sábado, 10 de agosto de 2019

El León Rojo










Calle abajo corría el agua de manera libre y salvaje saltando y rodeando cualquier obstáculo que encontraba a su paso. Era una tarde de otoño, de lluvia torrencial, en apenas unos minutos el cielo quedó cubierto de grandes nubes que devoraban a su paso la luz que hasta ese momento había dado vida a las calles de la ciudad.
Un cielo oscuro, de bravíos relámpagos, decidieron adueñarse de las calles, de sus plazas, de los parques, de las amplias avenidas, para dejarlas en pocos minutos vacías y solitarias.

Ella corría sin sentido alguno, apenas podía ver por donde pisaba, y sus altos zapatos de fino tacón le dificultaban la labor. Con una de sus manos sujetaba el cuello de su chaqueta en un intento desesperado de protegerse de la lluvia que caía sin piedad en ese momento, y con su otra mano sujetaba su periódico a modo de paraguas, tapando su cabeza, aunque para entonces las noticias del día empezaban a desdibujarse. Las gotas de tinta se deslizaban sutilmente, como si se tratase de una carrera de tonos negros y grisáceos por alcanzar los finos y largos dedos de la joven, abrirse paso y terminar por conquistar su mano.

Pensó en la parada de bus que hubiera más cercana para refugiarse debajo de la marquesina, aunque corría apresurada sin tener mucha certeza de la distancia que la separaba de la parada del 25. Apenas podía levantar su mirada del suelo, intentando sortear los charcos y algunas lagunas de agua que se habían formado sobre el asfalto. Los árboles se despojaban de sus hojas otoñales, y estas parecían convertirse en pequeños veleros de papel navegando calle abajo, era curioso su movimiento, algunas hojas boca arriba parecían convertirse en pequeñas estrellas, jugueteando y dando vueltas sin parar.

Por un momento sus ojos quedaron atrapados en el luminoso de color rojo que colgaba de la fachada de un local cercano, se podía leer "El León Rojo", captando su atención, y observando el modo en que la lluvia y las ráfagas de aire hacían que se balanceara de manera brusca hacia delante y hacia atrás. Por momentos aquel luminoso cuadrado parecía recobrar vida, como si aquel león de formas desproporcionadas, fuera a saltar en un acto libre y natural. Para la joven no pasaba desapercibido el tamaño de su cabeza más bien grande, quizás algo exagerada, eso hacía que su cuerpo y extremidades pareciesen más pequeñas de lo normal.
Sus ojos desprendían una mirada de rojo fuego, ese aspecto se lo otorgaba el color intenso y brillante del luminoso, y a la oscuridad que reinaba a esas horas en el callejón.

Redujo el ritmo de sus pasos para acercarse un poco más y averiguar qué tipo de local podía llegar a ser, sentía sobre sus hombros el peso de la lluvia, que iba calando en ella según avanzaba poco a poco, pensativa por saber que tipo de ambiente albergarían aquellas paredes una vez cruzada su puerta. Su mente ágil barajaba las diferentes posibilidades, sus pensamientos eran rápidos y fugaces, le permitían hacerse una imagen real en su cabeza. Por momentos imaginaba un ambiente oscuro y frío, con una decoración poco apropiada, a sus sentidos parecía llegarle esa mezcla de olor a humo y ambiente cerrado, quizás estuviera relacionado con algún tipo de negocio chino, el letrero de "El León Rojo", la tenía bastante desconcertada. A cada paso que daba acercándose al local, su prudencia le hacía creer que al final tan solo se trataría de un "garito de poca monta". A primera vista no le inspiraba mucha confianza, y no recordaba haber visto antes ese local. Le era por completo desconocido.

En pocos segundos se encontraba sola, de pie, empapada, frente aquella puerta, inmóvil. Sus ojos empezaron a recorrer cada poro de esa puerta, era una puerta gruesa de color negra, a pesar de la pintura, se podía apreciar la forma natural de la madera, sus líneas, sus nudos, en medio de la puerta a modo de llamador una cabeza de león en un dorado metalizado. Ella pensó qué tipo de local necesitaría un llamador en su puerta, tenía que reconocer que ese detalle le otorgaba un halo de misterio. Tuvo la tentación de acercarse un poco más y pegar su cabeza, pensando que quizás de ese modo podría escuchar algún tipo de sonido o conversación que perteneciera al "León Rojo".

Una voz masculina, de tonalidad fuerte, la sacó de inmediato de sus pensamientos.
-La puerta es original de los años cincuenta, elaborada con la mejor madera de roble-. Ella tan solo pudo voltear su cabeza para replicar a modo de enfado el susto que acababa de recibir. -¡Será posible,! ¿Es que no ha visto el susto que me ha dado,? ¡Casi me para el corazón!-.
-¿Que si lo he visto...? ¡Sinceramente no!-. Y en ese preciso instante se dibujó una sonrisa en el rostro de aquel extraño que parecía haber salido de la misma nada. Para añadir a continuación -Si ha terminado de admirar la puerta, podría hacerse a un lado para dejarme entrar señorita de tinta... -¡Qué, cómo... señorita de tinta!- Replicó al tiempo que se colocaba a un lado de aquella puerta, dejando la entrada libre.

Dando un par de pasos, aquel extraño se situó delante de la puerta y palpando con su mano izquierda, buscó la cerradura que quedaba cubierta por una pequeña pieza metálica de color negro en forma de cabeza de león. -¿No cree que si se quitara esas ridículas gafas oscuras le resultaría más sencillo encontrar la cerradura?, me atrevo a decirle que con la que está cayendo la luz más bien es escasa, por si usted no se ha dado cuenta-, aquellas palabras iban vestidas de una fina ironía, no le quitaba ojo y de este modo observaba como aquel hombre de mediana edad sacaba de su bolsillo unas llaves que llevaba sujetas a una cadena.

Sin inmutarse y con la llave dentro de la cerradura, al tiempo que hacia girar la llave, ladeó suavemente su cabeza que iba protegida con un sombrero algo usado pero a la vez elegante y se dirigió a la joven con aquella voz tan peculiar. Era sin duda una voz masculina, fuerte, pero con tonalidades suaves, sutiles, podría decirse que se asemejaba a la voz de un cantante de blues.
-Por cierto, mi nombre es Leo, si me hace el favor de sujetar un momento la puerta, apenas serán unos segundos, los suficientes para desconectar la alarma-. Ella sin mediar palabra sujetó la puerta tal y como le había indicado aquel extraño que ahora ya tenía nombre, Leo. Al verlo entrar en el local se percató de su altura, así como de los mechones de pelo que sobresalían de su sombrero.

El local permanecía mudo a oscuras, en la calle el sonido de la lluvia no cesaba, así como las notas agudas de algunos goterones de agua al caer sobre algún tejadillo de plástico. Le pareció que desconectar la alarma requería más tiempo del estipulado, por lo que la chica alzando el tono de su voz preguntó -¿Por ahí adentro... todo va bien?-, y en ese preciso instante un fogonazo de luz amarillenta hizo que sus ojos pestañearan un par de veces.

Dentro del local se escuchó la voz de Leo que muy animadamente dijo -¡Fuera tinieblas, hágase la luz!-. Esas palabras provocaron al instante en la joven una espontánea carcajada, le pareció una imagen graciosa, en el centro de la sala Leo con los brazos extendidos, su rostro inmóvil con esas gafas oscuras, y una gran sonrisa, parecía la escena perfecta de un anuncio televisivo.
-Chica de tinta ¿además de una preciosa sonrisa, tienes nombre?- Leo permanecía en el centro del local esperando oír la respuesta de la chica.
-Angélica- respondió la joven que permanecía de pie sujetando la puerta aún abierta.
-¿Como dices?, acércate, o más bien entra dentro, ¡sabes una cosa aquí no llueve!- Angélica entró en el local, soltando la puerta con cuidado de que no golpeara para evitar el posible portazo.

-Angélica, mi nombre es Angélica, ¿es que tienes problemas con el oído?- contestó la chica que tan solo había dado un par de pasos. Empezó a curiosear observando los detalles de aquel local que parecía a simple vista no disgustarla mucho.
-¡Sordo nooooo, pero invidente si!- respondió Leo que permanecía inmóvil en el centro de la sala. Ante aquella respuesta Angélica tardó unos segundos en contestar, no estaba segura de haber entendido correctamente las palabras de Leo.
-¿Cómo, qué quieres decir, que eres...?- y antes de que la joven pudiera terminar la frase, Leo contestó -¡Ciego, soy ciego!-.

El tiempo se detuvo entre ambos, el silencio que se creó en esos instantes parecía más grande que la propia sala. Leo dando la espalda a Angélica se acercó a la barra para dejar su sombreo y su chaqueta encima. Era una barra de madera maciza de color caoba, preciosa, tendría algo más de dos metros de longitud, muy bien cuidada para los años que llevaría en ese local, sin duda era una barra diferente, con personalidad, Angélica no recordaba haber visto una barra de ese estilo.

-¿Te apetece pasar al baño y secarte un poco?- Le propuso Leo mientras se disponía a servirse una copa. -Pues no sé- el tono de voz de la joven titubeó por unos instantes a modo de duda, no terminaba de entender cómo había podido terminar dentro del León Rojo. -Tranquila, pasa al baño, aquí no hay nadie que pueda verte, tan solo estamos tu y yo, una chica de tinta calada hasta los tobillos por el agua y un joven afortunado de poseer una puerta que hipnotiza a las mujeres guapas, pero en especial a las chicas de tinta-.

-El baño se encuentra detrás de la cortina de rubíes, en el pasillo, antes de llegar al baño encontrarás un baúl algo viejo y desgastado por su uso, ábrelo, en el se guardan algunas toallas limpias y secas, seguro que te vendrán muy bien-.
-De acuerdo- asintió Angélica con un gesto natural de su cabeza. Tenía los pies empapados por el agua, además de sentirlos doloridos por haber corrido sin control alguno bajo la lluvia. Se acercó a la cortina y con delicadeza se abrió paso con su mano haciendo que las piedras rojizas y acristaladas de la cortina la dieran acceso al pasillo.
Una vez dentro le resultó agradable escuchar aquel sonido, el que producía aquella cascada de piedras en movimiento al roce de unas con otras.
Se detuvo a mitad del pasillo para observar el balanceo de aquella cortina, que más bien parecía sacada de otros tiempos, seguramente en su día habría pertenecido a otro local, aunque la resultaba sencillo imaginársela en un club de los años cincuenta. Aquel acompasado movimiento y la melodía de las piedras parecía transportarla a otro lugar, a otro tiempo.

Tal y como le había dicho Leo el baúl contenía unas toallas limpias y secas. Lo primero que hizo al depositar las toallas en la repisa de mármol, fue observarse en el espejo, tenía una pinta bastante desastrosa, incluso una de sus mejillas estaba manchada por su máscara de pestañas de color negro. Sin dejar de contemplar su rostro, se agachó lo suficiente como para quitarse los zapatos, eran bastante altos y estaban completamente empapados por el agua. -¡Que pinta tengo!- se dijo así misma mientras se despojaba de su chaqueta y comenzaba a secar su cuerpo.
Se quitó las medias y las puso a secar en uno de los secadores que disponía el baño, al ser de aire caliente no tardarían mucho en secarse, o al menos quitarían algo de humedad.

Debido al ruido que producía el motor del secador y en su empeño por secarse lo mejor posible, no se percató de la presencia de Leo hasta que éste le preguntó- ¿Todo bien chica de tinta?-, -que manía la tuya de aparecer cuando una menos se lo espera, podías haber llamado a la puerta- le replicó Angélica. -Eso hice, pero creo que con el ruido del secamanos no me has oído-. Sus palabras sonaron pausadas y en un tono amigable. -Oye Leo quería disculparme por los comentarios que te hice afuera en la calle, sobre tus gafas oscuras, espero no haber sido muy impertinente, yo no...- Antes de que Angélica pudiera terminar su frase, Leo la interrumpió, -tranquila no pasa nada, sinceramente con la que estaba cayendo no era el momento ni el lugar para presentaciones formales. Solo quería saber si todo iba bien, ¿necesitas algo?-.

-Lo primero que necesito es darte las gracias, ¡y no estaría mal algo de beber! lo que quieras, o más bien lo que tengas, lo dejo a tu elección- El tono de la joven para entonces sonaba algo más relajado, tenía una voz suave, delicada y poco a poco iba desapareciendo la incertidumbre del principio, la que le provocó el entrar a ese local con un completo desconocido.
Al fin y al cabo el tiempo que hacía no era como para estar en la calle o esperando la llegada de algún bus nocturno, y Leo estaba demostrando ser una persona sensata, aunque tenía que reconocer que el saber que era ciego, le otorgaba una confianza por decirlo de algún modo "añadida".

-¿Te gusta el café irlandés?- le preguntó Leo con gran decisión. -¿Que si me gusta el café...? me encanta, soy una adicta al café, a todo tipo de café, a excepción del largo, me sabe a aguachirri-.
-¿Aguachirri...? qué es esa expresión señorita-. Le resultó tan graciosa la forma en que Leo tuvo de hacerle la pregunta, y el gesto de su cara, que no pudo por menos que echarse a reír en un descontrolado ataque de risa, mientras Leo se alejaba por el pasillo diciendo: -”aguachirri... aguachirri...”-.

Ya algo más adecentada, con su cara limpia, sus ropas algo más secas y los zapatos en las manos, decidió salir del baño para reunirse con Leo. Se percató del aroma a café que provenía de la sala del local, pero lo que más llamó su atención en ese momento fueron unas bellas notas de música, que parecían poder hablar por si solas. Avanzaba lentamente, caminando descalza, con suavidad, para no perderse ninguna de aquellas notas, se detuvo ante la cortina de rubíes, buscando con la mirada la procedencia de aquella música, descubrió que en uno de los lados del local, al fondo, prácticamente en penumbra había un piano y que algún tipo de alma delicada acariciaba sus teclas.
Debía de tratarse de algún pianista reconocido y con esa idea fija en su cabeza salió decidida a preguntar a Leo, quería averiguar de quién se trataba, quién podía estar sentado frente aquel piano. Seguramente habría entrado al local mientras ella se encontraba en el baño.

Según avanzaba por el local, observó que había algo más de iluminación, se trataba de unos farolillos que colgaban de lo alto de la barra, haciendo que el local cobrara otro tipo de vida. Miró a la barra esperando encontrar a Leo con los cafés, sin embargo la barra permanecía vacía, ni rastro de Leo, ni rastro de los cafés, tan solo la chaqueta de Leo.
A cada paso que daba la figura del piano se convertía más clara y más nítida. Con gran sorpresa observó que dos tazas de café reposaban en el cuerpo del piano, y en un gesto casi infantil se puso de puntillas para averiguar quién se encontraba sentado allí frente a ese piano.

-¡Que sutil, sin zapatos, ahora quién quiere asustar a quien!- Angélica reconoció al momento la voz de Leo, el cual al percatarse de la llegada de la joven levantó su cabeza para que ésta pudiera verle.
-Uauuuuuuu- esa expresión es lo más que alcanzó Angélica a decir. -Tu café está listo para ser degustado, receta secreta de la casa- Leo tocaba el piano al mismo tiempo que hablaba con la joven.
-¿Te importa si cojo una silla y me siento cerca de ti?- preguntó Angélica oliendo el aroma que desprendía la taza de café entre sus manos. -Adelante, el “León Rojo” está a tu disposición-, Angélica tomó una de las sillas que quedaba más cercana a una de las mesas, se trataba de una silla de madera, parecía estar tallada a mano, era bonita y a su vez muy sencilla. Con el cuidado de hacer el menor ruido posible se sentó cerca de Leo, observando que éste se había puesto de nuevo su sombrero.
-¿Tiene nombre?- preguntó Angélica al tiempo que con gran delicadeza retiraba de la frente de Leo un mechón de su cabello.
-¿Nombre?- Leo pareció no entender bien la pregunta. -Me refiero a la música que estás tocando ahora-.
-Se trata de una nana irlandesa; cuenta la tradición que en las noches frías de lluvia esta melodía se tocaba para calmar el sueño de los niños. Mi abuelo solía tocarla en las noches de tormenta cuando yo era pequeño-.
-¡Pues es realmente preciosa!. Ahora ya sé de donde procede tu vocación de pianista-. Esas palabras hicieron que Leo dejará de inmediato de tocar el piano.

-¿Que pasa, dije algo que no te gustó?-. con extrañeza preguntó Angélica.
-Es solo que quiero pedirte una cosa y espero que la que no se moleste seas tu-.
-Adelante, dispara con confianza, dime que quieres pedirme, espero que no sea cargar con algún muerto que tengas por ahí escondido- Angélica acostumbraba a bromear en aquellas situaciones en las que quería quitar hierro, o lo que es lo mismo, en aquellas situaciones que la producían algún tipo de tensión.
-¿Que boba que eres!, me gusta tu sentido del humor, pero no, tan solo quería pedirte permiso para tocar tu rostro y poner una imagen a esa voz, a esos pies descalzos, a esa sonrisa algo alocada... ¿Me permites?-.

Angélica se quedó unos segundos sin contestar, sentía como su corazón latía algo más deprisa, pero sin decir nada se acercó a Leo y tomó sus manos para llevarlas hacia su cara, tal y como le había pedido aquel joven salido de la nada.
Con la yema de sus dedos Leo empezó a recorrer la frente de Angélica, apartando una de las mechas de pelo que caía sobre uno de sus ojos, lo hacía con sumo cuidado, tocando su nariz, palpando sus ojos y el resto de la cara, hasta llegar a su barbilla y con especial sutileza cuando rozó sus labios.

Sin decir nada cogió las manos de la chica, las mantuvo unos instantes entre sus manos y terminó por besarlas. -Tus manos ya no huelen a tinta, pero tienen un tacto muy agradable- esas fueron las palabras de Leo después de haber reconocido el rostro de Angélica.

Una tarde de otoño, de lluvia torrencial, dos extraños ante una puerta cerrada, calados por el agua, ¿destino?, ¿casualidad?.
Fuera del "León Rojo" continuaba lloviendo, abriéndose paso la noche. Dentro de aquel local, dos extraños que decidieron dejar de serlo.


Ángeles Calvo Sánchez-Cid
(7 de agosto 2019)

17 comentarios:

  1. Mol emotiu I sentimental
    M'agrada mol lo que escrius amb vers
    Mol Bon istiu

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  2. Me ha mantenido en vilo. Pensaba que la historia iba por otros derroteros y me temía lo peor. Gracias

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  3. Maravilloso relato. Y con música irlandesa además.

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  4. Es magnífico solo puedo decir eso

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  5. Angels, sencillamente la historia de una adolescente en cualquier lugar del mundo. Seguro que existe una segunda vez. O una segunda parte. El león Rojo me recuerda a un lugar mágico para mí. La historia es una gran expresión de lo versátil que es la vida de la escritorA.
    Sin dudas me quedo con Leo al piano y con el sabor dulce del café largo. Aún siendo aguachirri,mantiene su color y el sabor... Un abrazo fuerte de garra de león rojo

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  6. El León Rojo encierra misterio y romanticismo. ¡Gracias por tus palabras!.
    Por cierto... El León Rojo es un local de Barcelona, que yo frecuentaba en las tardes/noches de invierno.

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