pero que muy bien.

Daniela se sentía algo intranquila, y de vez en cuando volteaba su cabeza como esperando encontrar algo detrás de sus espaldas. -¿Que pasa Daniela?- Abel se percató de ese detalle. -No nada, es solo que.... tengo la sensación de que alguien nos sigue-, -¡Pero que dices Daniela, como no sea tu sombra!- se burló Rober, quien siempre ponía una nota de humor a sus comentarios. -¿Quieres saber quién nos sigue?-, preguntó Rober poniéndose delante de la muchacha al tiempo que caminaba de espaldas. -¡A ver bobo!, ¿quién?, sorprenderme-, le replicó Daniela poniendo su dedo índice en la frente de su amigo haciéndole retroceder en su caminar. Lo cierto es, que todos guardaron silencio esperando escuchar la respuesta de Rober, quien notó como sus compañeros clavaban la mirada en su persona. -Pues.... el hambre, ¡que otra cosa puede ser a estas horas!-, y con unas risas se fueron despidiendo según iban llegaban a sus casas.

A la hora del recreo decidieron quedar a las cinco en la Plaza de la Vila, para subir todos juntos al Bosc de les Fades, iban a merendar y a coger algunas setas para un trabajo de naturales. Acordaron llevar todo lo necesario, una cesta de mimbre y un pequeño cuchillo de untar mantequilla para arrancar de manera limpia las setas.
El primero en llegar fue Alex quien era el encargado de llevar el cuchillo de punta redonda, a los pocos minutos apareció Daniela con la cesta de mimbre que le había pedido a modo de préstamo a su abuela, y por último aparecieron Abel y Rober, en esta ocasión ellos serían los responsables de llevar un pequeño tentempié, Rober llevaría un par de tabletas de chocolate y Abel algunas magdalenas caseras que había cogido de casa. La madre de Abel era una gran repostera, su casa siempre olía a bizcocho, a dulce, así que no era de extrañar que alguna que otra tarde de sábado los chicos merendaran en su casa, cosa que parecía agradar a su madre al verlos comer con tan buen apetito.

De camino al Bosc de les Fades, Daniela les contó a sus amigos que Judith su madre parecía estar algo agitada, había recibido una llamada de alguna galería de arte con referencia a alguno de sus cuadros. -Daniela eso es algo normal, tu madre es una gran pintora, y además está muy graciosa con ese mono que se pone para pintar, salpicado de pintura de todos los colores-. Abel era el más maduro de los chicos y siempre tenía una respuesta lógica para los enigmas cotidianos. -No me lo recuerdes, lo del mono para pintar eso si que es un cuadro, a veces cuando la observo en silencio mezclando colores, me recuerda a una loca inventora creando algo futurista-, exclamó Daniela. -Tienes que reconocer que tu madre no es muy normal, quiero decir que no se parece nada a la mía, pero ya sabes.... ¡madres!-. Con una sonrisa burlona Rober terminó la frase.

Se encontraban al pie de la escalera de piedra que conducía al campamento base, y Rober exclamó: -¡El último en llegar se queda sin chocolate!-. Eso sin duda fue el motor de arranque para echar a correr alocadamente escalera abajo a toda velocidad, gritando y riendo al mismo tiempo. El campamento base se encontraba en la parte más profunda del Bosc de les Fades, donde hacía ya muchos años se había encontrado la imagen de una virgen, que había sido escondida en tiempos de guerra para ser salvada de cualquier infortunio. Aquellos escalones de piedras irregulares, de gran pendiente, bajando hasta el mismo corazón del bosque, tenían su grado de dificultad, sobre todo si se bajaban corriendo como alma que lleva el diablo.

Con sus respiraciones sofocantes, se fueron dejando caer al suelo según iban llegando al campamento base. El paraje era realmente bello, un suelo vestido de otoño, a la derecha una pequeña gruta con la imagen de la virgen, un pequeño caño de incesante agua fresca, limpia y muy fría a modo de fuente, a su lado un pequeño depósito de agua con la estructura de un verdadero torreón, le otorgaba el ambiente adecuado, el de encontrarse en territorio de caballeros. Un puente estrecho y antiguo, con sus barandillas revestidas del verde musgo, comunicaba con la otra parte de bosque, y el toque final lo daba el pequeño cementerio, con sus cruces clavadas en la negruna tierra del suelo, estas algo oxidadas por el paso del tiempo. Sin duda era el escenario perfecto y algo tenebroso para que Alex narrará sus famosas historias de terror.

-Bueno... que hacemos primero, ¿merienda o setas?-, preguntó Alex que siempre tenía hambre. -Yo creo que primero deberíamos coger unas setas y así tarea hecha. ¿Que os parece?- preguntó Abel .
Rober sugirió cruzar el puente para buscar al otro lado del campamento base, además con lo que había llovido, sería tarea fácil encontrar unas pocas setas. Daniela les recordó la importancia de coger las setas sin provocar ningún destrozo, amaba la naturaleza y en especial el Bosc de les Fades. -Chicos aquí hay bastantes setas, incluso algunas en el tronco de este árbol- Alex era sin duda un buen rastreador.
-¿Pero que tipo de setas son estas?- preguntó Abel muy extrañado. -Parecen ser las setas de la madre de Daniela- dijo Rober en su característico tono burlón. -¿De qué vas?- respondió Daniela algo molesta. -Me refiero a que tienen motitas de colores, como el mono de pintar de tu madre-. -Quizás se trate de un problema de ángulo, de perspectiva- y en un acto de impulsividad Rober arrancó de cuajo una de aquellas setas que parecían haber florecido en el grueso tronco de aquel árbol centenario. Y así de este modo sin tan siquiera pensárselo dos veces y con aquella seta de motitas de colores en su mano la acercó a escasos centímetros de los ojos de Daniela, aquellos ojos verdes y brillantes. -Ummmm que bien huele, como diría mi experta madre, seta a la esencia de caramelo, con pepitas glaseadas de canela-. Abel tenía muy buen olfato para los olores dulces, avainillado, a bizcocho recién hecho, mamá siempre tenía algo rico cocinándose en el horno.

-¡Fuera de mi bosque!- aquellas palabras frías y tenebrosas salidas de la nada del bosque, dejaron a los chicos perplejos, inmóviles, aún con aquellas setas entre sus manos. Daniela quería gritar a sus amigos que era él, si... aquel mismo hombre de aspecto alto y siniestro que había visto días atrás en el mirador de la iglesia, pero estaba aterrada, no conseguía articular palabra. Alex sintió como un escalofrío recorría todo su cuerpo, dejando que el frío se apoderaba de él. Tenía que hacer algo, salir corriendo, esa sin duda era la mejor opción, pero aquella imagen aterradora avanzando hacia ellos, a cada paso que daba parecía oscurecer el mismo cielo, aquella figura le causaba tal terror, que su cuerpo no obedecía a su mente, seguía en pie, inmóvil, con una de las setas entre sus dedos.
Cómo osáis profanar el bosque!- tenerle a escasos metros, tan cerca, a semejante ser, de hábito negro y deteriorado, cubriendo aquel cuerpo de casi dos metros de altura, paralizaba cualquier balbuceo, llegando incluso a cortar hasta la propia respiración. Todos permanecían en absoluto silencio, sintiendo como el pulso se aceleraba al tiempo que lo hacían sus respiraciones, parecía haber descendido la temperatura, pues el aliento se convertía en una fina y ligera neblina entre sus labios.

Aquel monje de las tinieblas alzó su mano izquierda a la altura de su hombro, a los pocos segundos, el suelo pareció moverse, las hojas caídas se apartaban del camino, saltando de un lado a otro, para descubrir a una serpiente que avanzaba reptando su cuerpo en unas ondas perfectas. Aquella escena superaba con creces los relatos de terror de Alex. Cuando la serpiente llegó a la altura del monje tenebroso, este inclinando su cabeza susurró unas palabras extrañas, desconocidas, como si se tratara de alguna lengua ancestral. Aquella serpiente de tonalidades verdosas se convirtió en un robusto bastón, como si se hubiera forjado con las propias raíces de aquel árbol centenario, claramente se podía distinguir en el mango la forma de una cabeza de serpiente.

La capucha que cubría su cabeza no dejaba ver con claridad los rasgos de aquella cara, era como si al hablar, sus palabras salieran de una oscura y profunda cueva. Dando uno de sus largos pasos se acercó hasta Daniela, esta permanecía con su rostro mirando al suelo, en un gesto con su bastón levantó aquella carita de piel blanca, la estuvo observando en silencio, ella permanecía con sus ojos cerrados, bien apretados, evitando en todo momento que entrara ni una pizca de luz. De repente pudo escuchar en su mente, las palabras de aquel ser, la preguntaba como había podido verle aquella tarde en el mirador. En un acto de valentía Daniela abrió sus ojos, se encontraba a muy poca distancia de aquel ser, podía sentir en todo su cuerpo su presencia, era como tener un manto grueso y ligero al mismo tiempo, como si se tratara de una capa de invisibilidad, la hacía sentir parte de la propia naturaleza, parte de todo, ser el agua limpia y fría de la cascada, la hoja caída del árbol jugueteando con el aire, era una sensación muy extraña, pero a la vez muy gratificante. Aquella voz dentro de su cabeza la decía: -"Mira la seta, no la mires tan solo con tus ojos, hazlo con la luz que se haya en tu interior, desde tu propio yo"-. Automáticamente Daniela levantó la seta a la altura de sus ojos y pudo ver la imagen de sus padres hablando en el salón de casa, ella no podía hablarles, tan solo podía escuchar y ver aquella visión. Estaban hablando de aquella llamada de teléfono, la de la galería de arte, sin duda parecía ser una oportunidad de oro, el rumbo de la conversación era animada, aunque había que solucionar un delicado detalle, como decirle a Daniela que debían mudarse a otro lugar, que debería empezar de nuevo, otra vida, otro barrio, nuevos amigos. Se trataba de una ciudad grande y moderna, mamá iba a contar con su propia exposición de pintura, e iba a formar parte de una reconocida galería de arte. Quizás era el momento de regalarle la mascota, de asumir responsabilidades, era el momento de regalarle el perro que tanto deseaba, eso es lo que papá propuso.

En un gesto de negación con su cabeza, Daniela comenzó a reaccionar, abriendo lentamente sus ojos, se encontraba tumbada en el suelo, confusa, aturdida, escuchaba a lo lejos las voces de sus amigos que la llamaban, lo percibía como si se tratara de un eco en la lejanía de aquel bosque. -¿Donde está?, ¿ya se ha ido?- Quería saber donde se encontraba aquel ser encapuchado. -¡Tranquila Daniela, estoy aquí!- Abel con sumo cuidado sujetaba su cabeza. -Tengo la vista nublada, no puedo ver con claridad, además me pica la garganta-, Daniela se encontraba desorientada, Abel le pidió a Alex que le acercara su botella de agua para que Daniela pudiera beber. -¡Vaya si que tenía sed la bella durmiente!- esas fueron las palabras de Rober al ver que Daniela se había bebido la mitad de la botella.
-¡Cállate idiota, menudo rato hemos pasado!- le replicó Alex. -¡Daniela dime que te ha sucedido!- insistía Abel que estaba realmente preocupado por su chica. -Dirás que es lo que nos ha pasado a todos?- replicó Daniela aún algo aturdida. -¿A todos, como que a todos?.- contestó Abel -Si, todos le habéis visto, era real, era él, el del mirador... todos habéis visto sus poderes-. -Está peor de lo que me pensaba, definitivamente se ha vuelto loca- bromeó Rober como era habitual en él.
-¡Cállate!- Daniela se levantó muy enfadada con la ayuda de Alex y Abel. -Rober no te pases, es normal se habrá golpeado la cabeza- Alex quería suavizar un poco el ambiente. -¿La cabeza?- Daniela cada vez parecía más confusa. -Creo que un poco de chocolate nos vendrá bien a todos, una buena dosis de azúcar todo lo cura- el apetito de Rober consiguió sacar una sonrisa a sus amigos.

Durante la merienda los chicos le contaron a Daniela con todo tipo de detalle lo sucedido. Lo último que ella podía recordar con algo de claridad era poco más que haber cruzado el viejo puente para recoger las setas. Según le contó Abel, cuando quisieron darse cuenta Daniela se había separado del grupo, pensaron que habría ido a hacer un pis, no era la primera vez que lo hacía, se alejaba un poco, buscando un sitio discreto, y al poco volvía con sus amigos. Pero en esta ocasión, el tiempo pasaba y Daniela no volvía, empezaron a llamarla pensando que de un momento a otro aparecería con un montón de setas, así era Daniela, no dejaba de sorprender a sus compañeros de tardes inolvidables.

Con algo de dificultad Daniela empezó a contar a sus amigos como había sido aquel encuentro, como lo había vivido en su propia persona, era tan real, en la forma en que aquel monje siniestro la había dejado totalmente paralizada, sin habla, sin voluntad, como se había apoderado de su mente. En algunos momentos de su relato se la erizaba el bello, podía sentir el miedo en cada poro de su piel.
Abel la abrazó con fuerza, y le prestó su chaqueta, pues su Daniela tenía el cuerpo destemplado. -Tengo que admitir que ha sido espeluznante, supera con creces cualquiera de mis historias de terror- comentó Alex que se sentía fascinado por las palabras de su amiga. -Si, pero recordad cómo nos encontramos a Daniela, en el suelo, al lado de aquel árbol gigantesco, seguramente se tropezó con alguna de sus raíces-. Esas fueron las palabras de Rober, que haciendo una excepción no hizo gala de su habitual sentido del humor. -Así creemos que es como te golpeaste la cabeza y perdiste el conocimiento-.

De vuelta del Bosc de les Fades, los chicos propusieron a Daniela acompañarla hasta su propia puerta, no querían que se sintiera sola, y aunque Daniela insistió en no contar nada a sus padres, Abel aprovechó bien el tiempo para hacerla cambiar de opinión, sin duda esa cabecita necesitaba ser revisada por un médico.

-¡Bueno chicos siento el susto que os habéis llevado por mi culpa!-, con esas palabras Daniela se detuvo frente a la puerta de su edilicio. Abel estiró el brazo y tocó el timbre del portero automático. En pocos segundos se pudo escuchar la voz del padre de Daniela, aunque no se le escuchaba con claridad, parecía haber algo de bullicio en el piso.
Una vez abierta la puerta la chica les invitó a subir hasta su casa, por si tenían que quitar algo de hierro al asunto, y así no preocupar de más a sus padres. El ascensor se detuvo en la tercera planta, desde el pasillo que conducía a la puerta del piso de Daniela se podía escuchar algún que otro ladrido, no muy fuerte, pero si con claridad. -¿Es que alguno de tus vecinos tiene perro?- preguntó Abel. -Pues.... que yo sepa hasta hoy ninguno de mis vecinos tiene perro, aunque antes de salir esta tarde escuché a unos vecinos en el portal hablar sobre alguien que se iba a mudar a nuestro edificio, quizás se trate del nuevo inquilino-. Les aclaró Daniela.

Ya delante de la puerta, esperando a entrar, los chicos comentaban quien sería el encargado de llevar las setas a la clase de ciencias. La madre de Daniela abrió la puerta con una sonrisa, y de manera inesperada, apareció en medio del pasillo lo que parecía ser un cachorro de perro. ¡Podía ser verdad!, aquel cachorro no paraba de ladrar y acercándose de manera muy graciosa hasta los chicos, empezó a juguetear con los cordones a medio desatar de las zapatillas de Rober. Daniela no daba crédito a sus ojos, tan solo soltó un grito de alegría para terminar cogiendo en brazos a ese precioso cachorro, era perfecto. ¿Qué había pasado, como era posible que tuviera en sus brazos lo que tanto había deseado?., ¿por qué ahora?. Al contemplar aquella imagen el tiempo pareció detenerse lo suficiente como para inundar aquel pasillo de un mudo silencio, como si se tratara de una sombra fantasmal. Daniela podía percibir aquella presencia, la conocía, era la misma presencia que la había paralizado en el Bosc de les Fades, aterrada por escuchar el sonido de aquellas palabras frías y huecas dentro de su mente, era la misma voz, la voz de aquel monje siniestro.

-¡Chicos!- Daniela se volvió hacia sus amigos, su rostro lo decía todo.

Ángeles Calvo Sánchez-Cid
(16 de diciembre de 2019)

jueves, 14 de noviembre de 2019

EL CHICO QUE NO SABÍA BAILAR


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Sus primeros recuerdos le devolvían a esas noches, donde la música se había convertido en un acompañante, algo parecido a tener a un amigo invisible. Sus ojos expectantes quedaban detrás del frío cristal de la ventana, observando con toda quietud y en completo silencio el bullicio de las voces de aquellas personas, hombres y mujeres que se acercaban hasta la puerta del local. Unos lo hacían a pie, otros llegaban hasta la misma puerta en taxi, al tiempo que el parpadeo del luminoso azul y rosa se reflejaba en aquel rostro de un niño de 9 años.
Las voces que conseguían colarse hasta el interior de su habitación lo hacían en forma de palabras, en forma de risas. ¡Todos parecían ser tan felices!.
Algunas veces se imaginaba ser uno de aquellos hombres joven y apuesto, que solían ir acompañados por una bella mujer. Y era en ese momento cuando se preguntaba porqué habiendo un local de ese tipo tan cercano a casa, nunca había visto a sus padres entrar en el. Sabía perfectamente lo mucho que le gustaba a mamá la música, a menudo la recordaba tarareando aquella canción que tanto la gustaba y a la que siempre él le decía: -¡Es tu canción favorita!-, a lo que su madre añadía: -Si, esta canción me gusta casi tanto como tú- para acto seguido dibujarse en su rostro una sonrisa de felicidad.

Pero desde su partida se había instaurado una nueva regla, nada de acercarse a los discos. Desde que mamá se fuera de sus vidas el silencio se había instalado en su corazón, y la casa le parecía más grande y más oscura, permanecía muda, callada, como si el propio silencio aguardara volver a escuchar aquella voz alegre y jovial, la voz de Lidia su madre.
Pero los días pasaban y las semanas avanzaban, dando paso a los meses y en todo ese tiempo el propio silencio no le permitía escuchar. A veces con sus propias manos se tapaba los oídos, ese tipo de silencio hacía daño, dolía dentro.
Algunos días al entrar en casa se quedaba de pie, inmóvil, con su cuerpo pegado a la puerta, se hacía consciente de aquella realidad, siendo el silencio dueño de cada rincón de la casa.

Con la luz de su habitación apagada observaba como la noche se llenaba de vida, era una vida diferente, nocturna, llena de toda posibilidad, se moría de curiosidad, de ganas por conocer todo lo que acontecía con aquella música que no cesaba, y que podía escucharse con más fuerza cada vez que la puerta de "El Cielo" se abría o cerraba. Ese era el nombre que se podía leer en el luminoso: El Cielo.
Su mente voladora le llevaba a ser uno más dentro de aquel local, sutilmente estiraba su brazo, buscando con su mano un lapicero que cogía de encima de la mesa del escritorio y con sumo cuidado lo sujetaba entre sus dedos para acercarlo a sus labios, como si se tratase de un verdadero cigarrillo. Quizás luciría un pañuelo rojizo de suave seda en la solapa de su chaqueta que sin duda haría juego con el vestido de su chica.
Al escuchar el reloj de pared dar la hora contaba en voz alta cada campanada, -una, dos, tres,- hasta llegar a la décima, acercaba su boca lo más próxima al cristal y con su aliento caliente empañaba en forma de círculo parte de este, para acto seguido con su dedo índice dibujar un corazón, esa era la forma en que tenía de despedir el día. -Bellos sueños mamá, ¡hasta mañana!- Y al cerrar los ojos ya en su cama, recordaba esas mismas palabras: -Buenas noches mi querido Jhoni-, las que tantas veces había escuchado y que ahora tanto añoraba.

El viaje estaba resultado ser agradable, pocas semanas antes así lo habían decidido sus ganas de dejar atrás las prisas y las exigencias del día a día. La mente y el propio cuerpo demandaban un viaje diferente, pausado, le hacía falta un poco de tranquilidad y le había dado la forma de unas pequeñas vacaciones. Al fin y al cabo se trataba de volver a su pequeña ciudad, de reencontrarse con las gentes que le habían visto crecer.
Ya casi no recordaba cuánto tiempo había pasado de su última visita, que por cierto había sido para asistir al acto funerario de la tía Amelia, la hermana pequeña de su padre. Pero en esa ocasión había resultado ser un viaje relámpago. El tiempo justo para despedirse de su tía, un último adiós.
Los recuerdos de tía Amelia se agolpaban en su mente al compás del balanceo suave y constante del tren. Seguía recordándola con esos vestidos floreados y sus anchos cinturones que rodeaban su pequeña cintura. Solía acercarse a casa dos veces por semana para echar un vistazo y ver cómo nos iba.
Abrir la puerta de casa y reconocer ese olor avainillado, era saber que tía Amelia había estado en ella, inspirar profundamente e ir corriendo a la cocina en busca de sus famosas tortitas, esa sin duda, era la mejor recompensa que el día podía ofrecerme.

Desde la ventana de su compartimento observaba el paisaje, sus colores, a lo lejos la textura y forma de las nubes, del mismo modo que lo hacía de niño, cuando se  tumbaba en el suelo de la pista del colegio, buscando su objetivo, la nube perfecta, sus ojos inquietantes se perdían en el cielo inmenso. Estiraba sus brazos hacia el cielo para que los dedos de sus manos adoptaran la forma de un recuadro, y así de este modo, cerrando uno de sus ojos poder enmarcar aquella silueta única y original que la nube y su mente habían dado forma.
Cerró los ojos para descansar la vista, había estado leyendo las palabras que había escrito para su discurso, debían de escucharse sencillas, con un toque de calidez y cercanía, simplemente debían ser las palabras adecuadas, pues no quería causar la impresión de ser una persona exitosa. Al fin y al cabo la fotografía era su vida y su ciudad natal había tenido a bien otorgarle un reconocimiento por ver el mundo a través de un objetivo.
Se quedó traspuesto poco más de media hora, sintiendo como una sensación liviana de bienestar recorría todo su cuerpo, es como si el tiempo se hubiera detenido unos segundos, el suficiente para hacerle sentir libre de toda carga, de toda preocupación. Tenía la sensación de haber soñado con aquella tarde, cuando después de terminar los deberes del cole, salió a la calle a tirar la basura, esa era una de las tareas que le había asignado papá. Observó que al final de la calle, tocando a la esquina había aparcado un furgón de gran tamaño, con las puertas traseras abiertas de par en par, y a unos hombres hablando en voz alta, parecían no ponerse de acuerdo en cómo bajar la mercancía, que por el rumbo que tomaba la conversación debía tratarse de algo grande y delicado.
Decidió acercarse hasta el furgón para averiguar qué es lo que se hallaba dentro, que era lo que provocaba tanta preocupación a aquellos hombres, y así de ese modo se plantó a pocos metros del furgón, buscando un buen ángulo, que le permitiera tener una buena visibilidad, no quería perderse ningún detalle. Quedó gratamente sorprendido al descubrir que se trataba de un enorme piano, o al menos a él le parecía muy grande. Era negro, muy brillante, el mero echo de contemplarlo  imponía respeto. De manera inconsciente hizo lo habitual en él cuando algo le gustaba lo suficiente como para atraer su atención. Puso sus manos en forma de objetivo y por el recuadro de sus dedos enmarcó aquel piano que se encontraba a punto de ser descargado.
De repente una voz gruesa le sacó de aquella fotografía perfecta. -Tu chico, déjate de jugar y entra a avisar a la señora Elisabheta, dila que su piano está aquí-. Se quedó callado, no sabía muy bien que decir, esas palabras le habían pillado por sorpresa. -¡Que pasa!, ¿no me has oído?- le replicó aquel hombre de tamaño corpulento.
-Entra en el local y avisa a la señora, que no estoy para perder el tiempo-.
Sus ojos se alzaron mirando la puerta de aquel local, se trataba de El Cielo, y empezó a caminar hacia la puerta principal, balbuceando aquellas palabras: -Elisabheta, la señora Elisabheta-.
-Si, exacto la dueña del local, empuja la puerta y entra para avisarla de que ya estamos aquí-.
Según avanzaba hacia la puerta de El Cielo, sentía en su pecho el ritmo trepidante de su corazón, esta vez no tendría que imaginar cómo seria estar dentro, no habría de por medio el frio cristal de la ventana, tan solo tenía que seguir caminando en una única dirección.
Al llegar a la puerta se detuvo unos segundos, al encontrarse de pie, tan cerca, no pudo evitar levantar su mirada para ver su altura, desde ese punto de vista la puerta le parecía mucho más grande que desde la ventana de su habitación.
Tomó aire y empujó con fuerza la puerta, pues esta era de tamaño grueso, pintada en color negro y con una especie de pequeña ventana a modo de mirador. Un gran marco metálico plateado rodeaba toda la puerta. En la noche, cuando se reflejaban las luces de los faros de los coches este solía brillar intensamente, de manera cegadora.
Al entrar se encontró en una pequeña sala, había poca iluminación, pero pudo percatarse de que se trataba del guardarropía por el mostrador de madera que se encontraba a un lado de la sala y la larga barra plateada de la cual colgaban numerosas perchas vacías.
Se adentró con sumo cuidado hacia el interior del local, para ello tuvo que abrirse paso por una espesa cortina de cristales brillantes en tonos azules y rosados, en el centro de la cortina se podía leer "El Cielo". Le llamó la atención el sonido de aquellos cristales que parecían no callarse en medio de aquel silencio tan profundo.
Según se acercaba al centro del local observaba las pequeñas luces de emergencia que permanecían encendidas, y al verse tan solo, empezó a llamar en voz alta a la señora Elisabheta tal y como le había ordenado aquel señor.
-Elisabheta, busco a la señora Elisabheta, ¿no hay nadie?, el piano espera en la calle-.
De repente para su sorpresa se encontró rodando por la pista de baile, alguien le había bloqueado, sintió como un cuerpo le derribaba, y en ese momento el miedo y la confusión se apoderaron de él por completo.
-El piano, el piano está fuera, suélteme yo no he hecho nada malo-, su voz retumbaba en toda la sala.
El sonido de unos tacones acercándose y una voz femenina le otorgaron algo de paz a la angustia tan grande que sentía en esos momentos.

-Dániels, haz el favor de soltar al muchacho, ¡ahora mismo, me has escuchado bien,  venga levanta del suelo!-.
Notó como el peso sobre su cuerpo se hacía menor, y aprovechó ese momento para levantar su cara del suelo, para averiguar que había podido pasar, aún sentía algo de miedo y confusión.
Aquella imagen se quedaría grabada de por vida en su retina, se trataba de la señora Elisabheta, era... era sencillamente perfecta, alta, de esbelta figura, con unos ojos grandes y azules como el mismo cielo, sus labios perfectamente maquillados, y su pelo rubio caía desenfadado de un recogido medio suelto.
-Dániels ayuda al muchacho a levantarse del suelo, cuántas veces hemos hablado de la hospitalidad y de ser amables con las personas que nos visitan-. Esas fueron las palabras de la señora Elisabheta.
Una pequeña mano le tendió la ayuda para levantarse del suelo, al estrechar aquella mano descubrió el rostro de un niño, era un niño diferente a cualquier otro niño que hubiera conocido hasta ese momento. Los rasgos de su cara transmitían bondad, quedaba claro que era un chico diferente.
-Dime... ¿Cómo te llamas?- Preguntó la señora Elisabheta mientras se acercaba al cuadro de luces para iluminar la sala.
-Me llamo Jhoni- respondió el muchacho observando que Dániels no dejaba de mirarle, y seguía aferrado a su mano.
-El señor del furgón me ha ordenado que la diga que su piano está listo para ser descargado, está en la calle, aguardando a que usted salga-.
-Gracias Jhoni, eres un chico muy responsable, y terminas de darme una grata noticia. ¿Has oído Dániels? el piano ya ha llegado, salgamos a la calle-.
Aquel niño de rostro diferente permanecía cogido de la mano de Jhoni, de lo cual la señora Elisabheta ya se había percatado. -Dániels puedes soltar a Jhoni, tranquilo no va a escaparse, todo lo contrario, nos va a ayudar a entrar el piano. ¿Qué te parece Jhoni?-.
Aquellas palabras le parecieron algo magnífico, iba a ayudar a la señora Elisabheta con el piano y además tendría una nueva oportunidad para ver el interior de El Cielo, y esta vez esperaba poder hacerlo con un poco más de tranquilidad.
-¡Claro que voy a ayudarles, en cuanto Dániels me suelte la mano!- y esas fueron las palabras adecuadas para que el muchacho liberase su mano.

Mientras salían al exterior la señora Elisabheta exclamó:-¿Sabes una cosa Jhoni?-, -¿Qué señora?- Jhoni permanecía atento a todo lo que la señora Elisabheta pudiera decirle. -Le has caído bien a mi hijo Dániels, él es un chico muy especial, posee un instinto natural para descubrir a la personas buenas-. Jhoni preguntó: -¿Especial?- cada vez se sentía más atraído por el misterio de aquellas palabras.
-Si, especial, diferente, el tener un cromosoma más le otorga ese don-. Jhoni no entendió muy bien aquellas palabras, lo que podían significar, pero le había quedado claro que aquel muchacho que le había arrollado en la pista, era alguien especial.
Cuando Jhoni abrió la puerta, la luz de la calle le cegó por un instante, sus ojos eran claros, de un cristalino verde, había sacado los ojos de mamá.
-Buenas tardes caballeros- Saludó la señora Elisabheta.-Entren con sumo cuidado el piano, no quiero desperfectos-.
Aquellos hombres se pusieron manos a la obra, y con sumo cuidado empezaron a bajar el piano, bajo la atenta mirada de la señora Elisabheta.
-Dániels, entra y dá las luces para que podamos ver con claridad. Y tú Jhoni sujeta la puerta para que estos caballeros puedan entrar el piano-. Desde luego que la señora Elisabheta sabía dar órdenes.
En poco menos de media hora el piano quedaba dentro del local, en el sitio exacto que había dicho la señora Elisabheta.
Una vez pagado el porte y acompañado a la puerta a los empleados del furgón, la señora Elisabheta poniendo una de sus manos en el hombro de su hijo y su otra mano en mi hombro exclamó: -¡Alguien se ha ganado un batido de chocolate!, ¿te gustan los batidos Jhoni?- y antes de que pudiera contestar Dániels dijo con mucho ímpetu - ¡Me encantan los batidos, soy el rey del chocolate!-, y en ese preciso instante, nos pareció algo tan gracioso que no tuvimos por menos que romper a reír.
Las palabras de Dániels sonaban diferentes, parecían tener otro tipo de acento,  como si tuviera alguna dificultad para vocalizar.
Después de tomarnos aquel rico batido de chocolate, la señora Elisabheta nos dijo que había llegado el gran momento, había que descubrir como sonaba el piano, era el momento de probarlo.
Dániels seguía con esa manía de no quitarme los ojos de encima, me observaba en silencio al tiempo que sonreía, no sabía muy bien como tomármelo.
La señora Elisabheta ya sentada delante del piano, estiró sus brazos y con la delicadeza especial de sus manos empezó a tocar una bella melodía.
No podía hacer otra cosa que admirarla en silencio, y dejarme llevar por el sonido que desprendían aquellas teclas blancas y negras. -¿Te gusta la música?- me preguntó con voz serena.
-Si, es muy bonita y usted toca muy bien-, a lo que la señora Elisabheta contestó: -Por favor, no me llames de usted, con Elisabheta es suficiente- ese pequeño detalle hizo que Jhoni se sintiera mejor.
De repente Elisabheta cambió de melodía y empezó a tocar una alegre canción, a los pocos segundos se puso en pie y nos dijo animadamente: -¡venga chicos a bailar!-.
Esas palabras fueron como un resorte para Dániels, que dando un salto se colocó en el centro de la pista y empezó a bailar de manera efusiva, moviendo sus brazos de arriba a bajo, sus piernas tenían buen ritmo, y dando numerosas vueltas.
En esta ocasión era Jhoni quien no podía dejar de mirar a Dániels, y fue el pequeño empujón de Elisabheta lo que hizo que se acercara a la pista. -¡Venga Jhoni!.. anímate un poco, que seas de los primeros en disfrutar de la música de este piano-.
En ese momento Jhoni no podía reaccionar, no quería entrar en esa pista de baile, a pesar de las muchas veces que lo había imaginado en su mente, cuando se moría de ganas por entrar y descubrir los secretos de El Cielo. Pero sus pies no se movían, le hacían permanecer inmóvil, sin poder avanzar ni tan siquiera retroceder.
Dániels por el contrario no paraba de bailar, se lo estaba pasando muy bien, su cara lo decía todo, parecía muy feliz.
De repente la música cesó y a su lado estaba Elisabheta, que tomándolo de la mano, le susurró al oído: -Bailar es lo más parecido a volar-, -¡pero... pero yo... es que yo, yo no sé bailar!-, acertó a decir con dificultad. -No te preocupes Jhoni estás en el lugar apropiado-.
Con gran delicadeza le hizo pisar el suelo de la pista, Jhoni se sentía nervioso, no quería causar una mala impresión a Elisabheta, sentía como su tripa empezaba a dolerle y no podía dejar de pensar en lo ridículo que se sentía. Incluso aquel niño de rasgos diferentes sabía llevar mejor el ritmo.

Elisabheta se situó frente a Jhoni, le soltó la mano y acto seguido llamó a Dániels. -Dániels, vamos a enseñar a tu nuevo amigo como se debe bailar, empezaremos con pasos sencillos y lentos.
La posición corporal es muy importante, cuando bailas con la persona adecuada, tu cuerpo debe ser como un espejo donde se pueda mirar tu pareja, si consigues esto, pasaréis a ser dos cuerpos con un mismo alma.-
Dániels se situó frente a su madre, con el cuerpo erguido, los hombros perfectamente alineados, y aquellos ojos azules se clavaron en los ojos de Elisabheta, estaba preparado y parecía muy concentrado.
Elisabheta tomó la mano de su hijo y con sumo cuidado le cogió su otra mano para acercarla hasta su cintura.
-Bien empecemos, un, dos, tres, un dos, tres-, Elisabheta marcaba los pasos y esa visión de verlos bailar por la pista era algo fascinante, parecían no tocar el suelo. No había visto hasta ese momento a dos personas bailar con tanta elegancia.
Sin darse cuenta, Jhoni de manera espontanea comenzó a aplaudir y Elisabheta y Dániels inclinando sus cabezas hicieron un gesto de agradecimiento al pasar bailando por su lado.
De repente se pararon y Elisabheta le pidió a Dániels que tocara al piano una pieza sencilla, Jhoni estaba realmente sorprendido con aquel muchacho.
-Te dije que Dániels era un chico especial-, esas fueron las palabras de Elisabheta al ver la cara de sorpresa de Jhoni.
Acto seguido en cuanto empezaron a sonar las primeras notas, Elisabheta se situó en medio de la pista y estirando su brazo le pidió a Jhoni que la acompañara.
Todo fue sencillamente perfecto, desde el momento que estrechó su mano, y se vio reflejado en aquellos cristalinos ojos, supo que lo conseguiría, Elisabheta le transmitía confianza, le hacía sentir bien. Era la misma sensación de cuando Lidia, su madre le decía: -No te preocupes Jhoni, todo va a salir bien- y en ese momento podía sentir paz, tranquilidad, como si se tratara de una ráfaga de aire fresco que al traspasar su cuerpo le despojase de toda inquietud.
Los pasos empezaron a ser más largos, más seguros, sentía felicidad, estaba bailando con una preciosa mujer y había conocido a un chico que resultaba ser a parte de sorprendente muy especial.

Cómo podía ser que aquellas dos horas que había compartido junto a Elisabheta y Dániels habían pasado tan rápido, el tiempo parecía haber volando dentro de aquella sala. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan bien, tan feliz, y lo mejor de todo, Elisabheta al despedirlo con dos besos le había dicho: -Puedes visitarnos siempre que lo desees, estoy segura de que Dániels se alegrará mucho de verte- .
-Si quiero verte, ahora ya somos amigos- las palabras de Dániels llenaron de alegría a Jhoni, quien después de dar unos pasos se paró para voltearse y decir: -Adiós amigo, volveremos a vernos-.
Se moría de ganas por llegar a casa y contárselo todo a su padre, aunque pensándolo bien, era miércoles y los miércoles papá tenía reunión en la oficina, con lo cual no podría hablar con él hasta por la mañana a primera hora, pero pensó que dejarle una nota encima de la mesa al lado de un sándwich sería algo que le gustaría.
Albert el padre de Jhoni llegó esa noche algo más tarde de lo habitual, rondando las once, con sumo cuidado cerró la puerta de casa y apagó la lámpara de pie, que Jhoni tenía costumbre de dejar encendida.
Una vez despojado de su abrigo, y quitado la corbata, al tiempo que se subía los puños de su camisa, se acercó a la cocina para tomar un vaso de agua, le sorprendió la nota que su hijo le había dejado al lado del sándwich, esta decía así: -Querido papá, espero que hayas tenido un día tan fantástico como el mío. Mañana te veo, que te aproveche el sándwich, firmado tu hijo Jhoni-. Sin duda, esa nota, hizo que llegar a casa después de una larga jornada de trabajo mereciese la pena.

Tan sólo quedaban un par de paradas para llegar a su destino, en menos de una hora se encontraría con su padre, la noche anterior le había recordado la hora de llegada cuando hablaron por teléfono.
Por momentos podía sentir en su interior  un remolino de emociones encontradas. Aún conservaba en su cartera aquella foto que años atrás siendo niños les había hecho Elisabheta.
En su recorrido profesional había hecho cientos de fotos, quizás miles, algunas muy buenas, merecedoras de un premio. Pero sin duda para Jhoni no existía una foto más perfecta que la que llevaba en su cartera, la de dos niños abrazados, sonrientes, ambos cómplices de conocer la soledad, de sentir el vacío en sus corazones.
Ser un chico con Síndrome de Down en una pequeña ciudad significaba estar destinado a la incomprensión y no ayudaba nada saber que su padre los había abandonado a los pocos días de nacer Dániels, eso no podía ser entendido, sólo quedaba una única opción y era aceptarlo. Hoy en nuestros días un acto así se consideraría una falta total de integridad, amor y responsabilidad.
Y por otro lado me encontraba yo, un niño en lucha constante por acallar un silencio que se vestía de ausencia, de falta de amor maternal, era ese chico que todos miraban con pena, un hombrecillo sin madre.
Pero el destino nos tenía reservado algo muy especial... “Salvarse mutuamente”, si salvarnos el uno al otro. No todos los niños tenían un local como El Cielo, donde poder bailar hasta caer extenuados al suelo. Sin duda fue la mejor terapia para poner algo de luz a esos días grises, llenando de risas esas tardes donde la ausencia se hacía presente.

Siempre estaré eternamente agradecido a Elisabheta, esa maravillosa mujer, la que supo tocar el alma de un niño de 9 años, el "chico que no sabía bailar". Fue lo más parecido a tener una segunda madre. A ambos los querré hasta el último suspiro de mi vida, y siempre cumpliré mi palabra, la de escribirles una carta allá donde mi cámara me lleve. Y el pensar en ese momento, el de recibir mi carta, en como Elisabheta pondrá en cada una de mis palabras la entonación adecuada, el mero hecho de imaginarlo, me llena de total felicidad. Ellos son mi niñez, mi vida y mi corazón.

Con esas palabras pondría fin a su discurso, cerró su cuaderno, y guardó la  fotografía en su cartera. Tenía que prepararse para bajar, terminaban de anunciar por megafonía la próxima parada, le tocaba apearse en esa estación, había llegado a su destino.
Poniéndose de pie observó como el tren reducía la marcha para entrar en la estación, desde la ventana de su compartimento se podía ver a las personas que permanecían de pie aguardando la llegada del tren. El tren se detuvo, y según avanzaba por el pasillo pudo percatarse de que se encontraba en casa, pues allí estaban de pie esperando a recibirlo, su padre, Elisabheta y el chico especial.


Ángeles Calvo Sánchez-Cid
(13 de noviembre de 2019)

domingo, 20 de octubre de 2019

MIEDO










Mi cuerpo conoce el miedo,
el de tu ausencia,
ese miedo que araña las paredes y llena el espacio de soledad,
donde el anhelo de mis ojos te grita en silencio por verte una vez más.

El frío de la noche conoce el miedo, 
ese que se desliza sutilmente,
para habitar mi mente de sombras,
apagando la luz de tus palabras, 
el sonido de tu voz y tu propia sonrisa.

Mis manos conocen el miedo, 
cuando las fuerzas se desvanecen en un nuevo intento por aferrarme a ti, 
apretar los puños y sentir entre mis dedos el cosquilleo de tu ausencia, 
te haces libre como la fina arena.

Mis días conocen el miedo, 
y mi ser la soledad, sentir en el alma...
¡Que todo mi corazón fue poco para ti!

Ángeles Calvo Sánchez-Cid
(18 de octubre de 2019)




sábado, 28 de septiembre de 2019

EL ENCUENTRO


De nuevo frente a ti...
Los viejos fantasmas se pasean por la mente,
fieles guardianes de los recuerdos,
de ese momento, el de mi promesa,
cuando mi corazón te dijo que regresaría de nuevo a ti.

La fuerza de tu presencia corta mi respiración,
y siento en mi garganta un nudo fuerte y grueso
que lucha por escaparse,
por hacerse libre y gritar tu nombre.

Todo se desvanece,
la brisa en mi rostro se llena de olvido,
quedando los días atrás,
llenando mi alma de todo vacío,
siendo tú su único dueño,
el que conquista y habita su espacio.

Sentirse liviano,
ligero de todo equipaje,
vestir mi cuerpo de tus abrazos,
y dejar de sentir, de recordar,
para no ser nada ni nadie,
borrar mi ser, y renacer de nuevo.

Ángeles Calvo Sánchez-Cid
(15 de septiembre de 2019)



miércoles, 28 de agosto de 2019

SUEÑO


Sueño, porque soñar quiero...
Cerrar los ojos y ser una gota más de la espesa lluvia.

Sueño, porque soñar quiero...
Ser el frescor de la brisa que acaricia tu frente,
y juguetea con los mechones de tu pelo.

Sueño, porque soñar quiero...
Haciendo libre mis pensamientos,
mis palabras vuelan hacia ti como paloma mensajera.

Sueño, porque soñar quiero...
Se me antoja ser noche,
ser duende, ser dueño de tus sueños.

Sueño, porque soñar quiero...
Siendo el eco de tus silencios,
aguardando ver tu sombra a la vuelta de la esquina.

Sueño, porque soñar quiero...
Ser valle que recorre tu cuerpo,
y aliento que ahuyente tus lamentos.

Sueño, porque soñar quiero...
Haciendo mía tu sonrisa,
tus motivos y razones.

Sueño, porque soñar quiero...
Porque al corazón no se le reprocha si es sincero,
que soñarte en vida es mi deseo.


Ángeles Calvo Sánchez-Cid
(26 de agosto de 2019)

sábado, 10 de agosto de 2019

El León Rojo










Calle abajo corría el agua de manera libre y salvaje saltando y rodeando cualquier obstáculo que encontraba a su paso. Era una tarde de otoño, de lluvia torrencial, en apenas unos minutos el cielo quedó cubierto de grandes nubes que devoraban a su paso la luz que hasta ese momento había dado vida a las calles de la ciudad.
Un cielo oscuro, de bravíos relámpagos, decidieron adueñarse de las calles, de sus plazas, de los parques, de las amplias avenidas, para dejarlas en pocos minutos vacías y solitarias.

Ella corría sin sentido alguno, apenas podía ver por donde pisaba, y sus altos zapatos de fino tacón le dificultaban la labor. Con una de sus manos sujetaba el cuello de su chaqueta en un intento desesperado de protegerse de la lluvia que caía sin piedad en ese momento, y con su otra mano sujetaba su periódico a modo de paraguas, tapando su cabeza, aunque para entonces las noticias del día empezaban a desdibujarse. Las gotas de tinta se deslizaban sutilmente, como si se tratase de una carrera de tonos negros y grisáceos por alcanzar los finos y largos dedos de la joven, abrirse paso y terminar por conquistar su mano.

Pensó en la parada de bus que hubiera más cercana para refugiarse debajo de la marquesina, aunque corría apresurada sin tener mucha certeza de la distancia que la separaba de la parada del 25. Apenas podía levantar su mirada del suelo, intentando sortear los charcos y algunas lagunas de agua que se habían formado sobre el asfalto. Los árboles se despojaban de sus hojas otoñales, y estas parecían convertirse en pequeños veleros de papel navegando calle abajo, era curioso su movimiento, algunas hojas boca arriba parecían convertirse en pequeñas estrellas, jugueteando y dando vueltas sin parar.

Por un momento sus ojos quedaron atrapados en el luminoso de color rojo que colgaba de la fachada de un local cercano, se podía leer "El León Rojo", captando su atención, y observando el modo en que la lluvia y las ráfagas de aire hacían que se balanceara de manera brusca hacia delante y hacia atrás. Por momentos aquel luminoso cuadrado parecía recobrar vida, como si aquel león de formas desproporcionadas, fuera a saltar en un acto libre y natural. Para la joven no pasaba desapercibido el tamaño de su cabeza más bien grande, quizás algo exagerada, eso hacía que su cuerpo y extremidades pareciesen más pequeñas de lo normal.
Sus ojos desprendían una mirada de rojo fuego, ese aspecto se lo otorgaba el color intenso y brillante del luminoso, y a la oscuridad que reinaba a esas horas en el callejón.

Redujo el ritmo de sus pasos para acercarse un poco más y averiguar qué tipo de local podía llegar a ser, sentía sobre sus hombros el peso de la lluvia, que iba calando en ella según avanzaba poco a poco, pensativa por saber que tipo de ambiente albergarían aquellas paredes una vez cruzada su puerta. Su mente ágil barajaba las diferentes posibilidades, sus pensamientos eran rápidos y fugaces, le permitían hacerse una imagen real en su cabeza. Por momentos imaginaba un ambiente oscuro y frío, con una decoración poco apropiada, a sus sentidos parecía llegarle esa mezcla de olor a humo y ambiente cerrado, quizás estuviera relacionado con algún tipo de negocio chino, el letrero de "El León Rojo", la tenía bastante desconcertada. A cada paso que daba acercándose al local, su prudencia le hacía creer que al final tan solo se trataría de un "garito de poca monta". A primera vista no le inspiraba mucha confianza, y no recordaba haber visto antes ese local. Le era por completo desconocido.

En pocos segundos se encontraba sola, de pie, empapada, frente aquella puerta, inmóvil. Sus ojos empezaron a recorrer cada poro de esa puerta, era una puerta gruesa de color negra, a pesar de la pintura, se podía apreciar la forma natural de la madera, sus líneas, sus nudos, en medio de la puerta a modo de llamador una cabeza de león en un dorado metalizado. Ella pensó qué tipo de local necesitaría un llamador en su puerta, tenía que reconocer que ese detalle le otorgaba un halo de misterio. Tuvo la tentación de acercarse un poco más y pegar su cabeza, pensando que quizás de ese modo podría escuchar algún tipo de sonido o conversación que perteneciera al "León Rojo".

Una voz masculina, de tonalidad fuerte, la sacó de inmediato de sus pensamientos.
-La puerta es original de los años cincuenta, elaborada con la mejor madera de roble-. Ella tan solo pudo voltear su cabeza para replicar a modo de enfado el susto que acababa de recibir. -¡Será posible,! ¿Es que no ha visto el susto que me ha dado,? ¡Casi me para el corazón!-.
-¿Que si lo he visto...? ¡Sinceramente no!-. Y en ese preciso instante se dibujó una sonrisa en el rostro de aquel extraño que parecía haber salido de la misma nada. Para añadir a continuación -Si ha terminado de admirar la puerta, podría hacerse a un lado para dejarme entrar señorita de tinta... -¡Qué, cómo... señorita de tinta!- Replicó al tiempo que se colocaba a un lado de aquella puerta, dejando la entrada libre.

Dando un par de pasos, aquel extraño se situó delante de la puerta y palpando con su mano izquierda, buscó la cerradura que quedaba cubierta por una pequeña pieza metálica de color negro en forma de cabeza de león. -¿No cree que si se quitara esas ridículas gafas oscuras le resultaría más sencillo encontrar la cerradura?, me atrevo a decirle que con la que está cayendo la luz más bien es escasa, por si usted no se ha dado cuenta-, aquellas palabras iban vestidas de una fina ironía, no le quitaba ojo y de este modo observaba como aquel hombre de mediana edad sacaba de su bolsillo unas llaves que llevaba sujetas a una cadena.

Sin inmutarse y con la llave dentro de la cerradura, al tiempo que hacia girar la llave, ladeó suavemente su cabeza que iba protegida con un sombrero algo usado pero a la vez elegante y se dirigió a la joven con aquella voz tan peculiar. Era sin duda una voz masculina, fuerte, pero con tonalidades suaves, sutiles, podría decirse que se asemejaba a la voz de un cantante de blues.
-Por cierto, mi nombre es Leo, si me hace el favor de sujetar un momento la puerta, apenas serán unos segundos, los suficientes para desconectar la alarma-. Ella sin mediar palabra sujetó la puerta tal y como le había indicado aquel extraño que ahora ya tenía nombre, Leo. Al verlo entrar en el local se percató de su altura, así como de los mechones de pelo que sobresalían de su sombrero.

El local permanecía mudo a oscuras, en la calle el sonido de la lluvia no cesaba, así como las notas agudas de algunos goterones de agua al caer sobre algún tejadillo de plástico. Le pareció que desconectar la alarma requería más tiempo del estipulado, por lo que la chica alzando el tono de su voz preguntó -¿Por ahí adentro... todo va bien?-, y en ese preciso instante un fogonazo de luz amarillenta hizo que sus ojos pestañearan un par de veces.

Dentro del local se escuchó la voz de Leo que muy animadamente dijo -¡Fuera tinieblas, hágase la luz!-. Esas palabras provocaron al instante en la joven una espontánea carcajada, le pareció una imagen graciosa, en el centro de la sala Leo con los brazos extendidos, su rostro inmóvil con esas gafas oscuras, y una gran sonrisa, parecía la escena perfecta de un anuncio televisivo.
-Chica de tinta ¿además de una preciosa sonrisa, tienes nombre?- Leo permanecía en el centro del local esperando oír la respuesta de la chica.
-Angélica- respondió la joven que permanecía de pie sujetando la puerta aún abierta.
-¿Como dices?, acércate, o más bien entra dentro, ¡sabes una cosa aquí no llueve!- Angélica entró en el local, soltando la puerta con cuidado de que no golpeara para evitar el posible portazo.

-Angélica, mi nombre es Angélica, ¿es que tienes problemas con el oído?- contestó la chica que tan solo había dado un par de pasos. Empezó a curiosear observando los detalles de aquel local que parecía a simple vista no disgustarla mucho.
-¡Sordo nooooo, pero invidente si!- respondió Leo que permanecía inmóvil en el centro de la sala. Ante aquella respuesta Angélica tardó unos segundos en contestar, no estaba segura de haber entendido correctamente las palabras de Leo.
-¿Cómo, qué quieres decir, que eres...?- y antes de que la joven pudiera terminar la frase, Leo contestó -¡Ciego, soy ciego!-.

El tiempo se detuvo entre ambos, el silencio que se creó en esos instantes parecía más grande que la propia sala. Leo dando la espalda a Angélica se acercó a la barra para dejar su sombreo y su chaqueta encima. Era una barra de madera maciza de color caoba, preciosa, tendría algo más de dos metros de longitud, muy bien cuidada para los años que llevaría en ese local, sin duda era una barra diferente, con personalidad, Angélica no recordaba haber visto una barra de ese estilo.

-¿Te apetece pasar al baño y secarte un poco?- Le propuso Leo mientras se disponía a servirse una copa. -Pues no sé- el tono de voz de la joven titubeó por unos instantes a modo de duda, no terminaba de entender cómo había podido terminar dentro del León Rojo. -Tranquila, pasa al baño, aquí no hay nadie que pueda verte, tan solo estamos tu y yo, una chica de tinta calada hasta los tobillos por el agua y un joven afortunado de poseer una puerta que hipnotiza a las mujeres guapas, pero en especial a las chicas de tinta-.

-El baño se encuentra detrás de la cortina de rubíes, en el pasillo, antes de llegar al baño encontrarás un baúl algo viejo y desgastado por su uso, ábrelo, en el se guardan algunas toallas limpias y secas, seguro que te vendrán muy bien-.
-De acuerdo- asintió Angélica con un gesto natural de su cabeza. Tenía los pies empapados por el agua, además de sentirlos doloridos por haber corrido sin control alguno bajo la lluvia. Se acercó a la cortina y con delicadeza se abrió paso con su mano haciendo que las piedras rojizas y acristaladas de la cortina la dieran acceso al pasillo.
Una vez dentro le resultó agradable escuchar aquel sonido, el que producía aquella cascada de piedras en movimiento al roce de unas con otras.
Se detuvo a mitad del pasillo para observar el balanceo de aquella cortina, que más bien parecía sacada de otros tiempos, seguramente en su día habría pertenecido a otro local, aunque la resultaba sencillo imaginársela en un club de los años cincuenta. Aquel acompasado movimiento y la melodía de las piedras parecía transportarla a otro lugar, a otro tiempo.

Tal y como le había dicho Leo el baúl contenía unas toallas limpias y secas. Lo primero que hizo al depositar las toallas en la repisa de mármol, fue observarse en el espejo, tenía una pinta bastante desastrosa, incluso una de sus mejillas estaba manchada por su máscara de pestañas de color negro. Sin dejar de contemplar su rostro, se agachó lo suficiente como para quitarse los zapatos, eran bastante altos y estaban completamente empapados por el agua. -¡Que pinta tengo!- se dijo así misma mientras se despojaba de su chaqueta y comenzaba a secar su cuerpo.
Se quitó las medias y las puso a secar en uno de los secadores que disponía el baño, al ser de aire caliente no tardarían mucho en secarse, o al menos quitarían algo de humedad.

Debido al ruido que producía el motor del secador y en su empeño por secarse lo mejor posible, no se percató de la presencia de Leo hasta que éste le preguntó- ¿Todo bien chica de tinta?-, -que manía la tuya de aparecer cuando una menos se lo espera, podías haber llamado a la puerta- le replicó Angélica. -Eso hice, pero creo que con el ruido del secamanos no me has oído-. Sus palabras sonaron pausadas y en un tono amigable. -Oye Leo quería disculparme por los comentarios que te hice afuera en la calle, sobre tus gafas oscuras, espero no haber sido muy impertinente, yo no...- Antes de que Angélica pudiera terminar su frase, Leo la interrumpió, -tranquila no pasa nada, sinceramente con la que estaba cayendo no era el momento ni el lugar para presentaciones formales. Solo quería saber si todo iba bien, ¿necesitas algo?-.

-Lo primero que necesito es darte las gracias, ¡y no estaría mal algo de beber! lo que quieras, o más bien lo que tengas, lo dejo a tu elección- El tono de la joven para entonces sonaba algo más relajado, tenía una voz suave, delicada y poco a poco iba desapareciendo la incertidumbre del principio, la que le provocó el entrar a ese local con un completo desconocido.
Al fin y al cabo el tiempo que hacía no era como para estar en la calle o esperando la llegada de algún bus nocturno, y Leo estaba demostrando ser una persona sensata, aunque tenía que reconocer que el saber que era ciego, le otorgaba una confianza por decirlo de algún modo "añadida".

-¿Te gusta el café irlandés?- le preguntó Leo con gran decisión. -¿Que si me gusta el café...? me encanta, soy una adicta al café, a todo tipo de café, a excepción del largo, me sabe a aguachirri-.
-¿Aguachirri...? qué es esa expresión señorita-. Le resultó tan graciosa la forma en que Leo tuvo de hacerle la pregunta, y el gesto de su cara, que no pudo por menos que echarse a reír en un descontrolado ataque de risa, mientras Leo se alejaba por el pasillo diciendo: -”aguachirri... aguachirri...”-.

Ya algo más adecentada, con su cara limpia, sus ropas algo más secas y los zapatos en las manos, decidió salir del baño para reunirse con Leo. Se percató del aroma a café que provenía de la sala del local, pero lo que más llamó su atención en ese momento fueron unas bellas notas de música, que parecían poder hablar por si solas. Avanzaba lentamente, caminando descalza, con suavidad, para no perderse ninguna de aquellas notas, se detuvo ante la cortina de rubíes, buscando con la mirada la procedencia de aquella música, descubrió que en uno de los lados del local, al fondo, prácticamente en penumbra había un piano y que algún tipo de alma delicada acariciaba sus teclas.
Debía de tratarse de algún pianista reconocido y con esa idea fija en su cabeza salió decidida a preguntar a Leo, quería averiguar de quién se trataba, quién podía estar sentado frente aquel piano. Seguramente habría entrado al local mientras ella se encontraba en el baño.

Según avanzaba por el local, observó que había algo más de iluminación, se trataba de unos farolillos que colgaban de lo alto de la barra, haciendo que el local cobrara otro tipo de vida. Miró a la barra esperando encontrar a Leo con los cafés, sin embargo la barra permanecía vacía, ni rastro de Leo, ni rastro de los cafés, tan solo la chaqueta de Leo.
A cada paso que daba la figura del piano se convertía más clara y más nítida. Con gran sorpresa observó que dos tazas de café reposaban en el cuerpo del piano, y en un gesto casi infantil se puso de puntillas para averiguar quién se encontraba sentado allí frente a ese piano.

-¡Que sutil, sin zapatos, ahora quién quiere asustar a quien!- Angélica reconoció al momento la voz de Leo, el cual al percatarse de la llegada de la joven levantó su cabeza para que ésta pudiera verle.
-Uauuuuuuu- esa expresión es lo más que alcanzó Angélica a decir. -Tu café está listo para ser degustado, receta secreta de la casa- Leo tocaba el piano al mismo tiempo que hablaba con la joven.
-¿Te importa si cojo una silla y me siento cerca de ti?- preguntó Angélica oliendo el aroma que desprendía la taza de café entre sus manos. -Adelante, el “León Rojo” está a tu disposición-, Angélica tomó una de las sillas que quedaba más cercana a una de las mesas, se trataba de una silla de madera, parecía estar tallada a mano, era bonita y a su vez muy sencilla. Con el cuidado de hacer el menor ruido posible se sentó cerca de Leo, observando que éste se había puesto de nuevo su sombrero.
-¿Tiene nombre?- preguntó Angélica al tiempo que con gran delicadeza retiraba de la frente de Leo un mechón de su cabello.
-¿Nombre?- Leo pareció no entender bien la pregunta. -Me refiero a la música que estás tocando ahora-.
-Se trata de una nana irlandesa; cuenta la tradición que en las noches frías de lluvia esta melodía se tocaba para calmar el sueño de los niños. Mi abuelo solía tocarla en las noches de tormenta cuando yo era pequeño-.
-¡Pues es realmente preciosa!. Ahora ya sé de donde procede tu vocación de pianista-. Esas palabras hicieron que Leo dejará de inmediato de tocar el piano.

-¿Que pasa, dije algo que no te gustó?-. con extrañeza preguntó Angélica.
-Es solo que quiero pedirte una cosa y espero que la que no se moleste seas tu-.
-Adelante, dispara con confianza, dime que quieres pedirme, espero que no sea cargar con algún muerto que tengas por ahí escondido- Angélica acostumbraba a bromear en aquellas situaciones en las que quería quitar hierro, o lo que es lo mismo, en aquellas situaciones que la producían algún tipo de tensión.
-¿Que boba que eres!, me gusta tu sentido del humor, pero no, tan solo quería pedirte permiso para tocar tu rostro y poner una imagen a esa voz, a esos pies descalzos, a esa sonrisa algo alocada... ¿Me permites?-.

Angélica se quedó unos segundos sin contestar, sentía como su corazón latía algo más deprisa, pero sin decir nada se acercó a Leo y tomó sus manos para llevarlas hacia su cara, tal y como le había pedido aquel joven salido de la nada.
Con la yema de sus dedos Leo empezó a recorrer la frente de Angélica, apartando una de las mechas de pelo que caía sobre uno de sus ojos, lo hacía con sumo cuidado, tocando su nariz, palpando sus ojos y el resto de la cara, hasta llegar a su barbilla y con especial sutileza cuando rozó sus labios.

Sin decir nada cogió las manos de la chica, las mantuvo unos instantes entre sus manos y terminó por besarlas. -Tus manos ya no huelen a tinta, pero tienen un tacto muy agradable- esas fueron las palabras de Leo después de haber reconocido el rostro de Angélica.

Una tarde de otoño, de lluvia torrencial, dos extraños ante una puerta cerrada, calados por el agua, ¿destino?, ¿casualidad?.
Fuera del "León Rojo" continuaba lloviendo, abriéndose paso la noche. Dentro de aquel local, dos extraños que decidieron dejar de serlo.


Ángeles Calvo Sánchez-Cid
(7 de agosto 2019)