jueves, 14 de noviembre de 2019

EL CHICO QUE NO SABÍA BAILAR


imagen bajada de la red



Sus primeros recuerdos le devolvían a esas noches, donde la música se había convertido en un acompañante, algo parecido a tener a un amigo invisible. Sus ojos expectantes quedaban detrás del frío cristal de la ventana, observando con toda quietud y en completo silencio el bullicio de las voces de aquellas personas, hombres y mujeres que se acercaban hasta la puerta del local. Unos lo hacían a pie, otros llegaban hasta la misma puerta en taxi, al tiempo que el parpadeo del luminoso azul y rosa se reflejaba en aquel rostro de un niño de 9 años.
Las voces que conseguían colarse hasta el interior de su habitación lo hacían en forma de palabras, en forma de risas. ¡Todos parecían ser tan felices!.
Algunas veces se imaginaba ser uno de aquellos hombres joven y apuesto, que solían ir acompañados por una bella mujer. Y era en ese momento cuando se preguntaba porqué habiendo un local de ese tipo tan cercano a casa, nunca había visto a sus padres entrar en el. Sabía perfectamente lo mucho que le gustaba a mamá la música, a menudo la recordaba tarareando aquella canción que tanto la gustaba y a la que siempre él le decía: -¡Es tu canción favorita!-, a lo que su madre añadía: -Si, esta canción me gusta casi tanto como tú- para acto seguido dibujarse en su rostro una sonrisa de felicidad.

Pero desde su partida se había instaurado una nueva regla, nada de acercarse a los discos. Desde que mamá se fuera de sus vidas el silencio se había instalado en su corazón, y la casa le parecía más grande y más oscura, permanecía muda, callada, como si el propio silencio aguardara volver a escuchar aquella voz alegre y jovial, la voz de Lidia su madre.
Pero los días pasaban y las semanas avanzaban, dando paso a los meses y en todo ese tiempo el propio silencio no le permitía escuchar. A veces con sus propias manos se tapaba los oídos, ese tipo de silencio hacía daño, dolía dentro.
Algunos días al entrar en casa se quedaba de pie, inmóvil, con su cuerpo pegado a la puerta, se hacía consciente de aquella realidad, siendo el silencio dueño de cada rincón de la casa.

Con la luz de su habitación apagada observaba como la noche se llenaba de vida, era una vida diferente, nocturna, llena de toda posibilidad, se moría de curiosidad, de ganas por conocer todo lo que acontecía con aquella música que no cesaba, y que podía escucharse con más fuerza cada vez que la puerta de "El Cielo" se abría o cerraba. Ese era el nombre que se podía leer en el luminoso: El Cielo.
Su mente voladora le llevaba a ser uno más dentro de aquel local, sutilmente estiraba su brazo, buscando con su mano un lapicero que cogía de encima de la mesa del escritorio y con sumo cuidado lo sujetaba entre sus dedos para acercarlo a sus labios, como si se tratase de un verdadero cigarrillo. Quizás luciría un pañuelo rojizo de suave seda en la solapa de su chaqueta que sin duda haría juego con el vestido de su chica.
Al escuchar el reloj de pared dar la hora contaba en voz alta cada campanada, -una, dos, tres,- hasta llegar a la décima, acercaba su boca lo más próxima al cristal y con su aliento caliente empañaba en forma de círculo parte de este, para acto seguido con su dedo índice dibujar un corazón, esa era la forma en que tenía de despedir el día. -Bellos sueños mamá, ¡hasta mañana!- Y al cerrar los ojos ya en su cama, recordaba esas mismas palabras: -Buenas noches mi querido Jhoni-, las que tantas veces había escuchado y que ahora tanto añoraba.

El viaje estaba resultado ser agradable, pocas semanas antes así lo habían decidido sus ganas de dejar atrás las prisas y las exigencias del día a día. La mente y el propio cuerpo demandaban un viaje diferente, pausado, le hacía falta un poco de tranquilidad y le había dado la forma de unas pequeñas vacaciones. Al fin y al cabo se trataba de volver a su pequeña ciudad, de reencontrarse con las gentes que le habían visto crecer.
Ya casi no recordaba cuánto tiempo había pasado de su última visita, que por cierto había sido para asistir al acto funerario de la tía Amelia, la hermana pequeña de su padre. Pero en esa ocasión había resultado ser un viaje relámpago. El tiempo justo para despedirse de su tía, un último adiós.
Los recuerdos de tía Amelia se agolpaban en su mente al compás del balanceo suave y constante del tren. Seguía recordándola con esos vestidos floreados y sus anchos cinturones que rodeaban su pequeña cintura. Solía acercarse a casa dos veces por semana para echar un vistazo y ver cómo nos iba.
Abrir la puerta de casa y reconocer ese olor avainillado, era saber que tía Amelia había estado en ella, inspirar profundamente e ir corriendo a la cocina en busca de sus famosas tortitas, esa sin duda, era la mejor recompensa que el día podía ofrecerme.

Desde la ventana de su compartimento observaba el paisaje, sus colores, a lo lejos la textura y forma de las nubes, del mismo modo que lo hacía de niño, cuando se  tumbaba en el suelo de la pista del colegio, buscando su objetivo, la nube perfecta, sus ojos inquietantes se perdían en el cielo inmenso. Estiraba sus brazos hacia el cielo para que los dedos de sus manos adoptaran la forma de un recuadro, y así de este modo, cerrando uno de sus ojos poder enmarcar aquella silueta única y original que la nube y su mente habían dado forma.
Cerró los ojos para descansar la vista, había estado leyendo las palabras que había escrito para su discurso, debían de escucharse sencillas, con un toque de calidez y cercanía, simplemente debían ser las palabras adecuadas, pues no quería causar la impresión de ser una persona exitosa. Al fin y al cabo la fotografía era su vida y su ciudad natal había tenido a bien otorgarle un reconocimiento por ver el mundo a través de un objetivo.
Se quedó traspuesto poco más de media hora, sintiendo como una sensación liviana de bienestar recorría todo su cuerpo, es como si el tiempo se hubiera detenido unos segundos, el suficiente para hacerle sentir libre de toda carga, de toda preocupación. Tenía la sensación de haber soñado con aquella tarde, cuando después de terminar los deberes del cole, salió a la calle a tirar la basura, esa era una de las tareas que le había asignado papá. Observó que al final de la calle, tocando a la esquina había aparcado un furgón de gran tamaño, con las puertas traseras abiertas de par en par, y a unos hombres hablando en voz alta, parecían no ponerse de acuerdo en cómo bajar la mercancía, que por el rumbo que tomaba la conversación debía tratarse de algo grande y delicado.
Decidió acercarse hasta el furgón para averiguar qué es lo que se hallaba dentro, que era lo que provocaba tanta preocupación a aquellos hombres, y así de ese modo se plantó a pocos metros del furgón, buscando un buen ángulo, que le permitiera tener una buena visibilidad, no quería perderse ningún detalle. Quedó gratamente sorprendido al descubrir que se trataba de un enorme piano, o al menos a él le parecía muy grande. Era negro, muy brillante, el mero echo de contemplarlo  imponía respeto. De manera inconsciente hizo lo habitual en él cuando algo le gustaba lo suficiente como para atraer su atención. Puso sus manos en forma de objetivo y por el recuadro de sus dedos enmarcó aquel piano que se encontraba a punto de ser descargado.
De repente una voz gruesa le sacó de aquella fotografía perfecta. -Tu chico, déjate de jugar y entra a avisar a la señora Elisabheta, dila que su piano está aquí-. Se quedó callado, no sabía muy bien que decir, esas palabras le habían pillado por sorpresa. -¡Que pasa!, ¿no me has oído?- le replicó aquel hombre de tamaño corpulento.
-Entra en el local y avisa a la señora, que no estoy para perder el tiempo-.
Sus ojos se alzaron mirando la puerta de aquel local, se trataba de El Cielo, y empezó a caminar hacia la puerta principal, balbuceando aquellas palabras: -Elisabheta, la señora Elisabheta-.
-Si, exacto la dueña del local, empuja la puerta y entra para avisarla de que ya estamos aquí-.
Según avanzaba hacia la puerta de El Cielo, sentía en su pecho el ritmo trepidante de su corazón, esta vez no tendría que imaginar cómo seria estar dentro, no habría de por medio el frio cristal de la ventana, tan solo tenía que seguir caminando en una única dirección.
Al llegar a la puerta se detuvo unos segundos, al encontrarse de pie, tan cerca, no pudo evitar levantar su mirada para ver su altura, desde ese punto de vista la puerta le parecía mucho más grande que desde la ventana de su habitación.
Tomó aire y empujó con fuerza la puerta, pues esta era de tamaño grueso, pintada en color negro y con una especie de pequeña ventana a modo de mirador. Un gran marco metálico plateado rodeaba toda la puerta. En la noche, cuando se reflejaban las luces de los faros de los coches este solía brillar intensamente, de manera cegadora.
Al entrar se encontró en una pequeña sala, había poca iluminación, pero pudo percatarse de que se trataba del guardarropía por el mostrador de madera que se encontraba a un lado de la sala y la larga barra plateada de la cual colgaban numerosas perchas vacías.
Se adentró con sumo cuidado hacia el interior del local, para ello tuvo que abrirse paso por una espesa cortina de cristales brillantes en tonos azules y rosados, en el centro de la cortina se podía leer "El Cielo". Le llamó la atención el sonido de aquellos cristales que parecían no callarse en medio de aquel silencio tan profundo.
Según se acercaba al centro del local observaba las pequeñas luces de emergencia que permanecían encendidas, y al verse tan solo, empezó a llamar en voz alta a la señora Elisabheta tal y como le había ordenado aquel señor.
-Elisabheta, busco a la señora Elisabheta, ¿no hay nadie?, el piano espera en la calle-.
De repente para su sorpresa se encontró rodando por la pista de baile, alguien le había bloqueado, sintió como un cuerpo le derribaba, y en ese momento el miedo y la confusión se apoderaron de él por completo.
-El piano, el piano está fuera, suélteme yo no he hecho nada malo-, su voz retumbaba en toda la sala.
El sonido de unos tacones acercándose y una voz femenina le otorgaron algo de paz a la angustia tan grande que sentía en esos momentos.

-Dániels, haz el favor de soltar al muchacho, ¡ahora mismo, me has escuchado bien,  venga levanta del suelo!-.
Notó como el peso sobre su cuerpo se hacía menor, y aprovechó ese momento para levantar su cara del suelo, para averiguar que había podido pasar, aún sentía algo de miedo y confusión.
Aquella imagen se quedaría grabada de por vida en su retina, se trataba de la señora Elisabheta, era... era sencillamente perfecta, alta, de esbelta figura, con unos ojos grandes y azules como el mismo cielo, sus labios perfectamente maquillados, y su pelo rubio caía desenfadado de un recogido medio suelto.
-Dániels ayuda al muchacho a levantarse del suelo, cuántas veces hemos hablado de la hospitalidad y de ser amables con las personas que nos visitan-. Esas fueron las palabras de la señora Elisabheta.
Una pequeña mano le tendió la ayuda para levantarse del suelo, al estrechar aquella mano descubrió el rostro de un niño, era un niño diferente a cualquier otro niño que hubiera conocido hasta ese momento. Los rasgos de su cara transmitían bondad, quedaba claro que era un chico diferente.
-Dime... ¿Cómo te llamas?- Preguntó la señora Elisabheta mientras se acercaba al cuadro de luces para iluminar la sala.
-Me llamo Jhoni- respondió el muchacho observando que Dániels no dejaba de mirarle, y seguía aferrado a su mano.
-El señor del furgón me ha ordenado que la diga que su piano está listo para ser descargado, está en la calle, aguardando a que usted salga-.
-Gracias Jhoni, eres un chico muy responsable, y terminas de darme una grata noticia. ¿Has oído Dániels? el piano ya ha llegado, salgamos a la calle-.
Aquel niño de rostro diferente permanecía cogido de la mano de Jhoni, de lo cual la señora Elisabheta ya se había percatado. -Dániels puedes soltar a Jhoni, tranquilo no va a escaparse, todo lo contrario, nos va a ayudar a entrar el piano. ¿Qué te parece Jhoni?-.
Aquellas palabras le parecieron algo magnífico, iba a ayudar a la señora Elisabheta con el piano y además tendría una nueva oportunidad para ver el interior de El Cielo, y esta vez esperaba poder hacerlo con un poco más de tranquilidad.
-¡Claro que voy a ayudarles, en cuanto Dániels me suelte la mano!- y esas fueron las palabras adecuadas para que el muchacho liberase su mano.

Mientras salían al exterior la señora Elisabheta exclamó:-¿Sabes una cosa Jhoni?-, -¿Qué señora?- Jhoni permanecía atento a todo lo que la señora Elisabheta pudiera decirle. -Le has caído bien a mi hijo Dániels, él es un chico muy especial, posee un instinto natural para descubrir a la personas buenas-. Jhoni preguntó: -¿Especial?- cada vez se sentía más atraído por el misterio de aquellas palabras.
-Si, especial, diferente, el tener un cromosoma más le otorga ese don-. Jhoni no entendió muy bien aquellas palabras, lo que podían significar, pero le había quedado claro que aquel muchacho que le había arrollado en la pista, era alguien especial.
Cuando Jhoni abrió la puerta, la luz de la calle le cegó por un instante, sus ojos eran claros, de un cristalino verde, había sacado los ojos de mamá.
-Buenas tardes caballeros- Saludó la señora Elisabheta.-Entren con sumo cuidado el piano, no quiero desperfectos-.
Aquellos hombres se pusieron manos a la obra, y con sumo cuidado empezaron a bajar el piano, bajo la atenta mirada de la señora Elisabheta.
-Dániels, entra y dá las luces para que podamos ver con claridad. Y tú Jhoni sujeta la puerta para que estos caballeros puedan entrar el piano-. Desde luego que la señora Elisabheta sabía dar órdenes.
En poco menos de media hora el piano quedaba dentro del local, en el sitio exacto que había dicho la señora Elisabheta.
Una vez pagado el porte y acompañado a la puerta a los empleados del furgón, la señora Elisabheta poniendo una de sus manos en el hombro de su hijo y su otra mano en mi hombro exclamó: -¡Alguien se ha ganado un batido de chocolate!, ¿te gustan los batidos Jhoni?- y antes de que pudiera contestar Dániels dijo con mucho ímpetu - ¡Me encantan los batidos, soy el rey del chocolate!-, y en ese preciso instante, nos pareció algo tan gracioso que no tuvimos por menos que romper a reír.
Las palabras de Dániels sonaban diferentes, parecían tener otro tipo de acento,  como si tuviera alguna dificultad para vocalizar.
Después de tomarnos aquel rico batido de chocolate, la señora Elisabheta nos dijo que había llegado el gran momento, había que descubrir como sonaba el piano, era el momento de probarlo.
Dániels seguía con esa manía de no quitarme los ojos de encima, me observaba en silencio al tiempo que sonreía, no sabía muy bien como tomármelo.
La señora Elisabheta ya sentada delante del piano, estiró sus brazos y con la delicadeza especial de sus manos empezó a tocar una bella melodía.
No podía hacer otra cosa que admirarla en silencio, y dejarme llevar por el sonido que desprendían aquellas teclas blancas y negras. -¿Te gusta la música?- me preguntó con voz serena.
-Si, es muy bonita y usted toca muy bien-, a lo que la señora Elisabheta contestó: -Por favor, no me llames de usted, con Elisabheta es suficiente- ese pequeño detalle hizo que Jhoni se sintiera mejor.
De repente Elisabheta cambió de melodía y empezó a tocar una alegre canción, a los pocos segundos se puso en pie y nos dijo animadamente: -¡venga chicos a bailar!-.
Esas palabras fueron como un resorte para Dániels, que dando un salto se colocó en el centro de la pista y empezó a bailar de manera efusiva, moviendo sus brazos de arriba a bajo, sus piernas tenían buen ritmo, y dando numerosas vueltas.
En esta ocasión era Jhoni quien no podía dejar de mirar a Dániels, y fue el pequeño empujón de Elisabheta lo que hizo que se acercara a la pista. -¡Venga Jhoni!.. anímate un poco, que seas de los primeros en disfrutar de la música de este piano-.
En ese momento Jhoni no podía reaccionar, no quería entrar en esa pista de baile, a pesar de las muchas veces que lo había imaginado en su mente, cuando se moría de ganas por entrar y descubrir los secretos de El Cielo. Pero sus pies no se movían, le hacían permanecer inmóvil, sin poder avanzar ni tan siquiera retroceder.
Dániels por el contrario no paraba de bailar, se lo estaba pasando muy bien, su cara lo decía todo, parecía muy feliz.
De repente la música cesó y a su lado estaba Elisabheta, que tomándolo de la mano, le susurró al oído: -Bailar es lo más parecido a volar-, -¡pero... pero yo... es que yo, yo no sé bailar!-, acertó a decir con dificultad. -No te preocupes Jhoni estás en el lugar apropiado-.
Con gran delicadeza le hizo pisar el suelo de la pista, Jhoni se sentía nervioso, no quería causar una mala impresión a Elisabheta, sentía como su tripa empezaba a dolerle y no podía dejar de pensar en lo ridículo que se sentía. Incluso aquel niño de rasgos diferentes sabía llevar mejor el ritmo.

Elisabheta se situó frente a Jhoni, le soltó la mano y acto seguido llamó a Dániels. -Dániels, vamos a enseñar a tu nuevo amigo como se debe bailar, empezaremos con pasos sencillos y lentos.
La posición corporal es muy importante, cuando bailas con la persona adecuada, tu cuerpo debe ser como un espejo donde se pueda mirar tu pareja, si consigues esto, pasaréis a ser dos cuerpos con un mismo alma.-
Dániels se situó frente a su madre, con el cuerpo erguido, los hombros perfectamente alineados, y aquellos ojos azules se clavaron en los ojos de Elisabheta, estaba preparado y parecía muy concentrado.
Elisabheta tomó la mano de su hijo y con sumo cuidado le cogió su otra mano para acercarla hasta su cintura.
-Bien empecemos, un, dos, tres, un dos, tres-, Elisabheta marcaba los pasos y esa visión de verlos bailar por la pista era algo fascinante, parecían no tocar el suelo. No había visto hasta ese momento a dos personas bailar con tanta elegancia.
Sin darse cuenta, Jhoni de manera espontanea comenzó a aplaudir y Elisabheta y Dániels inclinando sus cabezas hicieron un gesto de agradecimiento al pasar bailando por su lado.
De repente se pararon y Elisabheta le pidió a Dániels que tocara al piano una pieza sencilla, Jhoni estaba realmente sorprendido con aquel muchacho.
-Te dije que Dániels era un chico especial-, esas fueron las palabras de Elisabheta al ver la cara de sorpresa de Jhoni.
Acto seguido en cuanto empezaron a sonar las primeras notas, Elisabheta se situó en medio de la pista y estirando su brazo le pidió a Jhoni que la acompañara.
Todo fue sencillamente perfecto, desde el momento que estrechó su mano, y se vio reflejado en aquellos cristalinos ojos, supo que lo conseguiría, Elisabheta le transmitía confianza, le hacía sentir bien. Era la misma sensación de cuando Lidia, su madre le decía: -No te preocupes Jhoni, todo va a salir bien- y en ese momento podía sentir paz, tranquilidad, como si se tratara de una ráfaga de aire fresco que al traspasar su cuerpo le despojase de toda inquietud.
Los pasos empezaron a ser más largos, más seguros, sentía felicidad, estaba bailando con una preciosa mujer y había conocido a un chico que resultaba ser a parte de sorprendente muy especial.

Cómo podía ser que aquellas dos horas que había compartido junto a Elisabheta y Dániels habían pasado tan rápido, el tiempo parecía haber volando dentro de aquella sala. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan bien, tan feliz, y lo mejor de todo, Elisabheta al despedirlo con dos besos le había dicho: -Puedes visitarnos siempre que lo desees, estoy segura de que Dániels se alegrará mucho de verte- .
-Si quiero verte, ahora ya somos amigos- las palabras de Dániels llenaron de alegría a Jhoni, quien después de dar unos pasos se paró para voltearse y decir: -Adiós amigo, volveremos a vernos-.
Se moría de ganas por llegar a casa y contárselo todo a su padre, aunque pensándolo bien, era miércoles y los miércoles papá tenía reunión en la oficina, con lo cual no podría hablar con él hasta por la mañana a primera hora, pero pensó que dejarle una nota encima de la mesa al lado de un sándwich sería algo que le gustaría.
Albert el padre de Jhoni llegó esa noche algo más tarde de lo habitual, rondando las once, con sumo cuidado cerró la puerta de casa y apagó la lámpara de pie, que Jhoni tenía costumbre de dejar encendida.
Una vez despojado de su abrigo, y quitado la corbata, al tiempo que se subía los puños de su camisa, se acercó a la cocina para tomar un vaso de agua, le sorprendió la nota que su hijo le había dejado al lado del sándwich, esta decía así: -Querido papá, espero que hayas tenido un día tan fantástico como el mío. Mañana te veo, que te aproveche el sándwich, firmado tu hijo Jhoni-. Sin duda, esa nota, hizo que llegar a casa después de una larga jornada de trabajo mereciese la pena.

Tan sólo quedaban un par de paradas para llegar a su destino, en menos de una hora se encontraría con su padre, la noche anterior le había recordado la hora de llegada cuando hablaron por teléfono.
Por momentos podía sentir en su interior  un remolino de emociones encontradas. Aún conservaba en su cartera aquella foto que años atrás siendo niños les había hecho Elisabheta.
En su recorrido profesional había hecho cientos de fotos, quizás miles, algunas muy buenas, merecedoras de un premio. Pero sin duda para Jhoni no existía una foto más perfecta que la que llevaba en su cartera, la de dos niños abrazados, sonrientes, ambos cómplices de conocer la soledad, de sentir el vacío en sus corazones.
Ser un chico con Síndrome de Down en una pequeña ciudad significaba estar destinado a la incomprensión y no ayudaba nada saber que su padre los había abandonado a los pocos días de nacer Dániels, eso no podía ser entendido, sólo quedaba una única opción y era aceptarlo. Hoy en nuestros días un acto así se consideraría una falta total de integridad, amor y responsabilidad.
Y por otro lado me encontraba yo, un niño en lucha constante por acallar un silencio que se vestía de ausencia, de falta de amor maternal, era ese chico que todos miraban con pena, un hombrecillo sin madre.
Pero el destino nos tenía reservado algo muy especial... “Salvarse mutuamente”, si salvarnos el uno al otro. No todos los niños tenían un local como El Cielo, donde poder bailar hasta caer extenuados al suelo. Sin duda fue la mejor terapia para poner algo de luz a esos días grises, llenando de risas esas tardes donde la ausencia se hacía presente.

Siempre estaré eternamente agradecido a Elisabheta, esa maravillosa mujer, la que supo tocar el alma de un niño de 9 años, el "chico que no sabía bailar". Fue lo más parecido a tener una segunda madre. A ambos los querré hasta el último suspiro de mi vida, y siempre cumpliré mi palabra, la de escribirles una carta allá donde mi cámara me lleve. Y el pensar en ese momento, el de recibir mi carta, en como Elisabheta pondrá en cada una de mis palabras la entonación adecuada, el mero hecho de imaginarlo, me llena de total felicidad. Ellos son mi niñez, mi vida y mi corazón.

Con esas palabras pondría fin a su discurso, cerró su cuaderno, y guardó la  fotografía en su cartera. Tenía que prepararse para bajar, terminaban de anunciar por megafonía la próxima parada, le tocaba apearse en esa estación, había llegado a su destino.
Poniéndose de pie observó como el tren reducía la marcha para entrar en la estación, desde la ventana de su compartimento se podía ver a las personas que permanecían de pie aguardando la llegada del tren. El tren se detuvo, y según avanzaba por el pasillo pudo percatarse de que se encontraba en casa, pues allí estaban de pie esperando a recibirlo, su padre, Elisabheta y el chico especial.


Ángeles Calvo Sánchez-Cid
(13 de noviembre de 2019)

2 comentarios:

  1. Este relato está dedicado a todas aquellas personas que les ha tocado bailar al son que les ha impuesto la vida. Pero con especial cariño para mi amigo Daniel Sanz Gómez, grande de corazón, generoso en el amor, sin duda especial, muy especial.

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