Calle abajo corría el agua de manera libre y salvaje saltando y rodeando cualquier obstáculo que encontraba a su paso. Era una tarde de otoño, de lluvia torrencial, en apenas unos minutos el cielo quedó cubierto de grandes nubes que devoraban a su paso la luz que hasta ese momento había dado vida a las calles de la ciudad.
Un
cielo oscuro, de bravíos relámpagos, decidieron adueñarse de las
calles, de sus plazas, de los parques, de las amplias avenidas, para
dejarlas en pocos minutos vacías y solitarias.
Ella
corría sin sentido alguno, apenas podía ver por donde pisaba, y sus
altos zapatos de fino tacón le dificultaban la labor. Con una de
sus manos sujetaba el cuello de su chaqueta en un intento desesperado
de protegerse de la lluvia que caía sin piedad en ese momento, y con
su otra mano sujetaba su periódico a modo de paraguas, tapando su
cabeza, aunque para entonces las noticias del día empezaban a
desdibujarse. Las gotas de tinta se deslizaban sutilmente, como si se
tratase de una carrera de tonos negros y grisáceos por alcanzar los finos y largos dedos de la joven, abrirse paso y terminar por
conquistar su mano.
Pensó
en la parada de bus que hubiera más cercana para refugiarse debajo
de la marquesina, aunque corría apresurada sin tener mucha certeza
de la distancia que la separaba de la parada del 25. Apenas podía
levantar su mirada del suelo, intentando sortear los charcos y
algunas lagunas de agua que se habían formado sobre el asfalto. Los
árboles se despojaban de sus hojas otoñales, y estas parecían
convertirse en pequeños veleros de papel navegando calle abajo, era
curioso su movimiento, algunas hojas boca arriba parecían
convertirse en pequeñas estrellas, jugueteando y dando vueltas sin
parar.
Por
un momento sus ojos quedaron atrapados en el luminoso de color rojo
que colgaba de la fachada de un local cercano, se podía leer "El
León Rojo", captando su
atención, y observando el modo en que la lluvia y las ráfagas de
aire hacían que se balanceara de manera brusca hacia delante y hacia
atrás. Por momentos aquel luminoso cuadrado parecía recobrar vida,
como si aquel león de formas desproporcionadas, fuera a saltar en un
acto libre y natural. Para la joven no pasaba desapercibido el tamaño
de su cabeza más bien grande, quizás algo exagerada, eso hacía que
su cuerpo y extremidades pareciesen más pequeñas de lo normal.
Sus
ojos desprendían una mirada de rojo fuego, ese aspecto se lo
otorgaba el color intenso y brillante del luminoso, y a la oscuridad
que reinaba a esas horas en el callejón.
Redujo
el ritmo de sus pasos para acercarse un poco más y averiguar qué
tipo de local podía llegar a ser, sentía sobre sus hombros el peso
de la lluvia, que iba calando en ella según avanzaba poco a poco,
pensativa por saber que tipo de ambiente albergarían aquellas
paredes una vez cruzada su puerta. Su mente ágil barajaba las
diferentes posibilidades, sus pensamientos eran rápidos y fugaces,
le permitían hacerse una imagen real en su cabeza. Por momentos
imaginaba un ambiente oscuro y frío, con una decoración poco
apropiada, a sus sentidos parecía llegarle esa mezcla de olor a humo
y ambiente cerrado, quizás estuviera relacionado con algún tipo de
negocio chino, el letrero de "El
León Rojo", la tenía
bastante desconcertada. A cada paso que daba acercándose al local,
su prudencia le hacía creer que al final tan solo se trataría de un
"garito de poca monta". A primera vista no le inspiraba
mucha confianza, y no recordaba haber visto antes ese local. Le era
por completo desconocido.
En
pocos segundos se encontraba sola, de pie, empapada, frente aquella
puerta, inmóvil. Sus ojos empezaron a recorrer cada poro de esa
puerta, era una puerta gruesa de color negra, a pesar de la pintura,
se podía apreciar la forma natural de la madera, sus líneas, sus
nudos, en medio de la puerta a modo de llamador una cabeza de león
en un dorado metalizado. Ella pensó qué tipo de local necesitaría
un llamador en su puerta, tenía que reconocer que ese detalle le
otorgaba un halo de misterio. Tuvo la tentación de acercarse un poco
más y pegar su cabeza, pensando que quizás de ese modo podría
escuchar algún tipo de sonido o conversación que perteneciera al
"León Rojo".
Una
voz masculina, de tonalidad fuerte, la sacó de inmediato de sus
pensamientos.
-La puerta es original de los años cincuenta, elaborada con
la mejor madera de roble-. Ella tan solo pudo voltear su cabeza para
replicar a modo de enfado el susto que acababa de recibir. -¡Será
posible,! ¿Es que no ha visto el susto que me ha dado,? ¡Casi me
para el corazón!-.
-¿Que
si lo he visto...? ¡Sinceramente no!-. Y en ese preciso instante se
dibujó una sonrisa en el rostro de aquel extraño que parecía haber
salido de la misma nada. Para añadir a continuación -Si ha
terminado de admirar la puerta, podría hacerse a un lado para
dejarme entrar señorita de tinta... -¡Qué, cómo... señorita de
tinta!- Replicó al tiempo que se colocaba a un lado de aquella
puerta, dejando la entrada libre.
Dando
un par de pasos, aquel extraño se situó delante de la puerta y
palpando con su mano izquierda, buscó la cerradura que quedaba
cubierta por una pequeña pieza metálica de color negro en forma de
cabeza de león. -¿No cree que si se quitara esas ridículas gafas
oscuras le resultaría más sencillo encontrar la cerradura?, me
atrevo a decirle que con la que está cayendo la luz más bien es
escasa, por si usted no se ha dado cuenta-, aquellas palabras iban
vestidas de una fina ironía, no le quitaba ojo y de este modo
observaba como aquel hombre de mediana edad sacaba de su bolsillo
unas llaves que llevaba sujetas a una cadena.
Sin
inmutarse y con la llave dentro de la cerradura, al tiempo que hacia
girar la llave, ladeó suavemente su cabeza que iba protegida con un
sombrero algo usado pero a la vez elegante y se dirigió a la joven
con aquella voz tan peculiar. Era sin duda una voz masculina, fuerte,
pero con tonalidades suaves, sutiles, podría decirse que se
asemejaba a la voz de un cantante de blues.
-Por
cierto, mi nombre es Leo, si me hace el favor de sujetar un momento
la puerta, apenas serán unos segundos, los suficientes para
desconectar la alarma-. Ella sin mediar palabra sujetó la puerta tal
y como le había indicado aquel extraño que ahora ya tenía nombre,
Leo. Al verlo entrar en el local se percató de su altura, así como
de los mechones de pelo que sobresalían de su sombrero.
El
local permanecía mudo a oscuras, en la calle el sonido de la lluvia
no cesaba, así como las notas agudas de algunos goterones de agua al
caer sobre algún tejadillo de plástico. Le pareció que desconectar
la alarma requería más tiempo del estipulado, por lo que la chica
alzando el tono de su voz preguntó -¿Por ahí adentro... todo va
bien?-, y en ese preciso instante un fogonazo de luz amarillenta hizo
que sus ojos pestañearan un par de veces.
Dentro
del local se escuchó la voz de Leo que muy animadamente dijo -¡Fuera
tinieblas, hágase la luz!-. Esas palabras provocaron al instante en
la joven una espontánea carcajada, le pareció una imagen graciosa,
en el centro de la sala Leo con los brazos extendidos, su rostro
inmóvil con esas gafas oscuras, y una gran sonrisa, parecía la
escena perfecta de un anuncio televisivo.
-Chica
de tinta ¿además de una preciosa sonrisa, tienes nombre?- Leo
permanecía en el centro del local esperando oír la respuesta de la
chica.
-Angélica-
respondió la joven que permanecía de pie sujetando la puerta aún
abierta.
-¿Como
dices?, acércate, o más bien entra dentro, ¡sabes una cosa aquí
no llueve!- Angélica entró en el local, soltando la puerta con
cuidado de que no golpeara para evitar el posible portazo.
-Angélica,
mi nombre es Angélica, ¿es que tienes problemas con el oído?-
contestó la chica que tan solo había dado un par de pasos. Empezó
a curiosear observando los detalles de aquel local que parecía a
simple vista no disgustarla mucho.
-¡Sordo
nooooo, pero invidente si!- respondió Leo que permanecía inmóvil
en el centro de la sala. Ante aquella respuesta Angélica tardó unos
segundos en contestar, no estaba segura de haber entendido
correctamente las palabras de Leo.
-¿Cómo,
qué quieres decir, que eres...?- y antes de que la joven pudiera
terminar la frase, Leo contestó -¡Ciego, soy ciego!-.
El
tiempo se detuvo entre ambos, el silencio que se creó en esos
instantes parecía más grande que la propia sala. Leo dando la
espalda a Angélica se acercó a la barra para dejar su sombreo y su
chaqueta encima. Era una barra de madera maciza de color caoba,
preciosa, tendría algo más de dos metros de longitud, muy bien
cuidada para los años que llevaría en ese local, sin duda era una
barra diferente, con personalidad, Angélica no recordaba haber
visto una barra de ese estilo.
-¿Te
apetece pasar al baño y secarte un poco?- Le propuso Leo mientras se
disponía a servirse una copa. -Pues no sé- el tono de voz de la
joven titubeó por unos instantes a modo de duda, no terminaba de
entender cómo había podido terminar dentro del León
Rojo. -Tranquila, pasa al baño,
aquí no hay nadie que pueda verte, tan solo estamos tu y yo, una
chica de tinta calada hasta los tobillos por el agua y un joven
afortunado de poseer una puerta que hipnotiza a las mujeres guapas,
pero en especial a las chicas de tinta-.
-El
baño se encuentra detrás de la cortina de rubíes, en el pasillo,
antes de llegar al baño encontrarás un baúl algo viejo y
desgastado por su uso, ábrelo, en el se guardan algunas toallas
limpias y secas, seguro que te vendrán muy bien-.
-De
acuerdo- asintió Angélica con un gesto natural de su cabeza. Tenía
los pies empapados por el agua, además de sentirlos doloridos por
haber corrido sin control alguno bajo la lluvia. Se acercó a la
cortina y con delicadeza se abrió paso con su mano haciendo que las
piedras rojizas y acristaladas de la cortina la dieran acceso al
pasillo.
Una
vez dentro le resultó agradable escuchar aquel sonido, el que
producía aquella cascada de piedras en movimiento al roce de unas
con otras.
Se
detuvo a mitad del pasillo para observar el balanceo de aquella
cortina, que más bien parecía sacada de otros tiempos, seguramente
en su día habría pertenecido a otro local, aunque la resultaba
sencillo imaginársela en un club de los años cincuenta. Aquel
acompasado movimiento y la melodía de las piedras parecía
transportarla a otro lugar, a otro tiempo.
Tal
y como le había dicho Leo el baúl contenía unas toallas limpias y
secas. Lo primero que hizo al depositar las toallas en la repisa de
mármol, fue observarse en el espejo, tenía una pinta bastante
desastrosa, incluso una de sus mejillas estaba manchada por su
máscara de pestañas de color negro. Sin dejar de contemplar su
rostro, se agachó lo suficiente como para quitarse los zapatos, eran
bastante altos y estaban completamente empapados por el agua. -¡Que
pinta tengo!- se dijo así misma mientras se despojaba de su chaqueta
y comenzaba a secar su cuerpo.
Se
quitó las medias y las puso a secar en uno de los secadores que
disponía el baño, al ser de aire caliente no tardarían mucho en
secarse, o al menos quitarían algo de humedad.
Debido
al ruido que producía el motor del secador y en su empeño por
secarse lo mejor posible, no se percató de la presencia de Leo hasta
que éste le preguntó- ¿Todo bien chica de tinta?-, -que manía la
tuya de aparecer cuando una menos se lo espera, podías haber llamado
a la puerta- le replicó Angélica. -Eso hice, pero creo que con el
ruido del secamanos no me has oído-. Sus palabras sonaron pausadas y
en un tono amigable. -Oye Leo quería disculparme por los comentarios
que te hice afuera en la calle, sobre tus gafas oscuras, espero no
haber sido muy impertinente, yo no...- Antes de que Angélica pudiera
terminar su frase, Leo la interrumpió, -tranquila no pasa nada,
sinceramente con la que estaba cayendo no era el momento ni el lugar
para presentaciones formales. Solo quería saber si todo iba bien,
¿necesitas algo?-.
-Lo
primero que necesito es darte las gracias, ¡y no estaría mal algo
de beber! lo que quieras, o más bien lo que tengas, lo dejo a tu
elección- El tono de la joven para entonces sonaba algo más
relajado, tenía una voz suave, delicada y poco a poco iba
desapareciendo la incertidumbre del principio, la que le provocó el
entrar a ese local con un completo desconocido.
Al
fin y al cabo el tiempo que hacía no era como para estar en la calle
o esperando la llegada de algún bus nocturno, y Leo estaba
demostrando ser una persona sensata, aunque tenía que reconocer que
el saber que era ciego, le otorgaba una confianza por decirlo de
algún modo "añadida".
-¿Te
gusta el café irlandés?- le preguntó Leo con gran decisión. -¿Que
si me gusta el café...? me encanta, soy una adicta al café, a todo
tipo de café, a excepción del largo, me sabe a aguachirri-.
-¿Aguachirri...?
qué es esa expresión señorita-. Le resultó tan graciosa la forma
en que Leo tuvo de hacerle la pregunta, y el gesto de su cara, que no
pudo por menos que echarse a reír en un descontrolado ataque de
risa, mientras Leo se alejaba por el pasillo diciendo:
-”aguachirri... aguachirri...”-.
Ya
algo más adecentada, con su cara limpia, sus ropas algo más secas
y los zapatos en las manos, decidió salir del baño para reunirse
con Leo. Se percató del aroma a café que provenía de la sala del
local, pero lo que más llamó su atención en ese momento fueron
unas bellas notas de música, que parecían poder hablar por si
solas. Avanzaba lentamente, caminando descalza, con suavidad, para no
perderse ninguna de aquellas notas, se detuvo ante la cortina de
rubíes, buscando con la mirada la procedencia de aquella música,
descubrió que en uno de los lados del local, al fondo, prácticamente
en penumbra había un piano y que algún tipo de alma delicada
acariciaba sus teclas.
Debía
de tratarse de algún pianista reconocido y con esa idea fija en su
cabeza salió decidida a preguntar a Leo, quería averiguar de quién
se trataba, quién podía estar sentado frente aquel piano.
Seguramente habría entrado al local mientras ella se encontraba en
el baño.
Según
avanzaba por el local, observó que había algo más de iluminación,
se trataba de unos farolillos que colgaban de lo alto de la barra,
haciendo que el local cobrara otro tipo de vida. Miró a la barra
esperando encontrar a Leo con los cafés, sin embargo la barra
permanecía vacía, ni rastro de Leo, ni rastro de los cafés, tan
solo la chaqueta de Leo.
A
cada paso que daba la figura del piano se convertía más clara y más
nítida. Con gran sorpresa observó que dos tazas de café reposaban
en el cuerpo del piano, y en un gesto casi infantil se puso de
puntillas para averiguar quién se encontraba sentado allí frente a
ese piano.
-¡Que
sutil, sin zapatos, ahora quién quiere asustar a quien!- Angélica
reconoció al momento la voz de Leo, el cual al percatarse de la
llegada de la joven levantó su cabeza para que ésta pudiera verle.
-Uauuuuuuu-
esa expresión es lo más que alcanzó Angélica a decir. -Tu café
está listo para ser degustado, receta secreta de la casa- Leo tocaba
el piano al mismo tiempo que hablaba con la joven.
-¿Te
importa si cojo una silla y me siento cerca de ti?- preguntó
Angélica oliendo el aroma que desprendía la taza de café entre sus
manos. -Adelante, el “León
Rojo”
está a tu disposición-, Angélica tomó una de las sillas que
quedaba más cercana a una de las mesas, se trataba de una silla de
madera, parecía estar tallada a mano, era bonita y a su vez muy
sencilla. Con el cuidado de hacer el menor ruido posible se sentó
cerca de Leo, observando que éste se había puesto de nuevo su
sombrero.
-¿Tiene
nombre?- preguntó Angélica al tiempo que con gran delicadeza
retiraba de la frente de Leo un mechón de su cabello.
-¿Nombre?-
Leo pareció no entender bien la pregunta. -Me refiero a la música
que estás tocando ahora-.
-Se
trata de una nana irlandesa; cuenta la tradición que en las noches
frías de lluvia esta melodía se tocaba para calmar el sueño de los
niños. Mi abuelo solía tocarla en las noches de tormenta cuando yo
era pequeño-.
-¡Pues
es realmente preciosa!. Ahora ya sé de donde procede tu vocación de
pianista-. Esas palabras hicieron que Leo dejará de inmediato de
tocar el piano.
-¿Que
pasa, dije algo que no te gustó?-. con extrañeza preguntó
Angélica.
-Es
solo que quiero pedirte una cosa y espero que la que no se moleste
seas tu-.
-Adelante,
dispara con confianza, dime que quieres pedirme, espero que no sea
cargar con algún muerto que tengas por ahí escondido- Angélica
acostumbraba a bromear en aquellas situaciones en las que quería
quitar hierro, o lo que es lo mismo, en aquellas situaciones que la
producían algún tipo de tensión.
-¿Que
boba que eres!, me gusta tu sentido del humor, pero no, tan solo
quería pedirte permiso para tocar tu rostro y poner una imagen a esa
voz, a esos pies descalzos, a esa sonrisa algo alocada... ¿Me
permites?-.
Angélica
se quedó unos segundos sin contestar, sentía como su corazón latía
algo más deprisa, pero sin decir nada se acercó a Leo y tomó sus
manos para llevarlas hacia su cara, tal y como le había pedido aquel
joven salido de la nada.
Con
la yema de sus dedos Leo empezó a recorrer la frente de Angélica,
apartando una de las mechas de pelo que caía sobre uno de sus ojos,
lo hacía con sumo cuidado, tocando su nariz, palpando sus ojos y el
resto de la cara, hasta llegar a su barbilla y con especial sutileza
cuando rozó sus labios.
Sin
decir nada cogió las manos de la chica, las mantuvo unos instantes
entre sus manos y terminó por besarlas. -Tus manos ya no huelen a
tinta, pero tienen un tacto muy agradable- esas fueron las palabras
de Leo después de haber reconocido el rostro de Angélica.
Una
tarde de otoño, de lluvia torrencial, dos extraños ante una puerta
cerrada, calados por el agua, ¿destino?, ¿casualidad?.
Fuera
del "León
Rojo" continuaba lloviendo,
abriéndose paso la noche. Dentro de aquel local, dos extraños que
decidieron dejar de serlo.
Ángeles
Calvo Sánchez-Cid
(7
de agosto 2019)

Que bueno me gusta muchísimo
ResponderEliminar¡Muchas gracias!
EliminarMol emotiu I sentimental
ResponderEliminarM'agrada mol lo que escrius amb vers
Mol Bon istiu
¡Moltes gracies i un bon estiu!
EliminarMe ha mantenido en vilo. Pensaba que la historia iba por otros derroteros y me temía lo peor. Gracias
ResponderEliminar¡Gracias a ti María Victoria por leerme!
Eliminar👌👏👏👏
ResponderEliminar¡Gracias!
EliminarMaravilloso relato. Y con música irlandesa además.
ResponderEliminar¡Muchas gracias!
EliminarMuy bonita historia
ResponderEliminar¡Una vez más, gracias!
EliminarEs magnífico solo puedo decir eso
ResponderEliminar¡Gracias amigo lector!
EliminarAngels, sencillamente la historia de una adolescente en cualquier lugar del mundo. Seguro que existe una segunda vez. O una segunda parte. El león Rojo me recuerda a un lugar mágico para mí. La historia es una gran expresión de lo versátil que es la vida de la escritorA.
ResponderEliminarSin dudas me quedo con Leo al piano y con el sabor dulce del café largo. Aún siendo aguachirri,mantiene su color y el sabor... Un abrazo fuerte de garra de león rojo
El León Rojo encierra misterio y romanticismo. ¡Gracias por tus palabras!.
ResponderEliminarPor cierto... El León Rojo es un local de Barcelona, que yo frecuentaba en las tardes/noches de invierno.
¡Moltes gracies!.
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